Subí mis manos hasta su cuello y sentí cómo Rick me abrazó por la cintura. Su agarre se sentía jodidamente bien. No me importaba estar besando a mi jefe, ni mucho menos, que alguien nos pudiese ver. No me importaba nada en aquel momento. Sus labios eran tan suaves, su aliento a licor de menta era tan exquisito que juraba, en ese momento, que no me quería separar de ese cuerpo que me abrigaba, que me abrazaba con firmeza, pero a la vez, de manera delicada. Derick besaba perfectamente bien, incluso podía jurarle al mismísimo Odín, que nadie me había besado de esa manera en mis veintisiete años de vida. Nuestras lenguas danzaban en una perfecta sincronía y eso se sentía tan jodidamente bien que, de un momento a otro, comencé a sentirme muy excitada. Cuando un beso era perfecto, ese tipo de s

