CAPÍTULO 2 — Pinta caritas

1587 Words
Debido a todo lo que había pasado con el dios griego, iba atrasada a mi segundo trabajo, el de mesera de un restaurante muy caro y fino. —Vienes atrasada —me dijo Millicent, la jefa del restaurante. Estaba enojada, pero eso ya no me importaba. —Sí, me atrasé, lo siento —le contesté sin mirarla, mientras caminaba rápidamente a los camarines del personal. No podía trabajar con la camiseta amarillo pato de las fiestas de niños. En cambio, debía cambiármela por una de color n***o. Era el único requisito que nos pedían en el lugar, usar ropa negra por completo. —¡Que no se repita otra vez! —escuché que me gritó a través del pasillo. Cómo la detestaba a veces. Desde que estaba de novia con el dueño del restaurante, se le habían subido los humitos a la cabeza y estaba insoportable. En el año que llevaba trabajando en el lugar, esta era la segunda vez que yo llegaba tarde. Apenas inicié el turno, todo se volvió caótico. Era sábado y como cada semana, el local se llenaba por las tardes. Las personas llegaban en pareja o en grupo para disfrutar de las exquisiteces que nuestro chef ejecutivo preparaba. En un momento de la noche, un compañero me pidió que atendiera su mesa, porque Millicent lo había enviado a la bodega. —¿Para qué mesa eran estos platos? —le pregunté a mi compañero antes de que se fuera a la bodega. —Para la mesa doce, Valkiria. ¡Muchas gracias! —me respondió disculpándose con la mirada, porque la insoportable de Millicent lo estaba esperando en el pasillo que daba hacia la bodega. —No hay problema —le contesté con media sonrisa. Me concentré solo en llevar los platos a la mesa y ni siquiera miré a los comensales —Buenas noches, hubo un cambio de meseros y yo los atenderé esta noche —les dije concentrada en dejar los platos en la mesa. —¿Pinta caritas? —me dijo uno de los hombres. Me detuve un segundo para mirarlo y ahí estaba el dios griego al que había ayudado en la tarde. Más encima, se había atrevido a colocarme un apodo. Yo no me iba a quedar atrás. —Ahogado —lo saludé continuando con mi trabajo. Las personas de la mesa comenzaron a reír por el apodo que le había puesto y la verdad, no me importó —Cualquier cosa que necesiten, me lo hacen saber. Que disfruten de su cena, con permiso —les dije a todos los presentes con una sonrisa falsa e irónica. Caminé triunfante hacia la barra de bebidas, porque había ganado en el duelo imaginario de apodos. ¿Qué creía? ¿Qué me iba a quedar callada? ¡Pues no! —¿Por qué tienes cara de triunfadora? —me preguntó Elin, la bartender del restaurante. —¿Sabes qué? Detesto a la gente que cree, que, porque tiene más dinero o una posición privilegiada en la sociedad, es mucho más que tú. El dinero no lo es todo, deberían saberlo y deconstruirse. —Poder femenino, chica ¡Te apoyo! —me dijo sonriente y levantando su mano para chocarla con la mía. Me reí un poco y le di los cinco con mi mano. Había pasado por lo menos una hora, desde que les había llevado la cena al grupo del dios griego y aún no se iban del restaurante. No entendía qué tanto hablaban y reían. Incluso me molestaba esa actitud de todos ellos. Media hora después, el grupito del dios griego me pidió la cuenta. Cuando llegué a la mesa, el chico que me había dado la tarjeta en la tarde se levantó de su silla y estiró su mano para que yo la tomara. —Soy Klas —se presentó. El resto del grupo comenzó a reír y ese simple acto de cordialidad, se distorsionó en mi cabeza y lo tomé como un acto de burla. ¿Acaso se estaban burlando de mí? No quise decir nada, mucho menos aceptar su mano y simplemente le entregué la cuenta. Por fortuna la tomó enseguida, la miró y se la entregó al dios griego, quien tenía una media sonrisa en su rostro. No podía defenderme, mucho menos decirles algo, porque Millicent siempre me observaba, atenta, esperando a que cometiera algún error para despedirme, pero yo necesitaba demasiado ese trabajo. Así que, me quedé callada y esperé a que pagaran el servicio. Por fortuna, el tal Klas y su grupito de idiotas se levantaron de la mesa y se fueron hacia la salida del local. Estaba acostumbrada a tratar con idiotas, pero los ricachones eran