**BIANCO** Esa era la verdadera tortura. No el metal desgarrando el músculo, sino la inutilidad. Ser un Corbone significaba ser la espada y el escudo de mi familia, y ahora apenas podía mantenerme erguido sin que el mundo diera vueltas. Sentirme así, vulnerable, en medio de una guerra total contra los Colombo, era una sentencia de muerte que no podía permitirme. Cerré los ojos y apreté el puño de la mano sana hasta que las uñas se clavaron en mi palma. El dolor del hombro era sofocante, una presión que me robaba el aire, pero la imagen de Angela en ese rincón de su habitación me quemaba más. Ella no se había movido para ayudarme. Me había mirado con esa mezcla de desprecio y miedo, esperando que cayera. “Me odia”, pensé, y una punzada de algo que no era dolor físico me atravesó el pecho

