Lucia (18 años)
El taxi avanzaba bajo la lluvia mientras el sonido constante de las gotas golpeando el parabrisas parecía marcar el ritmo acelerado de mi corazón.
No podía creer lo que estaba haciendo.
Tenía a un desconocido herido a mi lado. Un hombre que claramente había sido atacado. Un hombre con heridas que parecían hechas con cuchillos. Un hombre que, aun medio inconsciente, tenía una mirada que no encajaba con la palabra “víctima”.
Y yo lo estaba llevando a mi refugio secreto.
pero lo más inquietantes es que el taxista no dejaba de echar miradas por el espejo retrovisor, tengo la sospecha que en cualquier momento agarrara su celular y le marcara a la policía.
Según yo me libre las dudas por qué le dije al chófer que el era mi primo pero se había metido en una pelea aunque sinceramente no se si eso sea creíble.
Mi celular vibró otra vez.
Papá.
Cerré los ojos un segundo y dejé que la llamada se perdiera. Sabía lo que me esperaba al regresar. Gritos. Castigos. Control.
Pero por primera vez en mucho tiempo, ese miedo quedó en segundo plano.
Porque ahora tenía otro delante de mí.
Él.
Sentí su movimiento antes de verlo. Su respiración cambió, más profunda, más consciente. Su mano, apoyada sobre el asiento, se tensó ligeramente.
Giré la cabeza despacio.
Sus ojos estaban abiertos.
Azules.
No el azul suave del cielo o del mar.
Era un azul frío. Cortante. Un azul que parecía observar demasiado.
Me miraba directamente.
No confundido.
No desorientado.
Me estudiaba.
Mi garganta se secó.
—Ya… ya casi llegamos —murmuré, aunque no sabía por qué sentía que tenía que explicarme.
Él no respondió de inmediato. Sus ojos bajaron a mis manos, luego a mi suéter sobre sus hombros, y finalmente volvieron a mi rostro.
—¿Dónde me llevas? —preguntó.
Su voz era grave, profunda, pero baja. Controlada.
No sonaba como alguien débil.
—A un lugar seguro —respondí, tratando de sonar firme.
Una pequeña línea se marcó entre sus cejas.
—¿Por qué?
Otra vez esa pregunta.
¿Por qué?
¿Por qué estaba haciendo esto?
No tenía una respuesta lógica.
—Porque estabas sangrando —dije finalmente—. Y nadie estaba ayudándote.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros.
El taxista nos observaba por el retrovisor con evidente curiosidad. Yo intenté ignorarlo.
El hombre a mi lado no apartaba la mirada.
Y entonces dijo algo que me hizo estremecer.
—No sabes quién soy.
No fue una amenaza.
Fue una afirmación.
—No —admití.
Sus labios se movieron apenas.
—Y aun así decidiste subirte a un taxi conmigo.
Tragué saliva.
Cuando lo decía así, sonaba irresponsable.
El semáforo cambió a verde y el taxi continuó su camino.
Me obligué a sostenerle la mirada.
—Todos merecen ayuda.
Algo pasó en su expresión al escuchar eso.
Algo que no supe identificar.
Por primera vez desde que despertó, su mirada dejó de ser completamente fría.
Pero no se suavizó.
Se volvió… más intensa.
Como si mi respuesta hubiera despertado algo que estaba dormido.
—Eso crees —murmuró.
No supe qué contestar.
El taxi dobló por la calle que llevaba hacia mi escondite. Mi escondite. El único lugar que era realmente mío.
—Aquí es —dije con voz baja.
El vehículo se detuvo frente a la pequeña casa abandonada que había acondicionado con lo poco que tenía. No era gran cosa, pero tenía techo, un colchón y una vieja lámpara.
Le pagué al conductor con manos temblorosas.
Cuando el taxi se fue, el silencio de la noche cayó sobre nosotros.
La lluvia seguía cayendo.
Me giré hacia él.
—Tenemos que bajar —dije.
