Lucia (28 años)
No podía creerlo.
Había conseguido el trabajo. Colgué el teléfono y me quedé un momento en silencio, procesando. Luego solté un grito ahogado, me levanté de un salto y empecé a dar vueltas por mi habitación como una loca. En una de las empresas más importantes del país. Yo.
Mi padre no estaba en casa —trabajaba hasta tarde los jueves—, así que tuve tiempo de prepararlo todo. Mi ropa, mis documentos, mi actitud. Iba a llegar temprano, iba a hacerlo bien, iba a demostrar que podía.
Después llamé a Javier para contarle la noticia. Se alegró por mí, lo escuché en su voz, aunque también noté ese deje de preocupación que aparecía siempre que algo bueno me pasaba a mí y no a él. Llevábamos dos años juntos y ya conocía sus tiempos: primero la alegría, después el comentario pasivo-agresivo, finalmente el silencio. Colgué antes de que llegara a la segunda fase.
Al día siguiente, llegué con media hora de antelación. El vestíbulo estaba vacío a esas horas, solo algún empleado con prisa cruzaba de vez en cuando. Me presenté en recepción y una mujer de unos cincuenta años me indicó amablemente dónde debía ir. El puesto era en la planta baja, con el resto del personal administrativo. Suspiré aliviada. Cuanto más lejos de los pisos superiores, mejor.
La primera semana fue extraña, aunque no sabría explicar bien por qué.
No por el trabajo —ese era sencillo, casi aburrido—, sino por pequeñas cosas que no terminaban de encajar. El primer día, cuando salí a almorzar, el recepcionista me detuvo para darme una bolsa de papel craft con mi nombre escrito a mano. Dentro había un café. Moca con leche de almendras, canela espolvoreada, sin crema. Exactamente como me gusta. Demasiado específico para ser un error.
—¿Quién lo dejó? —pregunté.
El recepcionista se encogió de hombros, pero sus ojos se desviaron un momento hacia el techo. Hacia los pisos superiores.
—No sé —dijo—. Solo me dijeron que se lo diera.
Guardé el café sin probarlo. Al día siguiente, encontré una nota en mi escritorio. Sin firmar. Una hoja de papel doblada con una letra firme y angulosa: "Buenos días. Que hoy sea mejor que ayer". Se la enseñé a Elizabeth durante el descanso, pero ella le quitó importancia.
—Tírala —dijo—. O quédatela. No creo que sea para tanto.
La guardé en el bolsillo. No supe por qué.
Esa noche, cuando llegué a casa, encontré un sobre en mi bolso. No recordaba haberlo puesto ahí. Lo abrí con manos temblorosas. Dentro había una nota escrita a mano, con esa misma letra firme y angulosa que había visto antes: "Esta semana has sonreído 47 veces. Solo 12 de ellas fueron sinceras. Mañana intentaré que sean más".
El papel tembló en mis manos. 47 veces. Alguien había estado contando. Miré a mi alrededor instintivamente, como si pudiera verlo en las sombras de mi habitación. Pero no había nadie. Solo yo, mi respiración acelerada, y esa nota que no podía explicar.
No dormí bien. Soñé con lluvia. Con sangre. Con unos ojos azules que me miraban desde la oscuridad mientras yo, sin saber por qué, me quitaba el suéter y lo ponía sobre alguien que temblaba. Desperté con el corazón latiendo fuerte y la sensación de haber olvidado algo importante.
Pasaron los días y las pequeñas cosas siguieron acumulándose. Un café exactamente como me gustaba cada mañana, aunque yo nunca se lo había pedido a nadie. Notas esporádicas en mi escritorio, siempre con frases simples: "Hoy hace buen día para caminar" o "Tu bolígrafo estaba a punto de acabarse. Deja este en su lugar". Aparecía un bolígrafo nuevo, efectivamente, y al revisar el mío descubría que tenía poca tinta. Cosas así. Pequeñas. Insignificantes por separado, pero inquietantes en conjunto.
Empecé a fijarme más en mi alrededor. En las miradas que duraban un segundo de más. En la forma en que algunas conversaciones se callaban cuando yo me acercaba. En cómo, a veces, al girar una esquina, tenía la sensación de que alguien acababa de apartar la vista.
Javier notó que algo me pasaba. El sábado fuimos a cenar, como cada semana, y estuvo especialmente callado, mirándome por encima de su copa mientras yo jugueteaba con la comida.
—Estás rara —dijo al fin—. ¿Pasó algo en el trabajo?
—No —respondí demasiado rápido—. Todo bien.
—¿Segura?
Asentí.
La conversación murió ahí. Como morían todas las conversaciones incómodas con Javier. Con un silencio denso y la certeza de que después, en casa, vendría el reproche.
Esa noche, cuando me di la vuelta en la cama, él ya estaba de espaldas, mirando su teléfono. No me tocó. No me habló. Hacía semanas que no lo hacía, pero esa noche lo noté más que nunca.
Al día siguiente, cuando llegué al trabajo, había un sobre en mi escritorio. Más pequeño que los otros. Lo abrí con el corazón latiendo acelerado.
Dentro, una sola frase: "No merece que derrames ni una lágrima más".
No entendí qué significaba hasta que, al mirarme al espejo del baño horas después, vi mis ojos hinchados de tanto llorar la noche anterior.
Y entonces lo supe.
Sabía lo de Javier. Sabía que habíamos discutido. Sabía que había llorado.
¿Cómo?
Un escalofrío me recorrió la espalda. Miré a mi alrededor en el baño vacío, buscando cámaras, buscando algo, cualquier cosa que explicara cómo un desconocido podía saber tanto de mí. No encontré nada. Solo mi reflejo, pálido y asustado, devolviéndome la mirada.
Esa tarde, cuando salí del edificio, él estaba allí.
Dante.
Apoyado contra una columna, con las manos en los bolsillos, mirando hacia otro lado como si estuviera esperando a alguien más. Pero no había nadie más. Solo yo.
Pasé a su lado sin mirarlo. Casi lo logro.
—Lucía —dijo, y su voz fue como un imán que me obligó a detenerme—. ¿Llegaste bien a casa anoche?
Me giré lentamente.
—Sí —respondí—. Gracias.
Él asintió, sin sonreír. Sus ojos azules se fijaron en los míos y por un instante el mundo se redujo a eso. A su mirada. A la sensación de que me veía completa, entera, de una forma que nadie más lo hacía.
—Si alguna vez no es así —dijo con calma—, avísame.
—¿Para qué?
—Para ocuparme de ello.
No dijo más. Se giró y caminó hacia la entrada del edificio, dejándome allí, parada en medio de la acera, con el corazón latiendo demasiado rápido y la mente llena de preguntas que no sabía formular.
Esa noche, en casa, Javier ni siquiera levantó la vista cuando entré. Estaba en el sofá, viendo la tele, con una cerveza en la mano. No preguntó por mi día. No preguntó por nada.
Me encerré en el baño y abrí el grifo para que no me oyera llorar.
Y cuando salí, había un mensaje en mi teléfono. Número desconocido.
"47 otra vez. Pero esta vez fueron sinceras."
Lo borré.
Pero no pude borrar la sensación de que alguien, en algún lugar, me estaba esperando.