CAPÍTULO SEIS

1402 Words
ALLISON. La policía me hizo algunas preguntas. Yo respondí lo justo y necesario, lo único que pude sin que me tragara la vergüenza. ¿Cómo decirles lo que pasó con el capo? ¿Cómo explicar que ese demonio me tocó como si fuera suya, que me arrancó un pedazo de lo que soy? No. Me limité a corroborar que él estuvo allí y nada más. Siento que todo va de mal en peor. Ni siquiera me molesto en volver directo a casa. Camino cuadras enteras, el cuerpo agotado, los pies ardiendo en mis zapatos gastados, y el hambre doliéndome en el estómago como un puñal. Voy preguntando en cada bar, en cada antro donde creo que podrían necesitar a alguien que cante, alguien que haga algo distinto a abrirse de piernas. Pero las respuestas son las mismas: “No necesitamos cantantes.” “No pagamos por eso.” “Si quieres trabajo, ya sabes cómo.” En dos de ellos los dueños intentan propasarse. Uno me pone la mano en la cintura, demasiado bajo. El otro se arrima con la lengua suelta, creyendo que puede probar lo que quiera. Los dos se llevan mi rechazo de la peor manera: un codazo en las costillas, un empujón con fuerza. Todavía me queda calle, todavía sé cómo defenderme. Cuando regreso, estoy derrotada. El alquiler es una miseria, apenas unas monedas, y aún así no tengo con qué pagarlo. La despensa está vacía, no hay arroz, no hay pan… solo las paredes húmedas que parecen burlarse de mí. Al abrir la puerta de la pensión, el olor a comida pobre me golpea la nariz. Mamá ha preparado una especie de sopa aguada, con más agua que sustancia: un par de pedazos de papa flotando, dos trozos de zanahoria y lo que creo es un hueso de pollo sin carne. Eso es todo. Eso es nuestra cena. Me siento frente a ella, forzando una sonrisa. —Me quedé sin trabajo, mamá. Pero no te preocupes, voy a encontrar algo pronto. No le digo la verdad. Ella sigue creyendo que yo trabajaba en un lugar decente, algo más digno. No puedo destrozar esa ilusión, no quiero que sepa que en realidad cantaba en un prostíbulo. Sus cejas se fruncen, la angustia se dibuja en su rostro cansado. —No, Allison… yo saldré a trabajar. No puedo quedarme aquí sin hacer nada. —¡No! —respondo de inmediato, la voz más fuerte de lo que pretendía—. Tú no puedes, mamá. Solo intento protegerte. —¿Protegerme? —su voz se quiebra—. ¿De qué sirve que me protejas si me siento como una carga? Como una inútil que solo consume y no da nada… Y entonces sucede. El aire se le corta de golpe, sus manos se aferran a la mesa como si buscara sostenerse de la vida misma. La veo abrir la boca, buscando oxígeno, los ojos desorbitados. —¡Mamá! —grito, corriendo hacia ella. Trato de sostenerla, pero su cuerpo se desploma contra el mío. Es tan frágil, tan liviano, y aún así el peso es suficiente para derribarme. El golpe me arranca el aire de los pulmones, mi espalda choca con el suelo húmedo y frío. La cabeza me da vueltas, pero no me importa. La abrazo con todas mis fuerzas, intentando que su caída sea la menos dolorosa posible. —¡Mamá, no! ¡Por favor, no! Su pecho apenas se mueve. Y yo me quedo allí, atrapada bajo su cuerpo, sintiendo cómo el miedo me devora por dentro. La siento moverse apenas, un quejido leve, un suspiro entrecortado. Aprovecho esa pequeña reacción para sostenerla con todas mis fuerzas y cargarla sobre mi hombro. El esfuerzo me quema los brazos, pero no me importa. La arrastro hasta la entrada, intentando abrir la puerta con el codo. Lo único en lo que pienso es en salir a la calle y gritar por un taxi, por ayuda, por lo que sea. Pero entonces siento su mano aferrarse a mi camisa. Sus dedos temblorosos se aferran como si fueran garras. La miro y sus labios tiemblan al pronunciar palabras que me atraviesan como cuchillas: —Déjame morir, Allison… No puedes pasarte toda la vida cuidando de