La sensación que se tiene cuando uno vuelve a respirar el aire de casa es indescriptible, sentís que eso que estaba faltando vuelve a su lugar, que aquello que estaba perdido uno lo vuelve a encontrar. Incluso el escuchar los ruidos de casa dejan de molestar.
Claro que para llegar a eso, primero hay que pasar por la aduana y por toda la multitud del aeropuerto. Esas son cosas que me irritan.
―¿Señorito Finnigan? ―Jack Moore, la mano derecha de mi padre vino a recogerme. Estaba viejo, pero era descortés que eso sea lo primero que diga luego de cinco años de no vernos a la cara.
Así que digo mi frase estrella:
―¡Maravilloso día para un funeral!
―Dave... No es el momento. ―siempre serio.
―Bueno, un poco de alegría… ―trato de hacer reír un poco.
―Tu padre, mi amigo murió. Hoy es su funeral. Deja la idiotez para otros días ―explica. Igual murió hace un mes.
―Lo siento, lo siento…
―Súbase al auto. Espero haya traído su traje.
―Obvio. ―meto mi maleta en el auto.
―Entonces vístase en el auto. Cada minuto es una deshonra a su padre.
Alguna vez pensé que ellos tenían un romance, luego pensé que era un amor a la puntualidad. Hoy creo que es una mezcla de las dos.
―¡Maravilloso día para un funeral!
No me responde y me empuja para meterme en el auto.
Él se sienta delante y rápidamente pisa el acelerador.
Igual no puedo cumplir con mi plan de dormir hasta el momento. Algo golpea mi regazo y abro los ojos.
―Léalo, es el testamento ―dice.
Tomo los papeles y comienzo a leer:
“Blah, blah, blah… Todas mis acciones serán pasadas a mi hijo, Dave James Finnigan cuando cumpla con su palabra estipulado en el contrato del 2016…”
¡Que maravilloso día para un funeral! El que quiero para mí…
Maldigo el día que firme ese contrato.