CAPITULO DOCE

1535 Words
SALVATORE. Todo el camino me llenó los oídos de vulgaridades. Palabras tan bajas que hasta me sorprende que salgan de esa boca suya… esa boca que no debería pronunciar nada más que gemidos para mí. Cuando por fin llegamos, abro la puerta del auto y la conejita me lanza el saco a la cara como si tuviera oportunidad de escapar. Un maldito error. Lo aparto de un tirón y, sonriendo de lado, le gruño: —Un movimiento en falso más, y te coso la lengua. No volverás a soltar ni una sola de esas porquerías frente a mí, ¿entendido? Se revuelve, intenta escapar, pero la alzo sin esfuerzo, mis manos se clavan en la curva firme de sus glúteos arrancándole un suspiro involuntario. Ese sonido me enciende; es música hecha para mí. La cargo hasta adentro de la casa y la dejo caer sobre una silla de la mesa de la cocina. Con un gesto apenas perceptible, mis hombres se posicionan en cada salida, firmes, armados, bloqueando cualquier intento suyo de correr. No hay escapatoria. Camino hasta la cocina, corroboro que la comida aún está caliente y sirvo un plato sin prisa, como si ella no fuera más que una niña malcriada a la que hay que enseñarle a comer. Lo dejo frente a ella con un golpe seco de porcelana contra la madera. Por un instante creo que va a reaccionar como Francesca, que va a tirarme el plato en la cara. Pero no. Lo toma con delicadeza, lo desliza hacia un lado con la misma gracia de una dama de sociedad, y con esa voz limpia y elegante que contrasta con cada palabra, me dice: —Vete a la mierda, Salvatore. En lugar de enfurecerme, su descaro me arranca algo que creí muerto en mí: una carcajada limpia, sonora, que retumba en toda la maldita cocina. Hace años que no río así. Ella se queda mirándome con ese ceño fruncido, los brazos cruzados y esa carita de no te metas conmigo que en lugar de intimidar, me provoca. Cada gesto suyo parece diseñado para mí, como si el destino hubiera decidido moldearla con la intención de enfrentarme. Pero la diversión se acaba pronto. Camino hacia ella, cada paso pesado, firme, hasta inclinarme lo suficiente para que sienta el filo de mi presencia sobre su piel. Con una voz baja, grave, le ordeno: —Vas a comer, conejita. No porque tengas hambre, no porque quieras… sino porque yo lo digo. Y todo lo que yo digo, se cumple. La observo rechazar el plato con esa delicadeza fingida, como si aún creyera que es demasiado digna para sentarse a mi mesa. La muy insolente cree que puede desafiarme con un simple gesto. Me inclino de nuevo para que no pueda ignorar mis palabras, y dejo que mi voz salga fría, cargada de veneno. —Ya lo veo claro… los perros no saben distinguir una buena comida cuando la tienen delante. O quizá lo tuyo es distinto… tal vez ya estás demasiado acostumbrada a aguantar hambre como una mendiga. El efecto es inmediato. Sus ojos se humedecen, aunque se niegue a dejar que una sola lágrima caiga. Esa resistencia inútil me enciende la sangre más que cualquier sumisión. Me pertenece hasta en su dolor, aunque todavía no lo entienda. -¿Qué quieres de mí? ¿Por qué no me dejas en paz?- me escupe con esa voz quebrada entre rabia y desesperación. La sangre me hierve. Apoyo las manos en la mesa, acercándome más a ella hasta que no tenga más remedio que escucharme. —Primero quiero que comas lo que hay en ese maldito plato, Allison —gruño, alzando la voz con una autoridad que retumba en la cocina. No es una petición, es una orden. Sus labios tiemblan, pero no cedo, clavo mis ojos en los suyos como una sentencia. —De nada te sirve luchar contra lo que ya está escrito. No hay manera de escapar de mí. Te marqué como mi posesión más querida y lo único que hago es cuidarte… mientras cumples tu propósito. Lo digo despacio, dejando que cada palabra pese en su mente como una condena. Cruel, sí, pero verdadero. Porque me pertenece, aunque ella prefiera engañarse pensando lo contrario. La veo tomar el plato con las manos temblorosas. Al principio intenta mantener la dignidad, pero apenas lleva un bocado a la boca, la máscara se rompe. Come con una voracidad que casi me insulta, apenas mastica, como si temiera que alguien fuera a arrancarle la comida de las manos en cualquier momento. Las lágrimas se