CAPITULO TRECE

1538 Words
ALLISON. Corro por los pasillos interminables de esta maldita casa, como un animal atrapado en una jaula demasiado grande. Las paredes parecen cerrarse sobre mí mientras el eco de mis pasos resuena mezclado con su voz. —Corre, conejita… corre todo lo que quieras. —lo escucho decir a lo lejos, burlón, como si supiera exactamente en qué rincón voy a chocar. La garganta me arde, mi respiración es un jadeo descontrolado y mi cabeza da vueltas. Estoy al límite. Todo lo que ha pasado en estos dos días me ha empujado más allá de lo que puedo soportar: la enfermedad de mamá, el hospital, sus malditas manos atándome, y ahora esto… esta casa gigantesca que parece su guarida. Y lo peor… lo peor es que no entiendo nada. Me dio de comer. Después de humillarme, después de arrancarme la ropa, después de hacerme sentir como si ya no me perteneciera ni siquiera mi propio cuerpo… me dio de comer. ¿Por qué? ¿Qué demonios busca? ¿Por qué alguien como él, que no duda en mandar matar a quien sea, se toma la molestia de servirme un plato de comida? La confusión me golpea más fuerte que el miedo. Porque no lo entiendo. Porque no lo conozco. Y sin embargo… él parece conocer cada parte de mí, cada debilidad, cada grieta en la que puede colarse. Y lo único que sé con certeza, lo único que tengo claro, es que Salvatore es un monstruo. Un maldito asesino que no pestañea al ver sangre, que disfruta el poder de aterrorizar… y aun así, aquí estoy, corriendo como si de verdad existiera alguna salida de su infierno. Me encierro en una de las habitaciones, el corazón golpeándome en las costillas como si quisiera salirse. Cierro la puerta de golpe y me pego contra ella, como si ese simple gesto pudiera mantenerlo fuera. El lugar es distinto al resto: más sobrio, más personal. No hay cama, solo un escritorio enorme abarrotado de papeles y carpetas. Huele a madera vieja y a ese perfume fuerte que ya reconozco como suyo. Me acerco al estante. Fotografías, demasiadas, perfectamente enmarcadas. Mis dedos tiemblan cuando tomo una. Salvatore… con otro hombre más joven, tan parecido a él que sería imposible no deducir que son hermanos. Paso a la siguiente: los dos otra vez, más jóvenes, al lado de un hombre mayor. La misma mirada, la misma arrogancia en los ojos. Padre e hijos, sin duda. Trago saliva, cada vez más incómoda, y entonces lo veo. Una mujer. Piel de ébano, ojos marrón claro que brillan incluso en la foto, cabello rizado cayendo como una cascada. Hermosa. Escultural. Él está junto a ella, su mano en la cadera… no como un gesto casual, sino como si dijera mía. Una punzada me atraviesa el pecho. Rabia. Celos. ¿Por qué demonios? No lo entiendo. No debería importarme. No debería sentir nada más allá del asco que me provoca. Pero ahí está, clavándose en mis entrañas como una daga. Aprieto la foto contra el estante, con tanta fuerza que temo romper el vidrio. ¿Qué soy yo para sentir esto? Nada. Y aun así… me carcome la idea de que esa mujer, en algún momento, haya tenido lo que ahora él exige de mí. El pomo se mueve. El sonido metálico me hiela la sangre. Me sobresalto y el portarretrato se me resbala de las manos, estrellándose contra el suelo. —Mierda… —mascullo entre dientes, agachándome con prisa. Los vidrios me cortan la palma, la sangre brota, pero ni siquiera me importa. Con torpeza escondo los pedazos bajo un tapete y pongo el marco de nuevo en el estante, sin vidrio, como si eso bastara para borrar la evidencia. La voz de Salvatore atraviesa la puerta, cargada de ira contenida: —Abre la maldita puerta, Allison, o te juro que la derribo. Aprieto la mandíbula. No. No voy a dárselo fácil. —¡Vete a la mierda, hijo de puta! —escupo con toda la rabia que me arde en la garganta. El silencio dura apenas un par de segundos. Después, su tono se afila como una navaja: —Ya te lo dije, conejita. No quiero volver a escuchar esas vulgaridades en tu boca. Me río amarga, temblando por dentro pero sin ceder. —¿Y qué vas a hacer, ah? ¿Castigarme? ¿Qué carajos te crees? No eres mi papá. Su carcajada retumba del otro lado, seca, peligrosa. —Si yo fuera tu padre, te aseguro que te habría dado unas buenas nalgadas a tiempo… para que aprendieras