**ANGELA** Bianco se asemejaba a un muerto que caminaba entre los vivos, su rostro carente de color y vida. Una palidez sepulcral cubría su piel, acentuada por unas marcadas ojeras que oscurecían aún más su mirada. La herida, aún abierta, continuaba manando sangre, tiñendo su ropa y dejando un rastro de su sufrimiento. Resultaba asombroso, casi inexplicable, que en esas condiciones, con semejante aspecto y tal deterioro físico, Bianco fuera capaz de mantenerse en pie, desafiando su propio cuerpo y las evidentes limitaciones que este le imponía. —¿Qué haces aquí? —susurré, con la voz pastosa por el sueño y el miedo—. Deberías estar descansando. Casi mueres. Él no se movió. El silencio se prolongó tanto que el sonido de mi propia respiración me pareció ensordecedor. —He muerto tantas vec

