-¿Qué haces aquí? -inquirí, viendo como Dalia se marchaba haciendo la vista gorda.
Theo se metió las manos en los bolsillos delanteros de los jeans negros.
-He venido a recogerte -dijo, con una de sus sonrisas rectangulares.
Agaché la cabeza para no verle y que se me contagiase la sonrisa.
-No necesitaba que vinieras a recogerme, conozco muy bien el camino a casa...
-Sí, pero no vas a casa.
Ahora sí, lo miré sin entender nada.
-¿Qué?
-¡Estoy en receso de treinta minutos! ¡Vamos! -agarró la parte de arriba de mi mochila, que traía en la espalda, y comenzó a arrastrarme.
-¡Eh! ¡No! Mis padres...
-Les he dicho a tus padres que vendría por ti -dijo, sin dejar de arrastrarme-. Han dicho que no había problema.
-No te creo- ¿mi madre había olvidado por completo lo de la fiesta?
-Han dicho que lo pasáramos bien -se acercó a una camioneta negra que conocía muy bien y abrió el lado del copiloto para que pasara-. Y Lily ha dicho que si tardaba más de treinta minutos en devolver sana y salva su camioneta, tendría que lavar los baños por un mes.
Comencé a toquetearme la muñeca, incómoda. Theo tomó mi mano y levantó la manga de mi chaqueta.
-¿¡Qué haces!?-exclamé, tirando para que me soltara.
-No te ha ido muy bien, ¿eh? -se rio-. Te has escrito las respuestas en el antebrazo. Bad, bad girl.
-Cierra la boca.
Theo soltó una risotada.
Arrugué la nariz, alisándome la falda azul oscuro del uniforme escolar.
-No quiero subirme ahí. No confío en tus habilidades al volante.
-¿Qué dices? -me miró con los ojos muy abiertos-. ¡No seas aburrida! Anda, o te metes tú o te subo por la fuerza.
No hizo falta que dijera más: de un salto ya me hallaba sentada en la camioneta.
Theo cerró la puerta con fuerza y rodeó el capó para subir de su lado. Se estiró sobre mí, acercando mucho su rostro al mío.
-¿Q... Qué haces? -tartamudeé, asombrada.
El muchacho sonrió y alargó el brazo para estirar el cinturón de seguridad y engancharlo en el broche.
-¿Por qué te pones tan nerviosa? -arremetió.
Puse los ojos en blanco y miré hacia la ventana. Comprobé, estupefacta, que las muchachas de mi curso yacían apelotonadas y cuchicheaban mientras miraban en dirección a la camioneta.
-¡Mira eso! Tus amigas hablan de nosotros -se burló el muchacho, volviendo al volante.
-No son mis amigas... -murmuré, clavando la mirada al frente. Theo frunció el ceño, curioso-. Arranca ya, antes de que me arrepienta.
-Bueno, si no te caen bien... -hizo rugir el motor girando la llave- ... puedes estar contenta, pues parecen morirse de los celos.
Volví la vista hacia la ventana y, en efecto, ninguna de esas estúpidas parecía necesariamente feliz de que me fuera en una enorme camioneta con un muchacho...
-... Muy apuesto -decía el muchacho, mientras ponía un cambio y la camioneta se habría paso en la carretera.
Por alguna razón encontré ese gesto totalmente... maduro y satisfactorio. Ver a Theo Yu con la vista fija, concentrado, en la carretera y una mano en el volante y la otra en la palanca de cambios me hacía sonreír para mis adentros.
-¿Te quedaste embobada? -inquirió, girando un segundo el rostro para verme.
-¿Eh? Lo siento, ¿qué dijiste?
Sonrió.
-Que debe ponerles los pelos de punta el verte con un chico muy apuesto, ¿no crees?
Miré en todas direcciones.
-No lo entiendo, ¿dónde está el chico apuesto? -hizo una mueca y yo me reí-. Apuesto a que ahora mismo vamos al restaurante de Lilian, ¿acerté?
-Así es, muy inteligente.
-¿Y qué se supone que voy a hacer allí?
-Pues... estar conmigo.
Había tal inocencia y casi melancolía en sus palabras que me lo quedé mirando boquiabierta. El muchacho comenzó a reírse con picardía.
-Te has quedado muda, Cassandra... ¿cuál es tu apellido?
-Hum... ¿por qué quieres saber eso?
