7- Estrellas

2147 Words
La persecución había acabado cuando tropecé con una baldosa floja y fui a caer de rodillas al suelo. En vez de ayudarme, Theo se dobló de risa en el suelo. Lily salió corriendo a ponerme en pie, haciendo mala cara al ver el estado de mis rodillas (pues me salía sangre, no era para menos). La dueña del lugar le echó la culpa al muchacho y le obligó a que me llevara en la camioneta. Como éste se negó, mufándose porque no era su culpa, Sebastian tuvo que hacerse cargo de la situación.   Era plenamente de las miradillas que me lanzaba Theo por el espejo retrovisor, pero me negaba a hacer contacto visual con aquel bastardo pervertido. Sebastian, al volante, nos trataba como si fuéramos dos niños:   -Ya dejen de pelear -decía-. Sólo no vuelvan a perseguirse así.   -No es mi culpa que sea una bruta -respondió el imbécil.   Me mordí el labio inferior con fuerza, para no replicar cada. No quería parecer una tonta frente a Sebastian, pero sentía realmente frustrada. No sólo por la caída, sino también por el huevo ¡y por el beso! ¿Quién se creía...? ¡No tenía ningún derecho a hacer semejante cosa!   Calma, Cassandra, fue sólo un insignificante e infantil beso. No es como si fuera la gran cosa. ¡Ni siquiera va a mencionarlo!   -Sebs, Cassie me besó -soltó de pronto el muchacho.   Abrí los ojos como platos y miré hacia el espejo retrovisor. Theo sonreía maliciosamente mientras el pelirosado se aclaraba la garganta, visiblemente incómodo.   -Eso no es verdad -respondí, con toda la tranquilidad que pude-. Yo no te he besado, tú me has besado. Y ni siquiera cuenta como beso.   -Pero te ha gustado, ¿verdad? -sonrió-. Te has puesto toda roja, ¿es eso un sí?   -¡ES UN ROTUNDO NO! -exclamé, furiosa.   Me ardían las rodillas y la cara, ¿¡cómo podía decirlo tan a la ligera frente a su amigo!? Quien, obviamente, le contaría al resto... Aunque no es que me importara realmente, no los conocía... Bueno, Victor... ¡Aish! ¡Ese imbécil de Theo Yu arruinaba mi vida!   -Deberían arreglarlo a solas, ¿no creen?-se interpuso Sebastian.   -Nada que arreglar -dije y, antes de que el castaño pudiese añadir algo más, ya habíamos llegado-. Gracias por traernos, Sebastian.   -No hay de qué, ¡limpia esas heridas! -exclamó sacando la cabeza por la ventanilla, cuando yo ya había bajado.   -¡Lo haré! -exclamé, apresurándome por llegar a mi porche.   Por fin podría ir a casa, mirar una película, llorar un poco por el examen que había pifiado aquel día, y... Y...   Y la llave no estaba en el buzón. Mi llave no se encontraba en mi escondite secreto.   -¿Buscas esto? -tentó una voz muy cerca de mi oído.   Sentir el aliento cálido más el tono grave y ronco de su voz hizo que me pusiera la piel de gallina al instante.   Me di la vuelta y Theo se alejó un poco para que vea que, en su manota, sostenía mi llave.   -Dámela -ordene.   -No lo haré.   -¿Por qué no? ¡Dame la maldita llave!   -Ah-ah.   -¡T...! ¿Sabes qué? Quédatela; diré que la perdí.   Estaba a punto de tocar el timbre, cuando tomó mi muñeca para impedírmelo.   -¿Y ahora qué quieres? -gruñí.   -Ven a casa -murmuró, sus ojos sonreían-. Curaré tus heridas.   Curaré tus heridas.   Aquellas palabras se repitieron una y otra vez en mi cabeza, como si no pudiera terminar de procesarlas.   ¡Los raspones, tonta! ¡Habla de los raspones!   -Gracias, pero no gracias -me volví hacia la puerta pero no pude moverme.   No pude moverme porque el muchacho me había abrazado por detrás, con tal fuerza, apretándome contra su pecho; que me dejó completamente inmovilizada. Había descansado su barbilla sobre mi coronilla y sus brazos rodeaban los míos. Agradecí al cielo el no sentir nada indebido pegado a mi espalda.   -Por favor, ven a casa -dijo.   Mierda, ¿por qué sonaba como un niño desamparado? ¡Tenía veinte años, no podía ceder ante sus encantos infantiles!   -Suéltame, Theo -ordené.   -Si no vienes te cargaré... Y sabes que lo haré.   -Si me cargas te patearé el trasero y... lo haré de todas formas algún día.   -Por favoooor Cassiiiiiieeeee.   Comencé a removerme y a patalear, incómoda. Aunque el muy imbécil no me soltaba.   -¡Ya déjalo, maldición!-exclamé, cansada-. ¡Déjame! ¡Déjame! ¡THEO YU TE DIGO QUE ME...!   El muchacho me dio un rápido y sonoro beso en la mejilla, que me quedó de piedra.   Lo hizo otra vez, mierda.   -Vaya -se sonrió-. Qué fácil es hacerte callar. Podría besarte todo el día, ¿no crees?   