El día de mi condena (parte l)
Lucia( 18 años)
Solía salir a caminar por las noches porque era la única forma de escapar de esa cárcel a la que, irónicamente, llamaba hogar. Al menos por unas horas podía respirar… aunque sabía que, tarde o temprano, tendría que regresar.
Esa noche iba tan perdida en mis pensamientos, lamentando que el tiempo se me estuviera acabando, que no me di cuenta cuando tropecé con algo y caí al suelo.
Gruñí por el golpe y me levanté rápido, dispuesta a irme como si nada hubiera pasado, cuando un quejido suave se escuchó a mi espalda.
Me giré lentamente.
Y entonces me quedé paralizada.
No había tropezado con “algo”.
Había tropezado con alguien.
Un hombre yacía en el suelo, cubierto de heridas, con la respiración irregular, como si estar consciente fuera un milagro. Tenía sangre en la ropa, en el rostro… en todas partes. El corazón me empezó a latir con fuerza, tan rápido que me dolía el pecho.
Mi primer impulso fue correr.
El miedo me paralizaba, la cabeza me gritaba que no me metiera en problemas, que no sabía quién era ni cómo había terminado así. Pero algo dentro de mí —quizá mi lado más ingenuo— me obligó a quedarme.
Lo observé unos segundos más, dudando.
No importaba cómo se había lastimado.
No importaba quién fuera.
No podía dejarlo ahí.
Tragué saliva, temblando, y tomé la decisión.
Tenía que ayudarlo.
Me acerqué lentamente, con el corazón golpeándome el pecho, hacia la persona que yacía en el suelo en posición fetal.
—¿Ho-hola? —susurré, tan bajo que ni siquiera estaba segura de que pudiera escucharme… suponiendo que estuviera consciente.
Esperé.
Nada.
El silencio me envolvió, roto únicamente por mi agitada respiracion. Miré al cielo con nerviosismo. Se me estaba haciendo tarde. Si no regresaba pronto, mi padre me castigaría. Y no sería algo leve.
Pero no podía dejarlo ahí.
Y como si la noche quisiera complicarlo todo, las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer.
En cuestión de segundos, la lluvia se volvió más intensa. Observé cómo su cuerpo empezó a temblar, no sabía si por el frío o por el dolor. Tal vez por ambos.
Mordí mi labio inferior, indecisa.
Suspiré y tomé la que, para mí, era la única decisión posible. Me quité el suéter y, con cuidado, lo coloqué sobre sus hombros.
Me agaché para acomodárselo mejor.
Fue entonces cuando lo vi.
Sus ojos estaban abiertos.
Y me estaban mirando.
Me sobresalté. El aire se atoró en mi garganta.
Eran azules… demasiado azules. Intensos. Profundos. No había visto jamás unos ojos así. No parecían pertenecer a alguien que estuviera al borde del desmayo. Había algo en su mirada que me inquietó… algo oscuro. Demasiado consciente.
Aun así, reuní el poco valor que me quedaba.
—¿Tienes a dónde ir? —pregunté con voz temblorosa.
Esta vez estaba segura de que me escuchó.
Esperé.
Pero no respondió.
Solo me miraba.
Directamente. Fijamente.
Y el hecho de que no dijera nada, pero no apartara la vista de mí, hizo que un escalofrío me recorriera la espalda.
Por primera vez, dudé.
Tal vez no debería haberme acercado.
Pero no tenía el corazón para irme y dejarlo ahí.
Estaba tan perdida en mis pensamientos que el sonido repentino de mi celular vibrando me hizo sobresaltarme. Miré la pantalla y sentí cómo el estómago se me encogía.
Papá.
Si estaba llamando a esta hora, significaba que estaba furioso. Y eso nunca terminaba bien para mí.
Apreté el teléfono entre mis manos, debatiéndome seriamente si debía regresar de inmediato antes de empeorar la situación… cuando noté que él intentaba ponerse de pie.
Se apoyó en la pared con dificultad, pero apenas logró incorporarse unos centímetros antes de tambalearse.
—Espera… —murmuré, acercándome para sostenerlo.