deslizan por sus mejillas mientras devora, y maldita sea… esa imagen me revuelve por dentro. No porque me importe en el sentido en que ella querría creer, sino porque me enciende una rabia helada. ¿Cuánto tiempo lleva sin probar bocado? ¿Quién carajos dejó que llegara a este punto? Aprieto los puños detrás de la espalda. No sé si quiero arrancarle el plato para que deje de humillarse o llenárselo una y otra vez hasta que no pueda más. Porque verla así, tan indefensa, tan rota, y aun así orgullosa… me enferma y me fascina por igual. Allison no lo entiende, pero yo sí: esto también es posesión. Su hambre, sus lágrimas, incluso la forma desesperada en que traga… todo me pertenece. Termina de devorar lo que había en el plato y entonces la veo romperse. Sus hombros tiemblan, los sollozos le sacuden el cuerpo entero. Llora como si todo el maldito mundo se le viniera encima. Y me revuelve por dentro, me incomoda. No quiero verla así. No quiero lágrimas. Lo que quiero son gemidos, quiero verla doblarse de placer, no rota y hecha pedazos frente a mí. Camino hasta ella y la tomo del mentón con fuerza, obligándola a alzarme la cara. —Eres un maldito desastre, Allison… —le digo con la voz baja, dura, dejando que cada palabra le pese—. Pero eres mi desastre. No le doy espacio a responder. La siento en la mesa y la beso con rabia, con hambre, ahogando ese llanto que me enferma los oídos. Y tal como lo sabía, me corresponde. Siempre lo hace. Su cuerpo lo pide, lo exige, aunque su lengua maldiga mi nombre. —Fuera. Todos. —mi voz corta el aire como un látigo. Los hombres se miran entre sí, pero no dudan en obedecer. Nadie se atreve a desafiarme. Menos aún cuando mi tono lleva esa sombra que anuncia muerte. No voy a permitir que ninguno de esos bastardos vea más de ella. Si llegaran a hacerlo, les arrancaría los ojos yo mismo y se los haría tragar. Me vuelvo hacia Allison, todavía temblando en la silla. La tomo del mentón y la obligo a mirarme antes de hundirme otra vez en su cuello. Su aroma me golpea, me intoxica, me vuelve adicto. Le arranco un gemido que me retumba en el pecho. —Dime, conejita… —murmuro contra su piel—. ¿Estás lista para mí? Ella intenta negar con la cabeza, pero su cuerpo la traiciona. Lo siento. La siento. Y esa verdad me enloquece. Mi mano recorre su silueta con fuerza, reclamándola, hasta detenerse en su intimidad, en ese punto donde no puede mentirme. La respuesta está ahí, húmeda, ardiendo, gritando lo que su boca jamás admitirá. Un gruñido se me escapa de la garganta. Mi virilidad me duele con la urgencia, con esa necesidad animal de hundirme en ella y reclamar lo que ya es mío. La presión es insoportable, y cada fibra de mi ser me exige tomarla, quebrarla de una vez por todas bajo mí. Pero me detengo. Apenas. Porque quiero que el momento en que la haga mía no quede manchado por resistencia. Quiero que sea ella quien se quiebre y me busque, que sea su propia voz la que me ruegue. La beso con rabia, con hambre, con la furia contenida de un hombre que podría arrasarla en este instante, y en ese beso le dejo claro que tarde o temprano… su rendición será inevitable. La tengo atrapada entre mis brazos, besándola como un hombre que se sabe dueño… y de pronto me sorprende. Un empujón. No es fuerte, pero es certero. Lo suficiente para arrancarme el control de un instante y hacerme retroceder hasta caer sentado en la maldita silla donde estaba ella hace unos minutos. —Jamás me vas a tener… o al menos no tan fácil, capo. —su voz me escupe veneno con una sonrisa sarcástica mientras se escabulle por la mesa, alejándose de mi alcance inmediato. La observo, fijo, sin parpadear. Esa osadía me enciende más que cualquier sumisión. La conejita tiene garras… y no entiende que cada movimiento suyo, cada intento de escapar, solo la hunde más en mi maldita obsesión. Me paso la lengua por los labios, saboreando el eco de su rebeldía. Gruño bajo, conteniendo la furia y el deseo que me carcome. —Me fascina cuando peleas, Allison. —mi tono es grave, peligroso, una promesa y una amenaza a la vez—. Porque eso solo hace más dulce el momento en que terminas rendida a mí. Y eso es justamente lo que sucederá.
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