**ANGELA** Bianco se tensó. Vi cómo sus nudillos se volvían blancos al apretar la copa. Pero la anciana soltó una risita seca, que sonó como hojas muertas crujiendo. —Valiente. O estúpida. En esta vida a veces es lo mismo —se inclinó hacia delante, fijando sus ojos oscuros en los míos—. Tu padre es un hombre débil que se esconde tras sus muros. Tú, en cambio, has cruzado la montaña en una moto que no podías manejar. Tienes fuego, pero el fuego sin control solo quema la casa. Se hizo un silencio denso. Ella tomó un sorbo de vino y luego miró a su nieto. —Dime, Bianco… ¿La guardas porque es un arma contra su padre, o porque has olvidado quién eres? Bianco levantó la vista finalmente. Su expresión era fría, pero sus ojos estaban clavados en mí con una intensidad que me cortaba la respira

