ALLISON.
Me revuelvo como un animal atrapado, arañando, empujando, hasta que logro clavarle los dientes en el brazo. Un sabor metálico me llena la boca, pero apenas tengo tiempo de sentir satisfacción.
Su reacción es inmediata. Su mano grande me atrapa la quijada con una fuerza brutal, obligándome a mirarlo. Sus dedos se clavan en mi piel como garras, y la presión me arranca un gemido ahogado.
—Maldita zorra… —su voz es un gruñido bajo, cargado de furia contenida.
Antes de que pueda decir nada más me mete a un habitación y me lanza contra la camilla. El golpe me arranca el aire de los pulmones y mi cabeza rebota con la superficie acolchada, dejándome aturdida por unos segundos. El mundo gira y mis oídos zumban, pero aún así siento el peso de su cuerpo inclinarse sobre el mío, sofocante, invasivo.
Su mirada gris me perfora, oscura, peligrosa. Esa sonrisa torcida en sus labios me hiela la sangre: disfruta ver cómo me retuerzo bajo él.
—Aprenderás a no desafiarme, conejita —susurra, tan cerca que su aliento caliente me quema la cara.
Lucho con todas mis fuerzas, pero es inútil. Su cuerpo es una muralla sobre el mío, aplastándome contra la camilla. Sus manos se mueven rápidas, certeras, como si estuviera acostumbrado a inmovilizar presas humanas. En cuestión de segundos, la sábana de la cama se convierte en una soga improvisada y mis muñecas quedan atrapadas, apretadas con firmeza sobre mi cabeza.
Lo observo, y a pesar de lo que me aterra reconocerlo, noto cómo los músculos de sus brazos se tensan bajo la camisa blanca de manga larga. Cada fibra parece marcada, desgarrando la tela con el esfuerzo de contenerme. Unas gotas de sudor brillan en su frente, y la idea de que necesita usar toda su fuerza para mantenerme quieta me provoca una chispa de orgullo en medio del pánico.
No me resigno. Mi pierna se alza y lo golpeo directo en las costillas. El impacto resuena, fuerte, satisfactorio.
Él se inclina un poco, exhalando con un sonido seco. Creo que lo he lastimado, que voy a tener una ventaja, pero en lugar de apartarse, suelta una carcajada ronca, cargada de ironía.
—Eso es todo lo que tienes, conejita… —susurra con sorna, y la forma en que me mira hace que la sangre se me hiele.
Intento seguir pataleando, pero de pronto siento el peso de sus piernas sobre las mías. En un movimiento brusco, sus rodillas se clavan contra las mías y me inmoviliza por completo, como si fuera un animal atrapado bajo la bota de un cazador. El aire me falta del esfuerzo, de la rabia, de la impotencia.
En ese instante, la puerta se abre de golpe. Una enfermera entra con una bandeja en las manos, sus ojos se agrandan al ver la escena.
—¡Ayúdeme! —grito con todas mis fuerzas, mi garganta rasgada de desesperación—. ¡Por favor!
Él ni se inmuta. Termina de ajustar el nudo de mi pierna izquierda con una calma aterradora, como si mi súplica no fuera más que ruido de fondo. Luego levanta la mirada hacia la enfermera. Esa mirada. Es suficiente para helar la sangre.
Ella retrocede de inmediato, tan pálida que parece a punto de desmayarse.
—Cierra la maldita puerta —ordena él, su voz grave, cargada de amenaza.
El silencio es sepulcral. La enfermera duda apenas un segundo, después baja la cabeza y obedece, empujando la puerta hasta que el clic del cerrojo resuena en la habitación.
Salvatore se queda quieto, observándome como si yo fuera un trofeo ya cazado. La sábana me aprieta las muñecas, los tobillos me arden de tanto forcejear, y él… él solo sonríe, como si disfrutara cada segundo de mi impotencia.
—Deberías estar adorándome de todas las formas posibles, conejita —su voz es lenta, venenosa, como si paladeara cada palabra—. Yo soy el que sostiene tu mundo con la palma de la mano.
La rabia me hierve en el pecho, me brota en la lengua antes de poder detenerla.
—¿Adorarte? Sí, claro. Justo después de besar la suela de los zapatos con los que pisas toda la mierda que eres.
Sus ojos grises se oscurecen, pero no pierde la calma. Se acerca, me toma del rostro con una fuerza que me duele.
—Es gracias a mí que la moribunda de tu madre sigue respirando en este hospital. No un milagro, no un dios inexistente… yo.
Un nudo de indignación me sube a la garganta. Me retuerzo bajo su agarre, le escupo las palabras como cuchillos.
—Eres un hijo de puta. Prefiero mendigar en la calle antes que agradecerte una sola cosa.
Él ríe, una carcajada baja, cargada de cinismo. Y yo, amarrada en esa camilla, siento que cada palabra mía solo alimenta su juego.
Su voz es una sentencia helada, cargada de esa soberbia que me enferma.
—Basta una sola orden de mi boca para que tu adorada progenitora quede completamente desprotegida. ¿Todavía no lo entiendes, conejita? El mundo gira, respira y vive a mi voluntad. Nada se mueve sin mi autorización.
Y entonces, contra todo pronóstico, me escucho reír. Una risa seca, irónica, que se me escapa entre los labios y lo hace fruncir el ceño.
—Vaya dios omnipotente —le escupo con sarcasmo—. ¿Y también separas las aguas del mar con las manos, capo?
Su rostro se tuerce en rabia. Da un paso al frente y en un segundo mi camisa se desgarra bajo sus manos, los botones saltan como proyectiles y quedo expuesta con solo el sostén cubriéndome. El aire me corta la piel, pero su mirada es más lacerante que el frío.
—Vas a entender algo, conejita… —gruñe, y sus dedos de hierro me toman del mentón, obligándome a mirarlo de frente. Con la otra mano se apodera de mi pecho, amasándolo como si le perteneciera.
Siento la rabia subirme por la garganta, pero antes de escupirle en la cara sus labios caen sobre los míos con un frenesí brutal, posesivo, como si quisiera devorarme. Quiero apartarlo, maldecirlo… pero mi boca se abre a la suya, traicionera, hambrienta.
—Todo lo que yo quiero, lo tomo sin pedir permiso. Incluyéndote. —Su voz vibra contra mi piel mientras me arranca un gemido ahogado.
Su mano se cuela dentro del brasier y pellizca mi pezón con crueldad. El dolor me arranca un jadeo que odio, un jadeo que no puedo contener. Un calor extraño corre por mi vientre, un fuego que no pedí.
Me siento sucia, enferma. Mi mente lo odia, lo rechaza, quiere golpearlo hasta matarlo… pero mi cuerpo me traiciona, encendiéndose bajo su toque como si él fuera la chispa que siempre había esperado.
—Quiero hundirme en ti hasta el fondo… —su voz es un gruñido contra mi boca mientras vuelve a besarme con hambre—. Penetrarte tantas veces, de tantas maneras, que dures días sin poder caminar bien.
Sus palabras me hacen estremecer, y no de placer. Mi estómago se revuelve, mi mente grita que lo odia, que lo detesta. Pero él sigue, como si pudiera leer mi cuerpo mejor que yo misma.
—Mierda… —resopla contra mis labios, jadeando—. Pero cuando lo haga, no quiero que esas piernas estén atadas. Quiero ponerlas sobre mis hombros mientras gimes mi nombre. No quiero sujetarte las manos… quiero que me claves las uñas en la espalda cuando el placer sea demasiado para soportarlo.
Su boca vuelve a devorar la mía y yo giro el rostro, grito con rabia, con impotencia:
—¡Aléjate de mí, cabrón!
Empiezo a forcejear, a sacudir brazos y piernas con lo poco que puedo, pero su fuerza es inquebrantable. En un segundo me baja el pantalón de un tirón y quedo expuesta, solo en ropa interior.
El aire frío me golpea, pero más me quema su mirada fija en mí. Sus dedos se deslizan sin pudor, invadiendo el espacio más íntimo de mi cuerpo, y una corriente eléctrica me sacude de pies a cabeza.
—¿Eso es lo que quieres?¿Que me aleje? —su voz es venenosa, pero cargada de deseo—. Porque tu cuerpo… parece más que listo para recibirme.
Y yo tiemblo. Quiero escupirle en la cara, quiero maldecirlo. Pero ese calor maldito se esparce entre mis piernas, negando cada palabra de odio que me arde en la garganta.