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Almas Destinadas

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Blurb

Alma nunca quiso dejar Mar del Plata.

Su vida estaba hecha de danza, amigas y el mar que la acompañaba en cada despedida.

Pero una mudanza inesperada la arrastra a Barcelona, donde todo parece ajeno... hasta que descubre que no puede escapar de los giros del destino.

Luca aprendió que la vida es un ring: golpes, reglas claras y un corazón blindado.

Las peleas clandestinas son su refugio, pero la llegada de una nueva familia amenaza con derribar sus muros.

Ella busca un lugar donde pertenecer.

Él lucha por no sentir.

Cuando sus mundos choquen, descubrirán que la batalla más difícil no será en el cuerpo... sino en el corazón.

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La Despedida
Alma Cuando la música empezó a apagarse, yo todavía estaba en el aire. Un giro. Un último movimiento de brazos. Y después, quietud. Cerré los ojos con el pecho subiendo y bajando, y dejé que las últimas notas se deshicieran en el salón. Durante unos segundos no existió nada más que mi respiración y el ardor familiar en los músculos. Entonces estallaron los aplausos. —¡Bravo, Alma! —¡Eso estuvo buenísimo! —¡Otra, otra! Me reí, todavía agitada. —Ya está, chicas. Si sigo, mañana no camino. Me rodearon entre risas y abrazos, con olor a sudor y a desodorante barato, y en medio del lío alguien me revolvió el pelo. —Te vamos a extrañar un montón. —Yo también. —Cuando seas famosa en Barcelona, no te olvides de nosotras. Puse los ojos en blanco. —Sí, claro. Apenas llegue voy a decir: «¿Cómo andarán mis compañeras de danza?». —¡Mirá que te conocemos! —Bueno, bueno. Les mando fotos. —Eso dijiste la última vez que te fuiste de vacaciones. —Y mandé una. —Una foto de tus pies. Todas estallaron de risa, y yo con ellas. Por un rato conseguí olvidarme de que era mi último día. Después se acercó la profesora, la misma que me había visto crecer entre esos espejos, y me abrazó fuerte. —Esta sala no va a ser lo mismo sin vos. —No exageres. —No exagero. ¿Quién va a quejarse cuando lleguemos a las últimas series? —Contratá a otra quejona. —No. Vos sos irreemplazable. Apoyé la cabeza en su hombro un segundo más de lo necesario. —Voy a venir a visitarlas cuando pueda. —Prometido. —Prometido. Luciana, una de las chicas que me había llevado a conocer el mundo del heels, se acercó lentamente, con los ojos llenos de lágrimas y un paquete envuelto muy prolijamente con un moño de raso rojo. Me lo extendió y lo tomé entre mis manos. Llené mis pulmones de aire y pasé la mirada por todas, como gesto de agradecimiento, con una sonrisa forzada: no quería llorar más. Empecé a abrirlo y vi un cuadro de madera clara con una imagen que me pegó en el estómago más fuerte de lo que creí que podía pegarme. Era una foto del grupo, sacada una tarde después de ensayar cuatro horas seguidas antes de una competencia. Reflejaba el cansancio y los dolores de ese día, pero también la felicidad que teníamos todas. Lo apreté contra mi pecho. —Gracias —dije, y fue lo único que pude decir. Alguien gritó «¡abrazo grupal!» y eso me devolvió el alma al cuerpo. Sabía que en unas horas estaría del otro lado del océano, pero también que acá, en mi ciudad, me quedaban amigas que iban a estar para mí dondequiera que yo estuviera. Laura, que lloraba como si estuviera en un funeral porque era la más sensible de todas, dijo con voz angustiada: —Alma, no salgas del grupo de w******p, para que sepas que acá siempre te vamos a estar esperando para bailar otra vez. Solo pude asentir con una sonrisa; ya no me salían las palabras. Si algo había aprendido era que este grupo era como una familia. No era competitivo como la escuela de clásico a la que había ido todos los días desde los cuatro años, ni como las clases de contemporáneo. Éramos compañeras que bailaban sin