Intenté ayudarlo, pero él reaccionó de inmediato. Con la poca fuerza que parecía quedarle, me empujó.
Caí al suelo, sorprendida.
—¡Oye! ¿Qué te pasa? —protesté mientras me levantaba, más asustada que molesta.
Él no respondió.
Solo me miró.
Esa mirada azul, intensa, imposible de ignorar. Había algo en ella… algo que no supe descifrar. Orgullo. Desconfianza. ¿Miedo?
Y entonces, sin previo aviso, sus ojos se cerraron.
Su cuerpo cayó hacia adelante con un golpe seco contra el suelo.
El sonido me heló la sangre.
—¡Hey! —exclamé, arrodillándome a su lado.
Esta vez sí estaba inconsciente.
La lluvia caía con más fuerza, empapándonos por completo. Miré alrededor con desesperación y tomé una decisión apresurada.
Con muchísimo esfuerzo —y comprobando que era absurdamente pesado— logré arrastrarlo hasta el porche de una casa cercana para protegernos del agua. Me tomó varios minutos y más fuerza de la que pensé que tenía.
Mis manos temblaban.
Mi ropa estaba empapada.
Mi celular volvió a vibrar.
Lo ignoré.
Tragué saliva y, tras asegurarme de que seguía respirando, corrí hasta la farmacia de la esquina. Compré lo básico: gasas, desinfectante, vendas. No sabía exactamente lo que estaba haciendo… pero no podía quedarme sin hacer nada.
Regresé bajo la lluvia, el corazón latiéndome con fuerza.
Me arrodillé a su lado otra vez.
Y mientras limpiaba la sangre de su rostro, entendí algo que me hizo estremecer:
La condición en la que se encontraba no era nada buena.
Después de pensarlo unos segundos —aunque se sintieron eternos— respiré hondo y decidí empezar.
Saqué el desinfectante con manos temblorosas y comencé a limpiar las heridas visibles. Apenas el líquido tocaba su piel, él se estremecía incluso estando inconsciente, como si el dolor todavía encontrara la manera de alcanzarlo.
Y entonces lo noté.
Las heridas no eran accidentes.
Eran cortes.
Cortes profundos. Precisos. Repetidos.
Parecían hechos con cuchillo.
El aire se me quedó atrapado en la garganta.
¿Quién le haría algo así a alguien?
Mi mente solo podía imaginar el dolor que debió soportar. La sangre, la pelea, la soledad. Tragué saliva, intentando no dejarme llevar por el pánico.
Seguí limpiando y vendando lo mejor que pude, aunque no estaba segura de estar haciendo un buen trabajo. Solo sabía que no podía detenerme.
Cuando terminé, me senté sobre mis talones y lo miré en silencio.
¿Y ahora qué?
No podía dejarlo ahí.
Pero tampoco sabía si llamar a la policía era lo correcto. ¿Y si él había hecho algo? ¿Y si metía a alguien peligroso en mi vida?
Mi celular volvió a vibrar.
Papá.
Lo ignoré otra vez.
Entonces una idea cruzó mi mente.
La casa.
El pequeño lugar que tenía escondido. Mi refugio secreto cuando necesitaba escapar. Nadie sabía de ese sitio. Nadie… excepto yo.
Tal vez no era la mejor decisión.
Tal vez era una estupidez.
Pero en ese momento desesperado, me pareció la única opción.
El problema era que no podía cargarlo. Apenas había logrado arrastrarlo unos metros hasta el porche, y eso ya me había dejado sin fuerzas. Además, si alguien me veía, podría pensar cualquier cosa… incluso que estaba intentando esconder un cadáver.
La sola idea me dio escalofríos.
Fue entonces cuando se me ocurrió pedir un taxi.
Saqué el celular con manos húmedas por la lluvia y el nerviosismo.
Y solo después de confirmar el viaje, caí en cuenta de algo:
¿Cómo iba a explicarle al taxista que necesitaba transportar a un hombre inconsciente, cubierto de vendajes y sangre seca?
Sentí que el corazón se me iba a salir del pecho.
Definitivamente, esto no parecía una buena idea.
Pero ya era demasiado tarde para echarme atrás.