los peores. Me reí un poco, porque era lo único que podía hacer ante esa situación incómoda, pero, cuando me estaba girando para retirarme de la mesa, el dios griego tomó mi brazo. Había olvidado por completo que aún estaba ahí. —Solo son inmaduros —me dijo tratando de ser amable. Fruncí el ceño, mientras miraba su mano tocando mi piel y cuando levanté la vista, esos ojos celestes penetrantes me miraban atentamente. Por unos segundos me perdí en ellos —Soy Derick Kol —se presentó con una leve sonrisa —Te agradezco por haberme ayudado en la tarde. Sé que mi hermano te entregó mi tarjeta. Por favor, llámame si necesitas algo —pero en ese segundo pensé ¿para qué mierda lo iba a necesitar? Mucho menos después del espectáculo que él y sus amiguitos habían hecho burlándose de mí segundos atrás. —No tienes que agradecerme nada —le contesté quitando mi brazo de su mano y mirándolo de forma seria —Y no necesito nada, mucho menos de ti. Con permiso —comencé a caminar, pero él me detuvo otra vez tomando mi brazo. —Espera —me detuve y lo miré muy enojada, porque la situación ya me estaba cabreando —No te enojes, por favor. Solo quiero ayudarte. ¿Cuál es tu nombre? Estoy seguro de que no es “pinta caritas” —su sonrisa se hizo más grande aún y, aunque era muy hermosa, me hizo enojar mucho más, porque seguía burlándose de mí. —Y yo ya te dije que no necesito nada —le contesté cruzándome de brazos y tratando de no mirar su hermosa sonrisa —Y no tengo por qué darte mi nombre. Te estás burlando de mí y eso es algo que detesto de las personas. —No me burlo de ti —me respondió borrando su sonrisa —Solo estaba tratando de ser agradable. Creo que empezamos con el pie izquierdo. Hola, soy Derick Kol —se volvió a presentar estirando su mano para que yo la tomara. —Me estás jodiendo ¿cierto? —¿Qué? ¡No! Solo te quiero conocer. —¿Y quién te dijo a ti, que yo te quería conocer? —Ya me conoces, sabes mi nombre. Pero yo aún no sé el tuyo —este chico era demasiado insistente. Volvió a estirar su mano y al parecer, no se iba a rendir tan fácilmente. Decidí darle la mano al idiota para que me dejara tranquila de una vez por todas. —Hola, soy Valkiria Liv —me presenté de muy mala gana tomando su mano. —¿Valkiria? —me preguntó extrañado. —¿También te burlarás de mi nombre? —le respondí enojada. —¡No, no! Es hermoso. Espero ser tu elegido —me contestó con media sonrisa. Lo miré extrañada, porque sabía a qué se refería con lo de ser elegido por mí, ya que, era algo de la mitología nórdica. —Debo volver al trabajo —le respondí carraspeando, porque su mirada me estaba poniendo muy nerviosa. —¡Espera! —tomó mi brazo otra vez, pero lo soltó de inmediato —No quiero que malinterpretes mis palabras, pero no puedo evitar preguntarme qué haces trabajando en dos lugares distintos. Primero la fiesta para niños y ahora acá, en el restaurante. —¿Y yo por qué tendría que darte explicaciones? ¿Estás loco? ¿Tienes fiebre? —me acerqué a él y toqué su frente con mi mano. Pero la bromita me salió muy mal, cuando nuestras miradas se encontraron y él tomó mi mano con delicadeza. Tuve que carraspear ante la incomodidad que comencé a sentir en ese momento y me alejé un poco de él. —Por favor, déjame ayudar —su tono de voz era tan calmado y suave, que por un segundo casi caí en su juego. —¿Te estás burlando de mí otra vez? ¿Acaso no fue suficiente con el numerito que acaba de hacer tu séquito de idiotas? No soy material de burlas —le contesté enojada. —No me estoy burlando de ti. Y ya te dije que son unos inmaduros. Mira, no quiero discutir contigo, solo llámame el lunes a primera hora. Tienes mi número en la tarjeta. Estaré esperando tu llamada —y antes de que yo pudiese contestarle, se acercó a mí, me dio un beso en la mejilla y se fue corriendo hacia la puerta, en donde lo esperaban sus amiguitos idiotas. ¿Llamarlo el lunes? ¿A primera hora? ¿Para qué? No entendía nada. Absolutamente nada. Decidí olvidarme del dios griego y seguir con mi turno. Afortunadamente, Millicent no había visto nada, si no, me hubiese regañado con alguna excusa absurda de “no hablar con los clientes”. Era una idiota.
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