Félix condujo por al menos una hora, yendo a una velocidad tranquila, deteniéndose en todos los semáforos en rojos, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Me mantuvo en el asiento del copiloto, el arma apuntándome en todo momento y tuve que admirar el don de conducir tanto tiempo con una sola mano. Había dejado de llorar hacía unos minutos, pero las lágrimas seguían cayendo por mis mejillas. Sentía que mi vida estaba acabada, quería aferrarme a la esperanza, al teléfono celular que aun mantenía entre mis pechos, a que lograría llamar a mi esposo y hacer que viniera por mí, pero las probabilidades eran pocas. Félix no despegaba sus ojos de los míos, me miraba como si quisiera hacerme suya, y el hecho de que no estuviera vendada o en la cajuela, me indicaba que a donde fuera que me est

