Después de años viviendo en el extranjero, Molly finalmente regresaba a su país natal. A través de la ventana del taxi, las casas grandes del conjunto residencial donde había crecido se alineaban como viejos recuerdos que no habían cambiado ni un poco.
Volvía a la casa de su infancia, donde vivía su padre: un hombre de 61 años que, aun así, parecía desafiar el paso del tiempo.
—¿Qué estarás haciendo, papá…? —murmuró mientras el taxi se detenía frente a la entrada.
—Muchas gracias, señor —dijo al bajar.
—Un gusto, señorita.
Con sus dos maletas, caminó hasta la puerta y tocó con suavidad.
—¿Buenas tardes? ¿Hay alguien ahí? ¿Papá?
—¡Ya va, un momento! —respondió una voz masculina desde dentro.
La puerta se abrió, revelando a un hombre alto, musculoso, canoso y con un aire algo perezoso.
—Sí, buenas, ¿en qué le pu—
—Hola, papi.
Los ojos del hombre se iluminaron de inmediato.
—¡¿Molly?! ¿Cuándo regresaste? ¡Me habrías avisado, habría ido a recogerte!
—Quería que fuera una sorpresa.
Él la abrazó con fuerza. Molly siempre había sido de buena estatura —1.68— pero junto a los 1.85 de su padre casi se sentía pequeña. A pesar de su apariencia imponente, él siempre había sido un hombre gentil.
—Yo también te extrañé, pa… y no es por mala onda, pero me estás estrujando como trapo. Ayuda —dijo riendo.
Él la soltó entre carcajadas.
—Lo siento, es que me emocioné. ¡Mi gordita ha crecido tanto! La última vez que te vi tenías quince.
—Sí, ya soy toda una mujer adulta —dijo Molly, poniendo una mano en el pecho y posando con exagerada delicadeza.
—Jajajaja, sí… definitivamente creciste muy bien allá afuera.
Entonces… ¿cómo está tu mamá? —preguntó intentando sonar casual, pero con un temblor evidente en la voz.
—Mi mami está muy bien. Ya inauguró su tercer gastro-bar, así que anda tan ocupada que no tiene tiempo de nada.
—Me alegro… me alegro mucho de que le esté yendo tan bien —respondió él con sinceridad, aunque su expresión mostraba una mezcla rara de alivio y tristeza.
—En fin, papi… ¿me vas a invitar a pasar o seguimos conversando en la puerta?
—Oh, sí, lo siento. Pasa, hija.
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La casa seguía siendo hermosa: moderna, pero fiel al diseño original que la mamá de Molly había creado años atrás. El estilo boho chic llenaba cada rincón, y las plantas que su madre había coleccionado seguían vivas, cuidadas como si nunca se hubiera ido.
Molly recorrió los pasillos con una sonrisa suave.
Su padre caminó detrás de ella.
—Puedes ir a tu habitación… siempre la mantuve lista, por si algún día venías.
—¿En serio?
Subió apresurada las escaleras y abrió la puerta. Todo estaba tal como lo dejó a los quince, excepto por las sábanas nuevas y algunas cajas de regalo sobre la cama.
—¿Y esto? —preguntó, curiosa.
—Son para ti. No pude darte estos regalos en sus fechas… así que los fui guardando aquí.
Molly sintió un nudo cálido en el pecho. Bajó rápido por las escaleras, abrió su maleta en el suelo y empezó a sacar varias cajitas envueltas.
—Estos son para ti —dijo con una sonrisa tímida—. Quería dártelos en unos días, para tu cumpleaños, pero… tú te me adelantaste.
Eran relojes, gemelos, perfumes, joyería, accesorios… cada uno con etiquetas de fechas especiales.
—Los estuve guardando. No sabía cómo enviarlos… y me daba vergüenza preguntar en correos. Tampoco quería pedirle ayuda a mamá, ya sabes que no le gusta hablar de ti —añadió con un tono algo triste.
Su padre bajó las escaleras, se acercó y la abrazó.
—Gracias por no olvidarte de este viejo —susurró.
—Jamás lo haría. Eres mi príncipe favorito de mi cuento de hadas —dijo Molly riendo.
Subieron a su habitación, abrieron los regalos juntos, rieron, conversaron… y después de un rato, el hambre se hizo presente.
—Vamos a comer sano, papá, ¿te parece?
—No soy una vaca para que me des hierbas.
—No te voy a dar hierbas, exagerado. Confía en mí.
Hizo un pedido de comida saludable, dieta 3x1, todo orgánico y bien balanceado.
—Listo. Llega en veinte minutos. Mientras, me voy a bañar. Haz lo mismo, papá.
—Tienes razón.
Antes de que se alejara, Molly se lanzó sobre él y lo abrazó fuerte.
—Gracias por todo, papá. Te amo mucho.
Él la rodeó con sus brazos.
—Gracias a ti, hija… por estar aquí. Es el mejor regalo.
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La comida llegó y ambos cenaron juntos. Su padre, al ver la cantidad de carne en los platos, se tranquilizó al instante.
—Ahhhh… ya no puedo más. Come tú —bromeó, mostrando un plato completamente vacío.
—Papaaa, si ahí no hay nada —rió Molly—. Me alegra que te haya gustado.
—¿Y a quién no le gusta la carne? Aunque estoy lleno, no me siento empachado… me siento bien.
—Lo sé. Y así comeremos todos los días, por salud.
—Mientras la carne sea más que lo verde, no me quejo.
—Trato hecho.
Ordenaron la cocina juntos. Molly se quedo lavando los platos. Luego subió a su habitación, pero antes abrió la puerta del cuarto de su padre: ya estaba dormido, roncando suavemente.
—Buenas noches, papi. Descansa —susurró con ternura.
Cerró la puerta, fue a su cuarto y cayó rendida en la cama, entregándose al sueño.