A medida que sentía como mis mejillas comenzaban a arder, no supe si de vergüenza o furia, el muchacho me soltó y se agachó a la altura de mis caderas. En un abrir y cerrar de ojos me llevaba como a una bolsa de papas sobre su hombro, directo hacia su casa.   Comencé a patalear, inútilmente.   -Si sigues haciendo eso -amenazó-. Tendré que besar tu trasero porque es lo que tengo más cerca.   Me quedé quieta, sollozando en silencio.   -Te odio -dije.   -No me odias.   Ni bien entró a su casa pateando la puerta (¿es que no la cerraba con llave el muy inconsciente?) caminó hasta las escaleras. Subió los escalones lentamente, conmigo a cuestas. Por alguna razón, todo de cabeza se veía el doble de extraño. Por fin entró en su habitación y me dio vuelta para sentarme en la cama. Solté un quejido ante tal voltereta, pero no me dije nada.   -Voy a buscar el botiquín, ¡no vayas a saltar por la ventana!-exclamó, dejándome sola.   ¿Realmente pensaba que era capaz de saltar por la ventana y romperme, como mínimo, todas las costillas?   Eché un buen repaso por la habitación: las paredes eran blancas, aunque el muchacho había comenzado a escribir palabras y canciones. Había un escritorio sencillo, con un par de fotos de él y su familia; una cama de dos plazas con sábanas blancas y edredones del mismo color y una biblioteca llena de libros. Me acerqué a su ventana y descorrí las cortinas. Descubrí la ventana de mi habitación del otro lado, y me sorprendí de verla desde aquel ángulo. Serían eso de las seis de la tarde, pues el sol ya se estaba poniendo.   -Siéntate -ordenó, dejando el botiquín en el suelo.   Acepté sin chistar y dejé que trae tratara mis heridas. Primero bajo las medias que llevaba hasta las rodillas a los tobillos, produciéndome un cosquilleo interno muy confuso. Luego mojó un par de algodones en alcohol y me limpió la herida. Me mordí el labio por no chillar y el muchacho comenzó a soplar en las heridas, aminorando el ardor.   Me quedé mirándolo, embobada ante la tranquilidad de su rostro y lo cuidadoso que era al limpiar la sangre ya reseca de los raspones. Parecía... un adulto, increíble.   Terminó vendando mis rodillas y luego me observó con una sonrisa de oreja a oreja.   -Listo, no fue tan terrible-dijo.   -No fuiste tú el que tuvo que pasar por el alcohol en la herida-me quejé.   -No seas chillona-me pellizcó con fuerza una mejilla y yo arrugué la nariz-. ¡Uf! Eres tan como un mochi.   -¿Acostumbras comparar a la gente con comida?   Se rio y volvió a juguetear con mi rostro, ésta vez pellizcando las dos mejillas con ambas manos.   Lo corrí de un manotazo.   -¡Deja de tratarme como a una niña!   -Eres una niña -se burló.   Fruncí el ceño, molesta. De repente... me quería ir. Quería marcharme, no quería verlo más. Quería irme y volver a mi aburrida, aunque pacífica, vida de niña. Me levanté de un salto   -¿Qué sucede? -inquirió con inocencia.   -Ya has tratado mis heridas, ahora debo marcharme a casa. Mis padres estarán...-buau, ahora sí que sonaba como una niña-... preguntándose por mí.   -Está bien, pero espera -se paró y levantó un dedo para que no me moviera-. Quiero mostrarte algo.   -Si es otro huevo, no respondo a lo que...   Theo cerró la puerta de su habitación y apagó la luz. La poca luz que entraba de la ventana resultaba escasa para iluminar toda la habitación.   Antes de que pudiera siquiera preguntar qué hacía, el muchacho me levantó por la cintura cual si fuera una pluma y me depositó en su cama. Mi ritmo cardíaco se aceleró, sintiendo el cuerpo del muchacho sobre mío, pese a que no se tocaran.   -¿Qué estás haciendo? -inquirí, con la voz un tanto temblorosa.   -Te mostraré las estrellas -ronroneó, y casi me desmayo allí mismo.   ¿Si gritaba lo suficientemente fuerte por ayuda mis padres me oirían? Tendría que gritar muy fuerte, pero suponía que lo harían...   Theo se recostó a mi lado y estiró un brazo hacia la cabecera de la cama.   Con un click toda la habitación se iluminó.   -Buau... -solté, como un jadeo, de la impresión.   El muchacho había pegado al techo muchas, muchísimas, tiras de lucecitas blancas navideñas. Estas parpadeaban y se apagaban, para luego volver a prenderse; sin ningún tipo de orden. Realmente parecían estrellas.   -¿Lo ves? Estrellas -murmuró. Oí cómo sonreía-. Mi padre solía llevarme de pesca los sábados, y antes de dormir ambos nos recostábamos en la arena a mirar las estrellas -se rio-. Ahora es turno de mis hermanos mirar las estrellas; supongo que yo ya soy demasiado grande para eso...   -No creo que uno pueda disfrutar del cielo nocturno hasta cierta edad-me burlé.   -Pero si puede disfrutar de sus padres hasta cierta edad.   Sus palabras me calaron hondo.   -¿Por qué dices eso?   -Mis padres creen que soy un inútil-estiró los brazos sobre su cabeza-. Por eso se preocupan tanto por mí y me dan tanto dinero mensual: creen que no soy capaz de cuidarme sólo-sonrió-. Por eso es que Lily se preocupa tanto porque tenga trabajo y no me escape por las noches.   -¿Te escapas por las noches?   -Solía escaparme de casa.   Me giré para ver su perfil. Su nariz recta, sus ojos grandes perdidos en las estrellas, su boca entreabierta, el cabello liso desordenado sobre su frente... Era muy guapo, realmente era guapo.   Te costó mucho admitirlo, ¿eh?   -¿Por qué te escapabas? -probé, un tanto insegura.   -Supongo que trataba de probar algo a mis padres. ¿Por qué se escapan los niños de casa?   -¿Para salir de fiesta? ¿Hacer vandalismo en las calles? -hice una pausa, pensativa-. ¿Por amor?   Theo cerró la boca de golpe, apretando la mandíbula.   -¿Amor? -repitió, con una sonrisa y un deje de ironía en la voz-. Qué estupidez.   -No seas así -bostecé-. Tal vez no has encontrado a la persona indicada aún.   -Créeme, no existe tal cosa -suspiró-. Si no, no habría tantos divorcios. No habría tantos engaños, ni tantos desenamoramientos... Dime: una persona enamorada, ¿puede dejar de amar   Pestañeé lentamente y pensé en lo dura que me caía la pregunta.   -Tal vez esa persona nunca estuvo realmente enamorada, o... O tal vez sí. No lo sé.   Theo sacudió la cabeza y se giró, apoyando la mejilla en la almohada para mirarme.   -Es bueno tener dieciséis años -sonrió.   -Hablas como un anciano.   -Soy un anciano.   -Un anciano con cara de quinceañero.   -¿Así de guapo?   Me reí y apoyé la mejilla en la almohada. Ahora estábamos cara a cara, en una cama, con las luces apagadas. Sin embargo, por algún motivo, no se me hacía incómodo o mal pensable. Es decir... sólo estábamos hablando.   -¿Y tú?-inquirió.   -¿Mmmh? -respondí, soñolienta.   -¿Te irías de casa por amor?   -Pues...   -Imagina esto: estas muy, muy enamorada de un chico que es perseguido por la poli por algo que sólo tú y él saben que es, digamos, injusto. La única forma de que estén juntos, y de que él no entre en prisión, es escapándose... ¡del país! ¿Te irías?   -¿Qué clase de preg...?   -¿¡Te irías!?   Abrí los ojos como platos, incapaz de comprender por qué aquello le entusiasmaba tanto.   -Pues no lo sé... Tal vez...   -¡Estás loca! -soltó una risotada mientras me pellizcaba la nariz.   -¡Pues se supone que eso hace el amor! Te vuelve loco.   La risa se convirtió en sonrisa, y la sonrisa se fue borrando de a poco.   -Vale la pena volverse loco por muchas cosas, y el amor no es una de ellas.   -Suenas como un resentido social.   -Soy un resentido social.   -No es gracioso.   -No me estoy riendo.   -¡Theo!   Ahora sí se rio, divertido.   Me tapé la boca para ahogar otro bostezo. El muchacho no apartaba la vista de mí. Sus ojos pasaron de los míos a mi nariz y luego a mis labios, donde se detuvieron el tiempo necesario como para que yo los mojara, nerviosa. Theo entreabrió los labios y se mordió la esquina del labio inferior. Me pregunté... qué se sentiría morder aquellos labios rojos. ¿Serían tan suaves como se verían? ¿A qué sabrían? ¿A qué sabría Theo Yu? ¿Menta? ¿Chocolate? ¿Doritos?   Cerré los ojos.   -No te vas a quedar dormida -susurró.   -No -susurré, a mi vez-. Sólo estoy descansando la vista.   -Te agota mirarme tanto, ¿no?   No pude evitar reírme. Era un completo imbécil.   Sentí su mano cerca de mi rostro, casi como si pudiera sentir el calor que ésta desprendía, y luego sentí como el muchacho apartaba los mechones de mi cabello de mi rostro. La caricia resultó tan suave y placentera que se me escapó un suspiro.   -No te duermas -insistió en susurros.   Su voz de repente estaba muy cerca.   -No...-volví a susurrar.   Su mano paso de mi cabello a mi piel, y acaricio la línea de mi mandíbula y mi pómulo pecoso.   -No quiero que te duermas, Steel -pude oír que sonreía.   Despegué los labios para hablar, pero ninguna palabra salió.   Sentí un roce de labios. Un pequeño beso húmedo, dulce y tímido.   O tal vez lo soñé. La verdad es que nunca lo supe, pues de cualquier manera me quedé dormida.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD