CAPÍTULO 1 — Papasito
Trabajar en tres lugares distintos nunca fue mi ideal de vida. Siempre me imaginé a los veintisiete años con un trabajo estable, siendo enfermera en un hospital de la ciudad, atendiendo a personas que me necesitaran desesperadamente. Con una casa muy bonita, rodeada por un jardín todo verde y lleno de colores florales. Mis dos padres viviendo su jubilación y vejez en algún crucero que estuviese recorriendo algún país europeo. Pero como siempre, debía ser realista y aterrizar mi cabeza en la vida real, porque eso solo sucedía en las películas y en los libros.
De mis tres trabajos, el que más disfrutaba, era el de pintar caritas en fiestas de niños pequeños. Me divertían mucho las peticiones extrañas que me hacían algunos niños.
—¿Me puedes pintar una banana en mi rostro? —me preguntó un niño de forma tímida. Me dio risa su petición, pero a la vez ternura.
—¿Una banana? ¿No prefieres ser Spiderman? ¿O Batman? —le pregunté hablando bajito, para que nadie nos escuchara.
—Mmm, la banana es mi fruta favorita a todas horas. A mamá le molesta que lo haga, pero mi tío Rick me deja comer todas las bananas que quiera, cuando lo visito en su casa —el niño hablaba de una forma muy tierna, pero, aun así, no pude evitar reírme un poco.
—¿Cómo te llamas?
—Thor —me contestó mientras se chupaba un dedo.
—¿Thor? ¿Como el dios del trueno?
—Sí, como el de la película —me respondió sacándose el dedo de la boca y mirándolo hasta torcer sus ojos. No sabía cómo pintar al personaje de la película, porque no usaba máscara ni nada por el estilo en el rostro.
—No hagas eso —le dije de forma amable, porque sus ojos torcidos me estaban poniendo muy nerviosa. Él me miró sonriente y volvió a chupar su dedo —Pues bien, ¡te pintaré una banana! —le contesté emocionada.
Guri, la chica con la que trabajaba en cada evento, se tuvo que aguantar la risa, cuando vio lo que le estaba pintando en el rostro. Solo le dije que a él ¡le encantaba la banana! Pero no pudimos aguantarnos la risa y para Thor también había sido muy gracioso. Así que, estábamos los tres riéndonos de su banana en el rostro. Era un chico muy hermoso y risueño, y bastante agradable.
—Me parece que es de mala educación reírse de las preferencias de otras personas —oímos decir a alguien. Guri y yo detuvimos nuestras risas y miramos hacia el lado de la persona que nos había regañado. Un chico alto, de cabellos color miel, ojos celestes hermosos, cuerpo musculoso, todo un maldito dios griego, nos miraba con una ceja levantada y los brazos cruzados en su regazo.
—No nos reímos de su gusto por la banana —le contesté molesta. Yo amaba la banana —Nos reíamos de algo que no te incumbe. Además, él podría haber elegido ser Spiderman, en cambio, prefirió honrar su amor por la fruta. Eso es destacable —escuché a Guri carraspear detrás de mí. De seguro estaba tratando de aguantar la risa nuevamente.
—¡Tío Rick! —Thor se levantó de la silla pequeña y corrió a los brazos del dios griego —¡Hoy soy una banana! —le dijo todo emocionado. Tuve que mirar hacia otro lado, porque no me podía mantener seria.
—¡Te ves genial, Thor! —le respondió él tratando de sonar animado.
—Muchas gracias, bonita —me dijo Thor de repente. Eso llamó mi atención, porque jamás había escuchado a un niño decir eso.
—¡Vaya! Eres todo un galán —le contestó Guri y el pequeño le regaló una enorme sonrisa.
—De nada, Thor —le respondí sonriente. El dios griego me miró de una forma extraña y se fue con Thor en brazos.
—¡Vaya papasito! —dijo Guri de repente. La miré sorprendida y nos pusimos a reír bajito, para que no nos escucharan.
Cada vez que las dos veníamos a pintar caritas, nos quedábamos dos horas y luego cada una se iba a lo suyo fuera de ese trabajo. Cuando ya estábamos por cumplir las dos horas que nos pagaban por pintar a los niños, escuchamos unos gritos a lo lejos. Estábamos guardando nuestros implementos, cuando nos asustamos y nos pusimos a mirar hacia el tumulto de gente que se había agrupado alrededor de algo.
—¿Qué habrá pasado? —preguntó Guri con el ceño fruncido.
—Quizá algún niño se cayó y ahora llora desconsolado, porque su rodilla está sangrando —me di la vuelta y seguí guardando mis cosas en mi bolso.
—Creo que es algo grave— dijo ella de repente, pero ni siquiera me inmuté y seguí en lo mío.
—¡Ayuda! —logré escuchar a lo lejos —¡Llamen a un doctor! ¡¿Hay algún doctor aquí?! —cuando escuché la palabra doctor, me detuve y tomé en serio lo que estaba pasando.
—Parece que tienes razón, Guri —le contesté. Comencé a caminar hacia las personas.
—¡No, Valkiria! —me dijo tratando de detenerme, pero, cuando se trataba de la vida de una persona, era imposible que me hiciera la indiferente.
—Permiso… ¡Disculpen! —dije mientras me iba metiendo entremedio de la gente.
Cuando llegué al lugar, vi la escena completa. Alguien estaba tratando de realizar la maniobra de Heimlich al dios griego. Sus manos estaban alrededor de su garganta, señal de que se estaba ahogando. Pero al parecer, la persona que estaba tratando de realizar la maniobra, no sabía cómo hacerla correctamente, así que, me asusté y corrí hacia ellos.