Intentó moverse solo, pero su cuerpo lo traicionó. El dolor cruzó fugazmente su rostro.
Me acerqué para ayudarlo.
Esta vez no me empujó.
Pero tampoco se apoyó completamente en mí.
Era como si se negara a depender de nadie.
Con esfuerzo logramos avanzar hasta la puerta. Abrí rápidamente y lo ayudé a entrar.
El interior estaba oscuro, pero al menos estaba seco.
Encendí la lámpara.
La luz amarilla iluminó su rostro con claridad por primera vez.
Y entendí algo que antes no había notado del todo.
No parecía un hombre común.
Había algo en su postura, incluso herido, que imponía respeto. Sus facciones eran marcadas, su mandíbula firme, su expresión dura incluso en el dolor.
No parecía alguien que se metiera en problemas por accidente.
Lo ayudé a sentarse en el colchón.
—Necesitas descansar —murmuré.
Él me observó mientras me movía por la pequeña habitación, buscando agua limpia y más vendas.
Sentía su mirada en cada paso.
Como si estuviera registrando el lugar.
Memorizándolo.
—Este no es tu hogar —dijo de pronto.
Me detuve.
—No.
No preguntó más.
Pero su silencio decía mucho.
Volví a arrodillarme frente a él para revisar las vendas.
—Te abriste un poco aquí —dije señalando su costado.
No respondió.
Cuando levanté la vista, me estaba mirando de nuevo.
Más fijamente.
Más profundo.
No era una mirada de agradecimiento.
Era una mirada de análisis.
Como si estuviera tratando de entender qué clase de persona arriesgaría tanto por un desconocido.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
Dudé un segundo.
No debería decirle.
No lo conocía.
Pero tampoco sabía por qué sentía que mentirle sería inútil.
—Lucía.
Mi nombre pareció quedarse suspendido en el aire.
Él lo repitió mentalmente. Pude verlo en su expresión.
—Lucía —dijo al fin.
Y por alguna razón, la forma en que lo pronunció hizo que un escalofrío me recorriera la espalda.
No era una simple presentación.
Era como si estuviera grabándolo en su memoria.
—¿Y tú? —pregunté.
Una sombra cruzó su mirada.
—Eso no importa ahora.
Y aunque lo dijo con calma… entendí que no estaba dispuesto a darme nada que no quisiera.
Por primera vez desde que lo vi en el suelo, sentí algo diferente al miedo.
Sentí que había dejado entrar algo en mi vida que no iba a irse fácilmente.
Y que tal vez… el peligro no había empezado en la calle.
Mientras pensaba en todo eso, mi celular comenzó a vibrar. El nombre de mi padre apareció en la pantalla, acompañado de un mensaje que preferí no leer. Sabía que estaría furioso. Siempre lo estaba cuando no regresaba a la hora exacta.
Sentí un nudo en el estómago.
Por un momento dudé. Miré al chico frente a mí, aún débil, apenas consciente, y luego volví a mirar la pantalla iluminada. Si no regresaba pronto, el castigo sería peor. Mucho peor.
Suspiré.
—Me tengo que ir… —dije en voz baja, sintiendo una culpa que me pesaba más de lo que esperaba.
Él no respondió. No sabía si realmente me estaba escuchando o si el dolor lo tenía demasiado ausente.
Me levanté lentamente, limpiándome las manos en el pantalón, intentando ignorar la sensación de que lo estaba abandonando.
—Te puedes quedar aquí el tiempo que creas necesario —añadí, casi en un susurro.
Fueron las últimas palabras que le dije.
levanté la cabeza para verlo y solo por un segundo me pareció ver en sus ojos algo oscuro pero que a mí no me asustaba en absoluto.
Así que solo me gire y me fui.
pero lo que yo no sabía es que esa sería la última vez que lo vería en mucho tiempo.
No sabía que después vendría el accidente.
Y mucho menos que, cuando volviera a cruzarme con esos ojos demasiado azules… no lo recordaría en absoluto.