-¿Por qué siempre respondes con otra pregunta?
-Steel.
Silbó.
-Que apellido extraño.
-Es americano -me encogí de hombros-. No es extraño.
-Así que, Steel, ¿aceptas?
-¿El qué?
-¡Ir conmigo!
-¡Pues no tengo otro remedio! ¿O sí?
-No, en realidad no-alargó una mano y me pellizcó la nariz.
Miré hacia la ventana, incapaz de ocultar una sonrisa.
¿Qué te pasa, tonta? ¡No sonrías! ¡Éste alienígena te está secuestrando! ¡Corre! ¡Huye! ¡Escapa antes de que sea demasiado tarde!
-¿Está todo bien?-inquirió.
-Si...
Una mini yo dentro de mí se golpeó la frente con la palma de la mano. Tonta ilusa.
Cuando Theo pasó de casa en casa, hasta pasar las fábricas industriales y finalmente terminar en los barrios bajos, comencé a tensarme en el asiento. No es que fuese una chica discriminadora, todo lo contrario. Es que cuando vives rodeada de lujos y de gente que pertenece a un estatus social, el perderse entre los barrios underground daba un poco de miedo. Aunque también estaba muerta de curiosidad, por supuesto. Imaginaba claramente a Sebastian haciendo vandalismo en alguna de aquellas paredes, y a Sugar rapeando mientras Robin soltaba una base. Se me puso la piel de gallina. ¡Era genial! Aunque...
La camioneta bajo de una pequeña colina asfaltada y frenó justo frente a una especie de restaurante de paredes amarillas. Había un pequeño letrero en la parte de arriba con las palabras "Chicken Kitchen", y por las ventanas podían verse las mesas llenas de gente y los meseros de aquí para allá.
-¡Mierda, mierda! ¡Se me hace tarde! -exclamó, tratando de desabrocharme el cinturón.
-¡Puedo sola! -me desesperé.
-Sí, pero yo lo hago mejor -sonrió, muy cerca de mi rostro.
Contuve el aliento, sintiendo el cabello del muchacho en mi nariz. Olía shampoo y colonia masculina. Una parte de mi tembló de placer.
Cuando el muchacho logró desabrocharme el cinturón, que parecía trabarse a menudo, bajé de un salto de la camioneta. Salpiqué mis zapatillas y mis medias con el agua sucia del suelo, pero no me importó demasiado. Theo me indicó que lo siguiera apriesa y eso hice.
Dentro, el lugar respiraba vida. No como aquellos restaurantes caros en los que la finura, la limpieza y la elegancia eran meollo en el asunto; sino como aquel lugar que era inundado de voces y risas, de olores a pastel de arroz y nueces y a leña de hogar.
Seguí al muchacho entre las mesas hasta llegar a la cocina, donde nos metimos por una puertecita de madera.
-Tú, déjame probar eso -Lilian, de espaldas a mí y usando un gracioso gorrito como de ducha, probó la salsa que alguien estaba revolviendo en una sartén-. Le falta sal.
-¡Aquí estoy!-exclamó Theo, tomando un mandil n***o y se lo ataba a la cintura.
La muchacha se giró con el ceño muy fruncido. Al verme, su expresión se relajó y sonrió.
-¡Vaya sorpresa! Cassie, ¿cómo has estado? ¡Tú! -se interrumpió a sí misma, señalando al muchacho a mi lado con un dedo-. ¡Ponte a trabajar! Y tú, cariño... ¿qué vas a comer?
-Oh yo... -comencé, viendo como Tae se marchaba a atender a la gente y me dejaba sola en la cocina-. No traigo dinero.
La muchacha volvió a fruncir el ceño y puso los brazos en jarra, tal cual hacía mi madre cuando iba a regañarme.
-Si no vas a comer sólo serás un estorbo para Theo -se pellizcó el puente de la nariz-. Ese niño se distrae con todo... -metió la mano dentro de un cajón y me lanzó un mandil n***o-. Ponte esto y ve, ¡los clientes no se atenderán solos!
Abrí los ojos como platos, con el mandil entre las manos.
-Pero...
-¡Vamos, niña! -Lilian me quitó el mandil de las manos y me lo ató con un moño a la cintura. Sacó la mochila y me dio unas palmaditas en el hombro-. Anda, ¿qué esperas?
Sin saber bien qué hacer, salí de la cocina y casi tropiezo de lleno con Theo.
-Toma –la muchacha me tendió una lapicera y un anotador, sonriente-. Buena suerte.
-Oye... -comencé, pero la dueña del restaurante ya se había puesto a hablar muy fuerte con una señora muy anciana que no sabía qué quería comer - ... ¿Qué hago yo aquí?
-¡Eh! -exclamó una voz grave, que encontraba vagamente familiar, a mis espaldas-. ¡Mesera! ¡Aquí!
Me giré y sonreí, pese a mi estado de tontera, a la mesa de la esquina más apartada. Sebastian acomodaba su cabello rosa y sonreía, y Sugar leía la carta con un terrible esfuerzo (el pobre necesitaría anteojos). Victor, entre ellos, sacaba cuadernos y lápices de su mochila y los dejaba sobre la mesa. El muchacho se veía muy apuesto en su uniforme amarillo de instituto...
Vaya.
Me acerqué a ellos y apoyé la lapicera sobre la libreta en blanco.
-¿Qué van a pedir? -inquirí.
-Quiero un... -comenzó Sugar sin despegar la vista de la carta-. Un cus... oh, espera. No entiendo una mierda. ¿Quién mando a poner la letra tan pequeña?
-¡Cassie! -exclamó Victor, interrumpiendo a su amigo.
Sentí que me hervía la cara, y sólo rogué que nadie lo notara. El muchacho sonrió como un conejito playboy (porque era tan tierno como un roedor, y tan candente como un stripper) y me saludó con la mano.
Asentí con la cabeza a modo de mini reverencia.
-¿Ahora Lilian te retiene aquí? -Sebastian se cruzó de brazos sobre la mesa-. ¿O es Theo, acaso?
-Pues Theo...
-¡Ya! ¡Ese mocoso molesto! -se burló el mayor-. No sabe lo que "espacio personal" significa. Si te sientes incómoda, sólo dínoslo y le encerraremos en su cuarto hasta que sepa cómo comportarse.
Sonreí y sacudí la cabeza.
-Está bien, pero Lily me matará si no recibe su orden pronto-dije con voz burlona.
-Claro, Sugar ¿Qué pedirás?
-Un cos... -comenzó éste, pegándose la carta a la nariz.
-¡Pollo frito! -exclamó Victor.
-Eso estaría bien –aceptó Sebastian, asintiendo con toda la seriedad posible-. Pollo frito para tres.
-A la mierda -soltó Sugar, soltando la carta sobre la mesa y reposando el rostro sobre la mano.
-Pollo frito para tres -anoté-. ¿Y de beber?
-Pues está claro que ninguno beberá cerveza -se burló el pelirosa. Ambos pusieron cara de pocos amigos-. Tres gaseosas cola, por favor.
-Claro -anoté-. ¿Debería anotar algo más?
-No, haces bien tu trabajo -el menor del trío levanto un pulgar y luego se volvió hacia Sebastian-. ¿Me ayudas con química?
-¿Ayudarte? Siempre termino haciéndola toda yo.
-¡Eres el mejor!
Me marché de allí, arrancando la página de un tirón, y la dejé sobre la barra de la cocina. Lilian, del otro lado, me sonrió.
-¡Waaao! ¡Increíble! -exclamaba Taehyung en ese momento.
Me giré para ver como el muchacho se reía de un niño que había hecho una pirámide gigante con servilletas y las había decorado con aderezos a modo de árbol navideño. Hice una mueca mientras Lilian le gritaba a Taehyung que se hiciera cargo de la situación.
-Cassie -el muchacho, mientras trataba de desarmar la pirámide, me hizo un gesto con la cabeza-. La heladera.
-Oh, si -me acerqué a la heladera y tomé tres gaseosas cola, para luego acercarme a la mesa de los chicos.
-Sabes que debes resolver primero la multiplicación y división antes que la suma... ¿verdad? -decía Sebastian.
-Ah... -Victor se había quedado serio mirando la hoja, con un lápiz en suspensión.
Dejé las bebidas sobre la mesa y reparé en que Sugar se había perdido dentro de su celular.
-¿Te encuentras mejor? -me animé a preguntarle.
Cuando el muchacho levantó la mirada hacia mí, sin mover ni siquiera un músculo de la cara, supe que había hecho mal.
-Ahá -dijo, y volvió a sus asuntos.
Vaya, me hacía acordar a Dalia.