egos, sin burlas despectivas, sin críticas hirientes. Cada una tenía una historia, y frente a los espejos de este salón solo veníamos a contarlas con el cuerpo, porque eran tan fuertes que no podíamos ponerlas en palabras, solo bailarlas. Junté mi bolso, la botella de agua y la campera que había dejado tirada en un rincón. Antes de salir miré el salón por última vez: los espejos empañados, el piso gastado justo donde apoyaba el pie de giro, las luces que zumbaban un poquito. Ahí había llegado furiosa después de una discusión y había bailado hasta quedarme sin fuerzas. Ahí una profesora me dijo que dejara de pensar tanto y escuchara la música. Ahí, más de una vez, mi cuerpo dijo lo que yo no sabía decir. Este lugar había sido mi refugio cuando mi mundo interno se desmoronaba. Esos espejos fueron testigos de mi ira, de mi tristeza, de mi rabia y, sobre todo, de mis miedos, y de aquella preadolescente a la que le arrebataron la inocencia y la convirtieron en la mujer que soy ahora. Salí. Cerré la puerta despacio. Di unos pasos por el pasillo y me frené. Miré hacia atrás. Sentí el nudo subiéndome por la garganta. No quería empezar de nuevo. No quería una ciudad que apenas conocía, ni una casa que no era mía, ni una vida que no había pedido. Y menos que otros hubieran decidido por mí cómo iba a ser. —Bueno, Alma —murmuré—. Acá no vas a llorar de nuevo. Y me fui. * * * El aire del mar me golpeó la cara apenas llegué a la costa. Me saqué las zapatillas y caminé por la arena húmeda con una en cada mano. La arena estaba fría, y el agua me mordía los tobillos cada vez que me acercaba. Fui a esa playa cientos de veces: cuando necesitaba pensar, cuando estaba furiosa, cuando algo me dolía, cuando solo quería estar sola y necesitaba callar las voces de mi cabeza. El mar nunca me pidió explicaciones. Podía caminar horas mientras las olas acomodaban un poco el caos que tenía adentro. Ese día no funcionaba. Miré el horizonte. Mar del Plata, "la feliz". Mi lugar. La ciudad donde había armado mis rutinas, mis amistades, mis recuerdos, donde conocía cada calle y cada rincón al que escaparme. Y ahora tenía que dejarlo todo, no por un proyecto mío ni por algo que hubiera elegido, sino porque mi mamá se había enamorado de Adrián, un hombre que vivía del otro lado del océano, se había casado hacía menos de dos meses en uno de sus viajes, y yo venía incluida en el paquete. Le pegué una patada al agua. —Genial. No quería culparla a ella. Tampoco a Adrián. Pero no iba a fingir que me parecía justo. Me senté cerca de la orilla y dejé que el agua me mojara los pies. Siempre me pregunté si las personas llegan a nuestra vida por casualidad o si ya estaban destinadas a encontrarnos. Durante mucho tiempo creí que perder lo que amábamos era lo peor que podía pasarnos. Sentada frente al mar, todavía lo creía. Quizás Barcelona me sorprendiera, pero todavía no estaba lista para admitirlo. Una cosa era saber que me iba, y otra muy distinta era querer hacerlo. Las palabras que mi padre me había dicho la noche anterior por videollamada me retumbaban en la cabeza. Héctor, terapeuta holístico, andaba siempre por el mundo dando charlas, terapias alternativas y retiros para "sanar a nuestros antepasados", con mi madrastra Carina, una médium muy reconocida, y con mi hermano menor, Felipe, pegados a él. «Convertí en tu hogar cualquier lugar en el que estés y así no vas a extrañar lo que fue», me había dicho. Tal vez para él funcionaba porque vivía viajando durante meses enteros, pero yo nunca había salido de esta ciudad por más de una semana. Cuando me levanté, con el pantalón lleno de arena, miré el mar una vez más. Mientras veía deshacerse ante mí la última ola, noté una caracola de un color tamizado entre rosa y blanco, incrustada en la arena junto a los dedos de mi pie. Me agaché, la tomé entre mis manos, la apreté con fuerza contra mi pecho y volví a mirar el mar. Sentí que él también se despedía de mí. La guardé en mi bolso de danza para llevármela como recuerdo. —Nos vemos. No supe si se lo dije al lugar o a mí misma. * * * Cuando llegué a casa, el sol ya bajaba. Dejé las zapatillas en la entrada y fui hasta el estudio de mi mamá. Elena estaba de espaldas, acomodando cosas en una caja. Elena Gómez, artista plástica, me había llevado toda la vida a ferias, exposiciones y actividades artísticas que ella llamaba "respirar vida". Ahora, entre cuadros apoyados contra la pared, carpetas abiertas sobre el escritorio y objetos envueltos en papel de diario, también ella se estaba despidiendo, y eso hizo que todo se sintiera más real. Me quedé mirándola desde la puerta. —¿Alma? —dijo sin darse vuelta—. ¿Ya volviste? —Sí. —¿Cómo te fue? —Bien. —¿Te despediste de todas? —Sí. —Sonreí—. Creo que lloraron más ellas que yo. Se rio bajito. —Me imagino. Miré las cajas. —¿Terminando? —Casi. Me quedan cosas del estudio. Guardó una carpeta. Yo seguí en la puerta. —¿Te da pena dejarlo? Se quedó quieta. Miró alrededor, las paredes manchadas de pintura, la ventana por la que entraba la luz de la tarde. —Sí —dijo. Y después de unos segundos—: Pero a veces una tiene que cerrar una puerta para ver qué hay del otro lado. Bajé la mirada. —Bueno... yo todavía no quiero cerrar ninguna. Me miró con esa ternura suya, que a veces me desarma. —Lo sé. No intentó convencerme. Y eso, no sé por qué, me hizo sentir un poco mejor. —¿Ya acomodaste tus cosas? —Me falta cerrar el bolso, pero está todo. —Entonces tratá de descansar esta noche. Salimos de madrugada. —Está bien. Fue hasta el armario, abrió una puerta y sacó una caja alargada. —Ah, antes de que te vayas... Me la tendió. Fruncí el ceño. —¿Qué es? —Abrilo. Levanté la tapa. Adentro había un mate nuevo, una bombilla y un termo chiquito, todo acomodado con un cuidado que me apretó el pecho. —Mamá... —Sé que vas a decir que podés comprar uno allá. —No iba a decir eso. —Mentira. —Bueno, un poquito. Se rio. —Pero no tendría el mismo grabado. Nos reímos juntas un rato. No sabía si era por el mate, por el grabado o porque mi alma necesitaba reírse un poco después de tanta angustia. —Además, Adrián encontró un lugar donde venden yerba mate argentina. Abrí los ojos. —¿En Barcelona? —Sí. —¿Yerba de verdad? —Eso dijo. —¿Y cómo sabe él? —Preguntó. Sostuve el mate entre las manos. Era n***o, con un grabado dorado que decía «Mar del Plata» de un lado y, del otro, la silueta de una bailarina haciendo un arabesque perfecto con mi nombre debajo. Lo leí una, dos, tres veces, y las palabras sonaban como si me estuviera llamando a mí misma. Todavía tenía olor a nuevo. Por primera vez en todo el día, la sonrisa me salió de verdad. —Bueno... quizás sobreviva. Mi mamá soltó una carcajada. —Sabía que eso te iba a convencer. Era una tontería. Un objeto. Pero de golpe me pareció importante. No podía llevarme Mar del Plata entera. No podía meter el mar en una valija, ni la sala de baile, ni a mis amigas, ni todas esas tardes caminando por la costa. Pero podía llevarme algo que me recordara quién era. —Gracias. Se acercó y me abrazó. Cerré los ojos. Esta vez no intenté tragarme el nudo. * * * Más tarde, cuando cerré la puerta de mi habitación, dejé el mate sobre la mesa de luz y guardé el regalo de mis compañeras. El bolso estaba listo. Todo preparado. Me senté en la cama, saqué la caracola que había juntado esa tarde y la miré un rato largo. En unas horas iba a estar en un avión. En unas horas iba a dejar Mar del Plata. En unas horas empezaría una vida que todavía no sentía mía. La apreté entre las manos. Sonreí apenas. —Bueno, Barcelona —suspiré—. Más te vale tener yerba mate. Todavía no sabía que, del otro lado del océano, me esperaba alguien que iba a ponerlo todo patas arriba. Y que, al principio, solo iba a ser un odioso.

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