mí… Déjame ir. Las lágrimas me nublan la vista al instante. Siento que me estoy partiendo en dos. —¡Jamás! —le respondo, la voz rota, temblando mientras las lágrimas me corren por las mejillas—. ¡Mientras yo tenga aire en los pulmones y vida en este cuerpo, no me voy a dar por vencida! ¡Voy a luchar por ti, mamá! Ella trata de negar, apenas un gesto débil con la cabeza, como si quisiera insistir. Yo la abrazo con más fuerza, con rabia, con miedo, con amor desesperado. Corro dentro de la casa como puedo, la dejo apoyada en la entrada, entre la inconsciencia y la conciencia, y me lanzo hacia el cajón donde guardo lo poco que nos queda. Los ahorros miserables, las últimas monedas que eran para la operación que nunca pudimos pagar. Los tomo con manos temblorosas, sin pensar en nada más que en salvarla. —Resiste, mamá… por favor, resiste… —susurro entre sollozos. Salgo disparada hacia la calle, las lágrimas mezclándose con el sudor, gritando por un taxi como si mi vida dependiera de ello… porque en realidad, sí depende. Al fin, después de lo que se siente como una eternidad, un taxi se detiene de golpe frente a mí. El conductor baja corriendo, me ayuda a acomodar a mamá en el asiento trasero. Yo me meto detrás con ella, tratando de sostener su cabeza en mi regazo mientras el hombre vuelve al volante. —¡Al hospital más cercano, por favor! ¡Rápido! —le suplico, la voz quebrada, con un hilo de desesperación que no puedo ocultar. El motor ruge, el auto arranca. Yo no dejo de acariciarle la cabeza, mis dedos enredados en su cabello húmedo de sudor. Tiemblo tanto que apenas puedo mantenerla quieta contra mí. Mis lágrimas caen sobre su rostro pálido. —No me abandones… por favor, mamá, no me dejes sola… —le susurro una y otra vez, pegada a su oído—. Lucha, te lo ruego… quédate conmigo, quédate a mi lado. Ella respira con dificultad, un jadeo débil que me parte el alma. Le sostengo la mano, la aprieto con toda la fuerza que tengo, como si así pudiera anclarla a este mundo. Yo no sé rezar, no sé a quién pedirle un milagro, pero en este taxi siento que estoy dispuesta a vender lo que sea, lo que quede de mí, con tal de que mi madre no se apague entre mis brazos. Los médicos se la llevan apenas cruzamos las puertas del hospital. Todo sucede tan rápido que ni siquiera alcanzo a despedirme. Un par de enfermeros me empujan hacia atrás, cierran las puertas de aquella sala blanca y fría en la que no me permiten entrar. Me quedo paralizada frente a ese umbral, con las manos vacías, temblando como una hoja. Las lágrimas me nublan la vista. Siento que la garganta se me cierra, que me falta el aire, que voy a desmayarme ahí mismo. El eco de mis sollozos se mezcla con el sonido de las camillas, con las voces apresuradas del hospital. Y de pronto, un recuerdo se abre paso en mi mente. INICIO FLASHBACK Yo era pequeña. Tendría unos seis o siete años. Estábamos en la cocina, mamá había puesto un mantel viejo sobre la mesa y preparaba una sopa rala, casi sin nada. Yo la miraba remover la olla con aquella sonrisa cansada que nunca dejaba de regalarme. Entonces le pregunté, con mi voz de niña, cuánto tiempo estaríamos así, cuánto tiempo ella y yo íbamos a estar solas, luchando sin nadie más. —El tiempo que haga falta, mi vida —me dijo, inclinándose para besarme la frente—. Te prometo algo, Liss, siempre voy a estar contigo, sin importar que tan difícil sea el camino, estaremos juntas para siempre. Yo asentí sin entender del todo. Solo sabía que su abrazo era el lugar más seguro del mundo. FIN FLASHBACK Ahora, sentada en este pasillo frío, me abrazo a mí misma, temblando. Porque lo que antes parecía eterno, ahora se tambalea. Y tengo un miedo atroz de que esa promesa se rompa aquí, entre estas paredes.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD