SALVATORE.
Ya me cansé de este maldito juego. El gato y el ratón… o en este caso, la conejita y el lobo hambriento. Y, por supuesto, ella sigue sin entender quién es quién en esta historia.
El cristal hecho añicos, el marco arañado. Mis ojos se clavan en la fotografía y un fuego frío me sube por la garganta. Margareth. Joder.
Ese retrato vale más que la vida de muchos hombres que he enterrado, no por lo que muestra, sino por lo que me recuerda: confiar en alguien que no seas tú mismo es un maldito error. Un error que no pienso repetir.
Y luego está Allison… con la mano ensangrentada, temblando, tan testaruda que hasta lastimarse parece parte de su rebeldía. No sé qué me enerva más: la sangre goteando de sus dedos o verla al lado de lo que me queda de ese recuerdo.
Frunzo el ceño. Ya basta de correr detrás de ella por la casa como si fuera un juego. Ya basta de que me muerda, me insulte, me provoque. Si no entiende con palabras, entenderá con marcas.
La amarraré en mi habitación. La mía. Donde nada ni nadie puede tocarla. Donde su cuerpo recordará cada segundo que es mío.
Porque si ella insiste en ser la conejita, entonces tendrá que aprender que yo no soy cualquier lobo. Soy el que se cansa de esperar, el que muerde hasta dejar cicatriz. Y esta vez, esa marca llevará mi nombre.
La agarro sin darle espacio a nada. Mis manos se clavan en su cuerpo y la alzo como si no pesara, cargándola sobre mi hombro. Patalea, golpea mi espalda con los puños, me escupe insultos que suenan más grandes en su boca de lo que realmente son. Cree que me hiere con palabras… pero lo único que consigue es darme más razones para marcarla.
Camino por el pasillo con paso firme, y mientras su cuerpo se sacude contra el mío, dejo que mi mano se pose en sus glúteos. Aprieto primero, reclamando lo que es mío, y luego hundo los dientes en su carne. Fuerte. Preciso. Como muerde el lobo a la presa que no se escapa.
Ella gime. No de dolor… no, su sonido es otro, uno que se me mete directo en la entrepierna y me incendia. El placer la traiciona, y yo lo sé. Y me río, bajo, contra su piel.
—¿Lo sientes, conejita? —susurro con el tono más áspero y posesivo que tengo—. Esa mordida no se borra. Es mía. Igual que tú. Y no me importa cuántas veces intentes huir o insultarme… siempre vas a terminar gimiendo por mí.
Avanzo sin pausa, tramando cada movimiento, cada segundo de lo que viene. Ya no hay juego. No hay paciencia. Solo está ella, colgada de mi hombro, aprendiendo a la fuerza que lo que marco… lo reclamo.
La llevo directo a mi habitación y la arrojo sobre la cama sin miramientos. Rebota contra las sábanas, su cuerpo pequeño tratando de rehacerse mientras yo me subo encima de ella, inmovilizándola con mi peso. Su respiración está agitada, sus ojos brillan de miedo y rabia cuando me escupe:
—¿Qué es lo que quieres hacerme?
Solo sonrío de lado, saboreando su ignorancia. Me inclino hacia el cajón de la mesilla y saco una cuerda gruesa, curtida de uso. No es la primera vez que la empleo, pero con ella… todo se siente distinto.
—Vas a descubrirlo pronto, conejita.
Intento sujetar su mano derecha. Se revuelve, patalea, pero ni siquiera es un desafío real. La amarro con facilidad, el nudo firme, inquebrantable. Cuando voy por la otra, se me escapa un instante, lo suficiente para que me clave las uñas en el rostro. El ardor de la herida se mezcla con la sangre caliente bajándome por la piel.
Mierda. La muy salvaje se atreve a marcarme.
Le agarro la muñeca con rabia y la estampo contra la cama, amarrándola con más fuerza que la anterior. El nudo queda apretado, cruel, casi tanto como mi sonrisa.
—Parece que aún no sabes comportarte, pequeña salvaje —le gruño, limpiándome la sangre con el dorso del brazo, manchándome más, sin importarme—. Cada marca tuya en mi piel…te la voy a devolver multiplicada.
Me detengo un segundo, solo para contemplarla. Sus brazos abiertos, sometida, atada, respirando fuerte mientras me desafía con la mirada. Y yo disfruto como un maldito con el contraste: su furia, su impotencia, su fragilidad… toda mía
La cuerda cruje bajo la tensión cuando le ato también ambas piernas y ella se retuerce, inútilmente. Es entonces cuando me tomo el lujo de observarla con calma… de devorarla con los ojos.
Sus ojos azules me miran como dagas, llenos de odio, pero en ellos hay un brillo distinto… un resplandor que sé que tarde o temprano se transformará en rendición. Azules como el hielo, pero yo seré el fuego que los derrita.
Esos labios carnosos… jodidamente provocativos incluso cuando me escupen insultos. Están hechos para morderlos, para romperlos en gemidos, para saborearlos hasta que grite mi nombre como un rezo blasfemo.
Su pecho se arquea cada vez que intenta zafarse, y el maldito nudo de las cuerdas lo realza aún más. Sus senos se levantan firmes, perfectos, invitándome a reclamarlos con mis manos, con mis dientes.
Y esas piernas… abiertas por la posición en la que la someto, tensas, con la cantidad exacta de músculo que las hace irresistibles. No son las piernas delicadas de una muñeca inútil, no… son fuertes, hermosas, listas para apretarse alrededor de mí cuando llegue el momento.
Maldita sea. La visión de ella así, sometida y a mi merced, es la definición misma del pecado, y no pienso arrepentirme.
Sus gritos retumban en las paredes mientras yo cierro la puerta tras de mí.
-¡Suéltame, maldito enfermo!- su voz se quiebra, pero a mí solo me arranca una sonrisa de lado.
Camino por el pasillo hasta mi despensa personal, mi santuario de herramientas. No es la primera vez que marco lo que me pertenece, pero esta vez es diferente. Esta no es una amante desechable para dejar algo temporal. Esta es ella.
Reviso las estanterías y escojo lo necesario para tatuar: agujas, tinta, vendas. Todo lo que se requiere para grabar mi nombre en su piel, justo en el vientre… allí donde ningún hombre podrá siquiera imaginar tocarla sin encontrarse primero conmigo.
Tomo también algo para amortiguar el dolor, pero solo lo justo. No pienso concederle un alivio completo. El sufrimiento es parte de la ceremonia. El dolor será el recordatorio imborrable de que me pertenece, de que no importa cuánto corra, cuánto maldiga, siempre volverá a mí marcada, señalada, sometida.
Para mí, no hay mayor muestra de sumisión que verla temblar bajo mi control, soportando la aguja, sabiendo que cada punzada la ata más fuerte a mí. Ese dolor… ese sacrificio involuntario, es lo que me llena de orgullo. Porque en cada línea que trace, ella dejará de ser libre para convertirse en lo que siempre debió ser: mi posesión más querida.
Me limpio la sangre seca del arañazo que me dejó en la cara y sonrío con satisfacción. Si creyó que eso era rebeldía, pronto entenderá lo que significa desafiar a un hombre como yo.
Regreso con paso firme. La aguja lista. La tinta preparada. Y una sola certeza ardiendo en mi pecho: cuando termine, no habrá un solo rincón de ella que no grite mi nombre.