CAPITULO SIETE

1252 Words
ALLISON. Las horas pasan como cuchillas que se hunden una y otra vez en mi piel. Cada minuto sin noticias es un suplicio que me desgarra por dentro. Estoy sentada en una de esas sillas duras del pasillo, con los ojos hinchados de tanto llorar, las manos heladas y el corazón reventándome en el pecho. Siento que si no escucho pronto algo, lo que sea, voy a perder la razón. Las puertas de la sala permanecen cerradas, indiferentes a mi angustia. Los médicos entran y salen, me esquivan la mirada, y esa indiferencia solo alimenta mi desesperación. ¿Qué está pasando ahí adentro? ¿Por qué no me dicen nada? Entonces, como si alguien lo hubiera invocado, aparece el doctor que lleva el caso de mamá desde hace años. El cardiólogo. Lo reconozco de inmediato por la forma seria en que camina, con ese aire de quien siempre carga malas noticias. Me pongo de pie de golpe, tambaleándome. —Doctor… ¿cómo está? —mi voz tiembla, apenas sale de mi garganta. Él me observa con gravedad, luego suspira. —Allison, ya no podemos seguir posponiendo la cirugía. Es ahora o… o no habrá otra oportunidad. El estómago se me encoge. No tengo dinero, ni siquiera para pagar lo que ya han hecho. ¿Cómo podría costear una operación? Trago saliva, la desesperación me quema la lengua. —No… no tengo cómo pagar. Ni siquiera sé cómo voy a cubrir esta atención —balbuceo, sintiendo que las lágrimas vuelven a amenazarme. Pero entonces noto algo extraño en su mirada, como si él mismo no pudiera creer lo que está a punto de decirme. —No tiene que preocuparse por eso —responde despacio—. Todos los gastos ya fueron cubiertos. Me quedo muda. La garganta se me cierra. ¿Qué…? ¿Quién…? No logro pronunciar palabra. La mente me da vueltas: ¿un milagro? ¿Un gesto de caridad imposible? ¿Será que por fin Dios nos ha mirado con un poco de compasión? Apenas consigo asentir, la voz hecha un susurro: —Haga lo que tenga que hacer, doctor… pero le ruego, por favor… no la deje morir. El médico aprieta los labios, asiente, y se marcha con paso decidido. Y yo me quedo ahí, con las piernas flojas, aferrada a esa chispa de esperanza que aún me parece demasiado irreal para creerla. El doctor no me oculta la verdad. Mamá necesita un trasplante de corazón con urgencia, lo dice con esa voz medida de los médicos que tratan de no quebrar a los familiares. Pero también me habla de otra opción: un procedimiento llamado implante de un dispositivo de asistencia ventricular, una especie de máquina que ayuda al corazón a bombear la sangre. No es una solución definitiva, solo un parche, un intento de ganar tiempo hasta que aparezca un donante. La palabra máquina me golpea. Me imagino a mamá conectada, su cuerpo frágil dependiendo de tubos y motores para seguir viva. Es una visión que me asusta, pero también sé que cualquier cosa es mejor que perderla ahora. Cuando el médico se aleja, siento que el mundo me pesa entero en los hombros. No puedo quedarme quieta; mis pies me llevan de un extremo al otro del pasillo, una y otra vez. Camino como un animal enjaulado, con las manos apretadas y los nervios a flor de piel. El estómago me gruñe con fuerza, recordándome que no he probado bocado desde la mañana. Y aunque el hambre me retuerce por dentro, no me atrevo a gastar lo poco que tengo en el bolsillo. ¿Y si el doctor se equivocó? ¿Y si al final me pasan una cuenta que no puedo pagar? Prefiero aguantar el hambre, prefiero cualquier cosa, antes que arriesgar lo poco que me queda. Me digo a mí misma que haría lo que fuera. Lo que fuera. Limpiaría cada rincón de este hospital, fregaría sus pisos, lavaría sus paredes con mis propias manos si eso garantizara que mamá recibe la atención que necesita. El sol ya se ha ocultado. La noche cae, trayendo con ella ese silencio cargado que solo existe en los hospitales, donde cada sonido se siente más fuerte. Y aquí sigo, sola, esperando, con la fe quebrada y el corazón temblando. Entro al baño porque siento que me desmorono. El pasillo giraba alrededor mío, y no quiero que nadie me vea caer. El agua fría del lavabo me devuelve un respiro, aunque mínimo. Me miro en el espejo y casi no me reconozco: la piel demasiado pálida, los ojos hundidos, sin brillo… mi cabello es un desastre, los mechones pegados a la cara y las raíces rubias asomando bajo el tinte n***o. Una cicatriz de lo que soy realmente, de lo que intento esconder. Cuando llegué a este país todo fue rechazo. El acento en mi voz bastaba para que me miraran como si no perteneciera aquí. Por eso me teñí el cabello, por eso traté de borrar mis rasgos… Tenía que encajar. Fingir que era otra. Tomo un sorbo de agua del grifo y dejo que me resbale por la garganta seca. Respiro hondo, esperando calmar ese temblor que no me abandona. Pero al alzar la mirada de nuevo, el aire se congela en mis pulmones. En el espejo, detrás de mí, entre las sombras, aparece él. El capo. El corazón me da un vuelco tan fuerte que siento que va a salirse del pecho. Mi cuerpo brinca por puro instinto y me giro bruscamente, buscando la puerta, cualquier salida. Necesito correr, huir, desaparecer… Pero sé, en lo más hondo, que no importa cuán rápido me mueva. Si él decidió aparecer aquí, es porque nunca me dejó escapar realmente. No me da tiempo ni de llegar a la puerta. Una mano dura, implacable, me atrapa en el aire por la cadera y me pega contra su cuerpo como si fuera un objeto que le pertenece. El olor a tabaco y perfume varonil me invade antes de sentir su voz grave, tan cerca de mi oído que me eriza la piel. —Qué bueno verte de nuevo, conejita. Un escalofrío me recorre la espalda, pero lo disfrazo con rabia. Me revuelvo como puedo, apretando los dientes. —Yo no puedo decir lo mismo. Esperaba no volver a ver tu asquerosa cara jamás. Lo digo con toda la grosería que puedo escupir. Sé que es peligroso, pero no me callo. Nunca me callo. Él me voltea de mala gana, sujetándome como si fuera un muñeco frágil al que puede romper cuando se le antoje. Su ceño fruncido se oscurece más al escucharme. —Tienes la lengua muy larga, —gruñe—. No me molestaría cortártela. —No te tengo miedo, —le escupo las palabras con el corazón martillando en mi pecho—. Para mí no eres más que un hijo de puta que se aprovecha del miedo que todos le tienen. Pero yo no soy uno de sus ampones. Su mirada se enciende como brasas. Me toma del brazo con tanta fuerza que estoy segura de que quedará un moretón, y comienza a arrastrarme por el pasillo. Mis zapatos resbalan contra el suelo liso mientras trato de resistirme, inútilmente. Algunos enfermeros se detienen, nos miran… pero nadie dice nada. Nadie se atreve. Sus ojos bajan al suelo en cuanto reconocen al hombre que me lleva a rastras. Y entonces lo entiendo: ellos ya saben quién es. Les aterra. Y yo, aunque no quiera admitirlo, también siento el mismo terror.
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