CAPÍTULO CUATRO

1550 Words
ALLISON. Me despierto mareada, con la cabeza pesada y la piel pegajosa. Por un momento no entiendo dónde estoy, todo me resulta ajeno, extraño… hasta que mis ojos reconocen el techo bajo, las paredes demasiado cercanas y ese armario que siempre chirría cuando lo abro. Es mi habitación. El espacio es reducido, casi sofocante, y sin embargo, una sensación de alivio me envuelve. Estoy en casa. Estoy a salvo. Por un segundo me convenzo de que todo lo demás fue un sueño. Una pesadilla absurda que se diluirá en cuanto me levante de la cama. Pero entonces siento esa punzada aguda entre mis piernas, tan real que me corta el aliento. No, no fue un sueño. Un golpecito suave en la puerta me saca de mis pensamientos. —¿Estás bien? —la voz de mi mamá suena insegura, como si temiera la respuesta—. ¿Puedo pasar? Me quedo callada unos instantes, mirando el techo, deseando desaparecer. No quiero que me vea así, no quiero que note lo que me pasa. Pero tampoco quiero estar sola. —Sí, mamá… —respondo al fin, apenas un murmullo que me raspa la garganta. Escucho el sonido de la manija girando despacio, y mi corazón se acelera. La puerta se abre y mamá entra con pasos suaves, como si temiera romperme con el ruido. Se acerca a la cama y sin decir nada se sienta pegadita a mí, su calor me envuelve antes de que pueda reaccionar. Inclina el rostro y siento un beso tierno en mi cabeza. —¿Está pasándole algo malo a mi niña? —pregunta con dulzura, y ese tono casi me hace quebrarme. Trago saliva, obligándome a disimular. —Estoy bien, mamá… —miento, aunque mi voz suena tan rota que me sorprende que me crea. Ella me acaricia el cabello, como cuando era pequeña. —¿Cómo llegué aquí anoche? —pregunto, con un nudo en la garganta. —Un hombre te trajo. Nunca lo había visto antes —responde tranquila, sin notar el espasmo que me recorre el cuerpo—. Dijo que te habías pasado de tragos y quiso asegurarse de que llegaras sana y salva. Fue un gesto noble, se lo agradecí. El aire se me congela en los pulmones. Él. La imagen de sus ojos grises, de su voz grave ordenándome, me golpea como una bofetada. Me remuevo bajo las sábanas, temblando, deseando que mi madre no vea nada de lo que siento. —¿Hay algún problema en tu trabajo, Allison? —pregunta con esa preocupación que nunca sabe ocultar. Cierro los ojos con fuerza. La cara de mi jefe se me viene encima: sus manos, la presión de sus dedos obligándome a beber, el polvo disolviéndose en el líquido, su voz maldiciéndome porque casi arruinaba todo. Aprieto los puños bajo las cobijas. —No te preocupes, mamá, solo fue un inconveniente anoche, nada grave… —miento con una sonrisa débil, acariciando su mano—. Todo está bien, te lo juro. La verdad es otra, pero no puedo decirla. No voy a ser yo quien altere su frágil corazón con algo que ni yo misma termino de procesar. Ella asiente, confiada, y me besa la frente con dulzura. Esa simple muestra de amor me quiebra por dentro. Cuando cierro la puerta del baño tras de mí, me dejo caer contra el azulejo frío. Necesito respirar, olvidar… pero no puedo. El agua de la ducha golpea mi piel, arrastrando el sudor y el olor a ceniza que todavía me persigue de esa maldita noche. Cierro los ojos y, como una maldición, su rostro aparece en mi mente. Su voz. Sus malditas manos. Siento un nudo en el estómago, una rabia que me quema las entrañas. Ese infeliz me arrebató algo que ni siquiera sabía que podía perder: mi control, mi inocencia, mi propia voluntad. Jugó con mi cuerpo, con mis reacciones, con ese fuego inexplicable que despertó en mí. Me abrazo a mí misma bajo el agua, como si pudiera arrancar la sensación de sus dedos, de su boca. Pero es inútil. Porque lo más cruel no es lo que hizo… Lo más cruel es que en medio del asco, del odio, todavía siento el eco de esa maldita sensación. Un descubrimiento que jamás pedí y que me avergüenza aceptar. Aprieto los dientes. No, no voy a permitir que ese cabrón tenga poder sobre mí. No voy a dejar que la sombra del tal Salvatore se meta en mi cama, en mi cabeza, en mi piel. —Maldito infeliz… —susurro con rabia, apretando los puños—. Algún día vas a pagar por lo que hiciste. El agua sigue corriendo, pero yo ya no me siento