a cerrar esa boca insolente. La palabra padre me corta como otra daga. El pecho me duele, no por lo que dice él, sino por lo que me recuerda. Mi propio padre… el fantasma que nunca existió, el cobarde que huyó apenas supo que mamá estaba embarazada, dejándola sola, desprotegida, condenada a cargar conmigo sin nadie que le tendiera la mano. El aire me quema en los pulmones. Y antes de poder detenerlo, las lágrimas me arden en los ojos. No voy a llorar. No frente a él. No por culpa de otro hombre que nunca mereció nada de mí. Aprieto los puños, la sangre de mi mano cortada escurre entre mis dedos, y me obligo a respirar hondo. El estruendo me sacude los huesos. —¡Espero que estés lo suficientemente lejos! —ruge él desde el otro lado, y antes de que pueda reaccionar, una patada arranca la puerta de cuajo. Lanzo un grito ahogado, retrocedo contra el escritorio, mi respiración se corta al verlo allí, ocupando todo el umbral. El ceño fruncido, el pecho subiendo y bajando con violencia. Y entonces, otra vez me pasa… esa condenada forma en la que lo miro. Sus ojos grises, fríos como acero, me atraviesan hasta dejarme desnuda por dentro. La forma afilada de su rostro lo hace parecer tallado a propósito para intimidar, y esas pestañas oscuras que enmarcan sus ojos solo hacen que la intensidad de su mirada sea aún más insoportable. Y su boca… carnosa, con ese movimiento seguro, como si hasta el simple hecho de hablar fuera un acto de poder. —Vaya, vaya… —su voz gotea sarcasmo—. ¿Esto era lo que tenías planeado? ¿Esconderte, romper cosas y cortarte como una niña torpe? Intento ocultar la mano herida detrás de mí, pero él ya la vio. Su ceja se arquea y se acerca despacio, como un lobo que disfruta la cacería. —Mírate, conejita —murmura con sorna, sujetándome la muñeca con firmeza para ver el corte—. Y luego dices que no me necesitas. Saco fuerzas para insultarlo, pero la voz se me quiebra. El calor de su piel contra la mía me inmoviliza más que su fuerza. Él arranca un pañuelo del bolsillo interior de su saco, improvisa un vendaje y lo ata con firmeza. Cada nudo es brusco, nada delicado, pero el contacto me quema como si de verdad se metiera bajo mi piel. Cuando termina, levanta mi mano vendada y la mira como si me hubiera marcado otra vez. Sonríe con esa arrogancia que me revuelve el estómago. —Listo. Ahora no tienes excusa para hacerte la frágil. Te mantengo entera porque me perteneces… y yo decido cuándo se rompe lo mío. Me aprieta la muñeca vendada como si fuera una cadena invisible. Su mirada no se aparta de la mía. —Ya me harté de tener que perseguirte por toda la maldita casa, Allison —gruñe, cada palabra cargada de furia contenida. Su tono me atraviesa, pero yo no pienso darle el gusto de verme sometida. Levanto el mentón, aún con el pulso temblándome, y escupo las palabras con todo el sarcasmo que me queda. —Entonces déjame ir de una puta vez, cabron… ¿o necesitas que te lo escriba en la frente para entenderlo? La sonrisa que aparece en su boca me hiela la sangre. Esa maldita curva arrogante que me dice que acabo de encenderle un fuego que no debería haber tocado. Él no responde enseguida. Me observa como un cazador que decide si mata a la presa en ese segundo… o se divierte un poco más. Sus labios se estrellan contra los míos sin aviso y me muerde, arrancándome un jadeo. —Te lo advertí… —masculla con esa maldita soberbia pegado a mi boca—. No quería volver a escuchar esas vulgaridades de ti. Abro la boca para soltarle un insulto, para escupirle en la cara, pero no me deja. Su lengua invade la mía con fuerza, robándome la voz, robándome el aire. Siento el calor subir por mi piel, un gemido traidor se me escapa y me odio por ello. Intento resistir, pero mi cuerpo me falla. Tiemblo bajo su contacto, cada fibra mía arde como si lo hubiera estado esperando. No lo quiero. No lo quiero. Y sin embargo… Cuando al fin me suelta, respiro entrecortada, el corazón reventándome el pecho. Me llevo la mano a los labios aún húmedos, temblando. No lo entiendo. No entiendo nada. A él lo odio… ¿entonces por qué me siento así? ¿Por qué me duele más lo que provoca en mí que todo lo demás?
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD