Capítulo 4 =DAVE=

1067 Words
No sé porque mi padre quiso que su funeral sea a cajón abierto. Es tétrico. No es solo tétrico, es hasta triste. Incluso muerto tiene esa expresión de hastío y seriedad que siempre le caracterizó. Veo a mí alrededor y estamos rodeados de coronas de alto presupuesto con supuestos mensajes de aliento y duelo. Quisiera reír… ¿De qué me sirve ver en una corona la frase “estamos con usted, atte., de la familia Smith”? Realmente es hasta cómico porque la última vez que hablé con mi padre se estaba quejando de los movimientos financieros que hacían los Smith en el banco, decía que eran unos buitres. Ya no sé cuántos se acercaron hacia donde estaba yo para darme el pésame y ver el cuerpo frío de mi padre –creo que quieren asegurarse que está realmente muerto, pero yo tengo que cumplir el papel de hijo en duelo y aceptar las supuestas condolencias–. Ya perdí la cuenta de la cantidad de madres que se acercaron con hijas desde los diecisiete años hasta cuarenta y tres –obviamente no venían a asegurarse que mi padre esté muerto, pero tampoco era el momento de fijarme en eso–. Solo puedo contar dos personas que parecían realmente apenadas cuando vinieron a entregarme el pésame. Uno, obviamente es el señor Jack Moore, quien se acercó para que vean y se terminó quebrando a media frase. Su mejor amigo había muerto y no parecía que se iría a recuperar pronto. Luego estaba la Señorita María Lucas, la acompañante de juegos de mesa y charlas, una amiga sincera de mi padre quien parecía no haber podido dormir bien, en especial considerando que fue ella quien lo encontró muerto en su despacho a media tarde un mes atrás. Podía decir que todo estaba sucediendo como había esperado. Claro que mi suerte no me iba a ayudar. De pronto, como todos los presentes, pude darme cuenta de la falta de bullicio en el salón de la casa de campo de mi padre. Ese zumbido de la nada había desaparecido y solo podían escucharse los pasos de una mujer en la habitación. Con duda levanto la mirada y no puedo creer lo que veo. Nieves Highway hacia su camino por entre la multitud silenciada de la mano de su prometido, Alex Campwell. El n***o le sentaba de maravilla, su piel blanca bronceada naturalmente sin necesidad de aerosoles de bronceado que eran usualmente populares. Su cuello no estaba al descubierto cosa que lamentaba, pero el corte del vestido la hacía parecer una diosa de ojos café, una diosa de mirada fría, una diosa que no me miraba de la misma forma que hace cinco años. Son solo unos segundos hasta que ella llega frente a mí. Frena a dos metros de distancia, su mirada no parecía ablandarse. Mis ojos, en contra de mi voluntad, no podían dejar de mirarla. ―Señor Finnigan, lamento su pérdida ―rompe el silencio Alex Campwell, quien llevaba del brazo a Nieves, mis ojos por primera vez se posan sobre él. No lo conozco de nada y ver su mano en el brazo de Nieves y la sonrisa blanca de su rostro me incomodaba. No podía ponerme celoso, no cuando era ridículo que me pudiera poner celoso, especialmente cuando era yo quien había abandonado a Nieves en el altar. Me pone feliz que ella haya logrado salir de eso. Tan feliz que mi corazón late salvajemente dentro mío. ―Gracias por molestarse en venir, Señor Campwell ―respondo como respondí a todos, luego mis ojos van a Nieves―. Señorita Highway. ―Lamento la partida de su padre, es una lástima ―me responde secamente y trago, hacía años que no la escuchaba hablar. Tardo unos segundos en darme cuenta que tenía que responder. ―Lo es. Maravilloso Dave, hoy realmente quieres morir, ¿no? Trato que mi rostro no refleje mis pensamientos. Alex habla, yo le respondo, vuelve a decir algo y le contesto. Pero no presto atención a lo que sale por su boca. Mi mente volvió cinco años atrás a esa noche antes del gran día, a esa discusión con mi padre, a esas noticias que luego salieron, a esa imagen borrosa de ella escapando de la capilla. No puedo creer que pasaron cinco años. Luego se fueron dejando que otro tome su lugar para dar el pésame. Pero yo quedé en ese momento. Las horas pasaban y yo seguía parado al lado del cajón. Recuerdo que en un momento vino esa idea de querer tomar yo el lugar de mi padre en ese frío cajón. No sé cómo terminó todo, solo sé que en cuanto se hicieron las seis de la tarde los mozos comenzaron a repartir copas de vino y otros tipos de bebidas alcohólicas entre aquellos que seguían llegando y aquellos que seguían en el salón. Si mi madre estuviera viva me hubiera prohibido siquiera tomar una de esas copas, si mi padre pudiera levantarse de ese cajón –que mañana en la tarde sería finalmente puesto bajo tierra– me hubiera mirado retándome a hacer el ridículo. No sé qué me poseyó en ese momento pero acepté el reto y tome la primer copa y de un solo trago la termino, luego vino la segunda, la tercera hasta la decimotercera. Nunca fui buen bebedor, creo que nunca lo seré. A la mañana siguiente… Mis ojos se abren y la luz del sol arde, mi cabeza da vueltas y el simple ruido de la regadera abierta me da jaqueca. Pero aun así reconozco que el aroma a cítricos no me es familiar, sé que las sábanas son demasiado suaves como para pertenecer a mi vieja habitación. Ahora que lo pienso, el sonido de la regadera es distinto. Esperen un segundo… ¿Regadera? Abro mis ojos y salto de la cama. No reconozco nada. Hay demasiada luz. El frío de pronto golpea mi piel y no siento que este con ropa. Claro que mi suerte no me ayudaría y amanecería en cama ajena y completamente desnudo… ¿qué paso anoche? Salgo de la cama y me envuelvo en las sábanas para tratar de tener algo de vergüenza. Buscando la salida abro la primera puerta que encuentro. Un vestido de novia, blanco, hermoso y todo lo que algún día imaginé es lo primero que me saluda.
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