limpia. Salgo de la ducha con el cuerpo aún temblando, no sé si de frío o de la rabia que me atraviesa como un cuchillo. Me visto con lo primero que encuentro: unos jeans ajustados y una blusa sencilla. Nada llamativo, nada que pueda dar la impresión equivocada. Me miro en el espejo, me recojo el cabello húmedo en una coleta improvisada y respiro hondo. Necesito respuestas. Por años, soporté ese trabajo asqueroso porque sabía que, al menos conmigo, mi jefe mantenía una línea de respeto. “Eres como una hija para mí”, me dijo más de una vez, jurando que jamás me obligaría a vender mi cuerpo como lo hacían las demás. Y yo le creí. Pero anoche me arrastró, me entregó como si fuera un objeto, como si mis palabras, mis límites, no significaran nada. Y eso… eso no puedo perdonarlo. Tomo mi bolso y salgo de casa con paso firme, aunque las piernas me tiemblan por dentro. Cada paso me repite lo mismo: necesito mirarlo a los ojos y que me diga por qué. Que me diga qué cambió. Que me explique por qué me vendió como si fuera una puta más cuando me juró que jamás lo haría. No sé qué voy a hacer después de escucharlo, pero lo que sí sé es que no puedo seguir guardando esta rabia que me carcome. Camino con pasos rápidos, la rabia todavía hirviendo en mi pecho. Me repito una y otra vez que necesito respuestas, que no voy a dejar que ese cabrón de mi jefe me trate como mercancía. Pero a medida que avanzo, algo raro me inquieta. El aire huele distinto. A humo. A ceniza fresca. Doblo la esquina y lo veo. Una multitud se arremolina a mitad de la calle, los murmullos se mezclan con sollozos. El reflejo azul y rojo de las sirenas tiñe los muros como si fueran heridas abiertas. Una patrulla bloquea el paso y, más atrás, el camión de bomberos todavía echa humo por la manguera enrollada. El corazón me da un salto tan brutal que casi me corta el aire. No pienso. Corro. Empujo cuerpos, ignoro gritos, me abro paso como una fiera enjaulada. Entonces el olor me golpea. No es solo humo. Es carne chamuscada. Hierro oxidado mezclado con cenizas. Muerte. Mis ojos buscan entre el caos y ahí está: lo que queda del bar. Una montaña de ruinas carbonizadas, vigas retorcidas como huesos rotos, botellas fundidas que parecen lágrimas negras en el suelo. Los locales vecinos también están en ruinas, devorados por el mismo infierno. Una mujer grita, se arranca de los brazos de un oficial, el cabello pegado a su rostro por el sudor. —¡Lo sapevo! —clama en italiano, con la voz desgarrada—. Quel demonio! Después cambia al español, más bajo, más tembloroso, como si su garganta no pudiera con tanto miedo: —Ese demonio solo podía traer el infierno hasta aquí… El policía la agarra del brazo y le pregunta de quién habla. Ella lo mira con ojos desorbitados, las palabras se le quiebran en los labios. —IL Capo… IL Capo Giordano. El silencio cae sobre la multitud como una losa. Ni siquiera los bomberos se atreven a mover un pie. Sigo avanzando, sin escuchar ya nada. Y entonces lo veo. Mi jefe. Su cuerpo cuelga del letrero de neón medio derretido, justo encima de lo que fue la entrada del burdel. La piel está cubierta de cortes, puñaladas tantas que parecen mapas imposibles de seguir. La sangre se secó en charcos oscuros sobre su ropa hecha jirones. La cabeza pende hacia un lado, grotesca, irreconocible para cualquiera… menos para mí. Pero no son las heridas lo que me paraliza. Es el mensaje. Un letrero cosido en su pecho con hilo grueso, atravesando carne viva. Letras torcidas, crueles, hechas a propósito para doler: “Nadie toca lo que es mío.” El suelo me tiembla bajo los pies. Siento las piernas blandas, la garganta cerrada. No necesito pensar demasiado: esa frase no es para la policía, ni para la multitud. Es para mí. El capo me marcó. Me reclamó como si fuera un objeto. Y lo peor… es que ahora todos lo saben. Siento el peso de miradas clavándose en mi espalda, como si adivinaran el secreto, como si entendieran que esa nota, esa condena cosida en un cadáver, me pertenece. El miedo me recorre como un cuchillo helado. La rabia también. Él ya me alcanzó. No importa cuánto corra, el Capo Giordano me ha puesto una cadena invisible al cuello.
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