Mañana siguiente**
5:30 a. m.
El canto de las aves llenaba el aire.
Molly abrió los ojos temprano, como siempre. Después de tantos años estudiando en el extranjero, se había vuelto madrugadora. En su pequeño apartamento, sus días comenzaban antes del amanecer: dejaba todo listo antes de las siete y salía rumbo a sus primeras clases.
—Aquí no tengo mucho que hacer… —pensó mientras se desperezaba—. Supongo que cuando inviertes en acciones y todo va bien, no queda de otra que disfrutar el dinero que llega a tu cuenta.
Se levantó y caminó hasta la habitación de su padre. Él seguía dormido, roncando profundamente.
Molly sonrió con suavidad. Después de años en la marina y su retiro, su padre vivía entre negocios, pensión y mucho tiempo libre, aunque nunca dejó de cuidar su cuerpo.
Cerró la puerta con cuidado y regresó a su habitación. Eligió ropa cómoda, se dio una ducha larga, secó su cabello, lo peinó y lo cubrió con un gorro de seda. Aplicó sus productos de cuidado corporal con calma y, una vez lista, se preparó para salir.
Antes, decidió revisar el balcón. Ayer lo había olvidado.
Todo seguía igual: la hamaca, la silla colgante en forma de huevo, las plantas que su mamá la había obligado a cuidar en su adolescencia… plantas que, con el tiempo, había aprendido a amar. Las tocó con suavidad y sonrió. La casa seguía teniendo la misma esencia.
—¿Molly?
La voz masculina la hizo alzar la mirada.
En el balcón contiguo había un joven musculoso, sin camisa, solo en boxers.
Molly se puso roja de inmediato y apartó la vista.
El joven se dio cuenta y también se avergonzó.
—Espera ahí, por favor. No te vayas.
Entró con rapidez y, en menos de dos minutos, regresó usando una pantaloneta y tratando de ponerse una camisa.
—De verdad estás aquí… —dijo, fascinado—. Mi mamá dijo que habías llegado, pero no lo creí. No te vi salir… pero estás aquí de verdad.
Molly se sentía extraña. Habían pasado años desde la última vez que lo había visto.
—Hola, Xavier… —dijo con timidez.
—¿Llegaste ayer?
—Sí. Era una sorpresa para mi papá. No le dije a nadie.
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Molly y Xavier habían sido amigos desde la infancia.
Cuando ella tenía cinco años, Xavier apenas tenía dos. La madre de él no solía dejarlos jugar juntos, pero su padre siempre la invitaba al jardín delantero mientras su esposa descansaba durante el embarazo. Así comenzó todo.
Molly, al ser mayor, cuidaba de Xavier cuando jugaban con otros niños. Era más grande, más responsable. Pero al llegar a la pubertad, alrededor de los once años, su cuerpo empezó a cambiar y ella se distanció un poco. Ya no se sentía cómoda jugando como antes.
A veces seguían compartiendo videojuegos, dibujos o series de anime, pero no era lo mismo.
Cuando Molly tenía trece años, sus padres se separaron por primera vez. Su padre se fue de casa. Volvieron cuando ella cumplió catorce, pero no duró. Esta vez fue su madre quien se marchó… y Molly la siguió.
A los quince, el divorcio fue definitivo. Molly regresó a vivir con su padre mientras sus padres peleaban por la custodia. Estaba deprimida. Se cortó su largo cabello castaño claro en señal de protesta y, extrañamente, con el tiempo se volvió más oscuro, como si acompañara su tristeza.
Vestía de n***o, usaba sudaderas y camisetas anchas. Su rostro siempre parecía cansado.
Aun así, seguía siendo hermosa.
Para Xavier, que ya tenía doce años, fue la oportunidad de acercarse de nuevo. La buscó incluso cuando ella lo alejaba, cuando le decía que no quería volver a ser su amiga porque de todos modos se iría otra vez.
Pero Xavier insistió.
Y poco a poco, Molly volvió a reír. De verdad. No esas risas sarcásticas que había aprendido a fingir, sino carcajadas auténticas que creía olvidadas.
Xavier se volvió algo especial para ella, aunque Molly no lo identificó como amor. Pensó que era cariño, como el de una hermana mayor por su hermano menor.
Un mes pasó entre bromas, peleas y risas.
Ella burlándose de su estatura.
Él diciendo que aún estaba en crecimiento.
Ella golpeándolo suavemente en la cabeza mientras él huía gritándole “¡Minion!”.
Y entonces llegó el día de partir.
Molly lloró al despedirse. Los niños del vecindario le hicieron un cartel con dibujos, mensajes y firmas. Le regalaron golosinas y abrazos. Ella lloraba sin parar.
Xavier se despidió serio, rígido.
Le pidió que no se olvidara de visitarlo en su cumpleaños.
Promesa que no pudo cumplir.
Mientras empacaba para viajar sola con su madre, Xavier apareció en el balcón de su casa y la llamó.
Ella se asomó.
—¿De verdad te vas? —preguntó él.
—Sí… —respondió ella, afligida—. Pero no te preocupes. Nadie va a reemplazarte, seguirás siendo mi hermanito.
Xavier guardó silencio un momento.
—No soy tu hermano —susurró—. Te amo… y me gustas. ¿Cómo podría ser tu hermano así?
Molly no lo escuchó.
—No estés triste —dijo sonriendo—. Volveré, lo prometo. Y espero que crezcas más que yo, enano.
Xavier rió y aceptó el reto.
Ella regresó a empacar.
Él se quedó en el balcón, viéndola irse… cada vez más lejos.