—Estás realizando la maniobra mal ¡quítate! —le hablé fuerte al señor. Él me miró asombrado, pero se corrió y me dejó el espacio libre —Tranquilo, sé que te falta el aire, pero necesito que no entres en pánico —le dije mientras me acomodaba detrás de él y rodeada su enorme cuerpo con mis manos —¡Quita tus manos de la garganta! ¡Muy bien, ahí va! —le hablé fuerte. Él me hizo caso y quitó sus manos de la zona.
Con solo tres movimientos de manos, logré que el dios griego expulsara el enorme trozo de carne que tenía atascado en la garganta. Ya se estaba colocando azul el pobre, pero, apenas la carne salió volando de su boca, el tono rosadito volvió a su hermoso rostro.
—¿Eres doctora? —me preguntó alguien.
—No, soy enfermera —contesté un poco avergonzada, porque no era cierto. Jamás había terminado mis estudios de enfermería, pero eso ellos no lo sabían y tampoco se los iba a decir.
—¡Hijo! ¡¿Estás bien?! —le preguntó una señora de edad al dios griego. De seguro era la mamá. Él no podía hablar y estaba apoyado en mí aún, tratando de reponerse.
—¡A ver, denle espacio, por favor! —les dije a todos, porque después de estar a punto de morir ahogado, lo que menos quiere el afectado es tenerlos a todos encima.
Lo ayudé a sentarse en una silla y me quedé a su lado viendo que se recuperara bien. Abrí un poco más su chaqueta y pedí que le trajeran agua y algo para abanicarlo. Alguien me pasó una libreta y con eso comencé a echarle viento encima de su rostro. Él subió una de sus manos y se tocó el puente de la nariz. Tenía los ojos cerrados y trataba de respirar profundo expandiendo su tórax y llenando sus pulmones de aire.
—¿Cómo te sientes? —le pregunté después de unos minutos acercándome un poco más a él para que me escuchara, porque le estaba hablando bajito.
—Como si un maldito tren me hubiese pasado encima —me contestó con una voz apenas audible.
—¿Te duele la garganta?
—Mucho —sacó su mano de la nariz, la levantó y la miró. Estaba demasiado temblorosa —Siento que quiero toser —me dijo de repente, pero no alcancé a responder, cuando comenzó a toser fuerte. Me acerqué a su espalda y comencé a masajearla.
—Tose todo lo que necesites —le dije mientras lo afirmaba con mi otra mano.
Cuando dejó de toser, la mamá comenzó a decirle a todos que llamaran a una ambulancia. El dios griego se enojó y trató de decirle que no lo hiciera, pero su voz apenas salía de su boca.
—¡Ey, tranquilo! Es mejor que un paramédico te revise —le hablé calmadamente —Siéntate otra vez, no te ves bien, es mejor que venga un paramédico. Llamen a una ambulancia para que lo revisen bien —le pedí a la señora, que creía, era la mamá del dios griego —Espero que te recuperes bien.
—¿Te irás? —me preguntó asustado —No me dejes —eso me pareció extraño. Un grandulón como él no podía ser tan miedoso. Preferí no decirle nada, quizá sí estaba asustado.
—No, no, pero debo buscarte un lugar más cómodo para que esperes a los paramédicos. Me duele la espalda —le hablé bajito de forma un poco graciosa, porque ya llevaba mucho tiempo de pie. Eso era terrible para mí, sobre todo, después de mi operación de hace años atrás. Él se iba a reír, pero no pudo, porque comenzó a toser de nuevo.
—Ya llamamos a una ambulancia —me dijo un chico muy guapo que se parecía al dios griego.
—Perfecto. ¿Hay algún otro lugar en donde podamos llevarlo? Esta silla no es muy cómoda que digamos.
Otras personas lo ayudaron a ponerse de pie y lo llevaron hasta la sala de estar, en donde él se quiso sentar, porque los sillones eran más cómodos.
—Bueno, ahora solo es cosa de esperar a los paramédicos y que lo revisen adecuadamente —les dije a las personas que estaban a su alrededor.
—Muchas gracias por todo, niña —me dijo la señora que parecía ser su mamá. Detestaba la palabra niña, porque la encontraba despectiva en un adulto.
—Tengo veintisiete, de niña no tengo nada, señora —le contesté tratando de ser amable, pero sabía muy bien que mis palabras no tenían nada de “amable”.
—¡Oh, discúlpame! No conozco tu nombre. ¿Cómo te llamas? —me preguntó tratando de arreglar la situación incómoda.
—No importa —le contesté suspirando y negando con la cabeza —Espero que te recuperes —le dije al dios griego. Él me miró casi como haciendo un puchero con la boca y me despedí con un gesto de la mano. Comencé a caminar devuelta al jardín y cuando estaba saliendo, alguien agarró mi brazo. Me di vuelta asustada y miré al chico que había llamado a la ambulancia.
—Esta es su tarjeta, dijo que lo llamaras si necesitabas cualquier cosa.
—¡Oh! No, no, no, no. Está todo bien, dile que no es necesario —le contesté rechazando la tarjeta. Pero él no iba a aceptar un no por respuesta, así que, tomó mi mano y me obligó a tomar la tarjeta.
—Solo tómala —me dijo sonriente —Adiós, preciosa —me guiñó un ojo y se fue devuelta a la sala de estar. Me quedé unos segundos mirando a la nada, hasta que Guri me sacó de mis pensamientos.
—¿Está bien? ¿No se murió ese papasito? —me preguntó tratando de mirar hacia adentro de la casa.
—No seas ridícula —la regañé riéndome un poco y hablando bajo para que no nos escucharan.