Sentí que alguien tiraba del borde de mi falda, y me giré justo para ver una enorme sonrisa rectangular.
-Acompáñame –dijo mi vecino, y se escabulló hasta la salida.
Lo seguí bajo la atenta mirada de los tres chicos de la mesa que, cada uno a su modo, sonreían burlones.
Cuando estuve fuera del lugar, había perdido a Theo.
-¿Dónde estás? -inquirí.
-¡Shhh! ¡Ven aquí! -exclamó el muchacho, asomando la cabeza tras la pared del costado del restaurante.
Lo seguí, pisando sobre las tablas de madera para no enterrar los pies en el agua que se había acumulado luego de la tormenta.
Bordeamos el restaurante hasta la parte de atrás en donde, para mi sorpresa, había un cúmulo de jaulas con gallinas cacareando dentro.
-Dios mío -murmuré, sorprendida. Desde mi última visita al zoológico, jamás había visto una gallina-. No imagino a Lily haciendo el trabajo sucio.
Theo se rio y se agachó junto una jaula.
-Hola Nanamoto -la saludo, metiendo la mano debajo de la estructura de madera y metal.
La gallina cacareó y yo solté una carcajada.
-¿Le has puesto nombre a la gallina?
-Es que es tan bonita... -Tae sacó algo y cerró las manos- Tengo un regalo para ti.
-¿Uh?
-Cierra los ojos.
Los cerré, suspirando de cansancio. Sentí algo frío tocar la punta de mi nariz y, cuando abrí los ojos, vi que Theo sostenía un huevo frente a mi rostro. Me hice hacia atrás y lo tomé entre mis manos.
-Vaya... Gracias-murmuré.
-¡Es un huevo! ¡Deberías ser más agradecida! -exclamó, furioso.
Sonreí.
-Lo cuidaré como si fuera mi hijo -prometí, cubriéndolo con las dos manos.
-Eso espero -entrecerró los ojos, como si midiera hasta qué punto bromeaba y hasta qué punto me importaba su huevo-. Pero tengo otro regalo.
-¿Por qué tienes tantos regalos?
-Te doy la bienvenida, ¿no?
-¿A dónde?
-¡Al restaurante!
-¡No es como si fuera a trabajar aquí todos los días!
-¿Ah no...? Oh -sacudió la cabeza-. Entonces, es la bienvenida al vecindario.
-Pero... eres tú el que se acaba de mudar.
-Sí, pero tú eres mi nueva vecina.
Ladeé la cabeza. Tenía razón, en cierto punto. Asentí.
-Está bien -prosiguió, quitándome el huevo de la mano-. Cierra los ojos para tu segundo regalo.
Cerré los ojos, tal y como el muchacho había ordenado.
Sin embargo, luego de lo que me parecieron unos segundos eternos, nada sucedía.
-¿Theo? ¿Me has dejado sola?
-No… -la voz del muchacho sonaba muy agobiada-. ¡No abras los ojos!
-Está bien... ¿tardarás mucho?
-¿Qué? No...
-Dime que no estás esperando a que la gallina ponga otro huevo, porque...
Un beso rápido, casto y un poco bruto interrumpió mis palabras. Abrí los ojos como platos, sorprendida. Muy sorprendida.
El muchacho me miraba expectante, de un ojo a otro.
-Te sonrojaste -dijo-. ¿Eso es bueno o malo?
-Me besaste...
-¿Es malo?
-¿Por qué me besaste? –inquirí, casi con preocupación-. No... ¿Ese era mi regalo?
-Claro que no. ¡Di chiiiiis!
Antes de que pudiera replicar algo, el muchacho había estrellado mi primer regalo contra mi frente. Me quedé un segundo como en estado de shock, sin poder terminar de creerme el que mi rostro se encontrara totalmente lleno de huevo. Luego, cuando el muchacho comenzó a carcajearse, supe que si mi cara estaba roja era de pura furia. Levanté los brazos justo cuando él empezaba a correr.
-¡THEO YU!-exclamé, echando a correr tras él mientras el muchacho se carcajeaba-. ¡YA VERAS CUANDO TE...! ¡DEJA DE CORRER!
Sin embargo, él no hacía caso.
Así que allí estábamos: Theo corriendo y riéndose, y yo roja como un tomate, con la cara llena de huevo, gritándole una sarta de improperios y corriendo detrás de él. Mientras tanto, todo el Chicken Kitchen presenciaba el show.