Tomó aquellas botas que desde que entró a la tienda llamaron su atención, pidió su número y emocionada se las puso, modeló un par de veces frente al espejo para decir en voz alta algo que ya sabía desde el principio.
—Me las llevo —habló juntando sus manos y sonriéndose a ella misma.
Se giró para quedar de frente a la chica que la había estado atendiendo, la chica se limitó a asentir. Zoe se sentó en el sofá y quitó las botas para volver a ponerse los zapatos que había elegido aquella mañana.
Fue hacia la caja para hace el pago.
—Son veinticuatro dólares —habló la cajera
Le tendió su tarjeta Golden y la chica la recibió asombrada.
—Gracias —se despidió tomando la bolsa donde se encontraban sus nuevas botas
Tomó las llaves de su auto y lo abrió, aventó la bolsa hacia el asiento copiloto, se montó en él, se colocó sus Ray-Ban, encendió el stereo y arrancó para dirigirse a su trabajo.
Esta era su rutina, casi diaria, todos los días se preocupaba por comprar algo nuevo, lo que fuera, desde pendientes hasta muebles para su casa. Era una actitud consumista pero, ella podía darse esos lujos.
Su voz sonaba en todo el auto, cantando Fancy a todo lo que daba.
Cualquiera que la escuchara cantar quedaba encantado, aunque no todos tenían ese privilegio, podría atreverme a decir que yo era el único privilegiado.
Un semáforo rojo hizo que se detuviera, aprovechó para sacar un cigarrillo y fumarlo, luciendo más atractiva de lo que era. Ella lo sabía.
Su cabello marrón se movió a causa del viento, soltando un aroma delicioso, vainilla.
Sus labios rojos hacían que toda la atención fuera para ellos, toda mi atención.Yo la miraba desde el asiento de atrás, siempre lo hacía, me encantaba hacerlo, desde que me fue otorgada he estado haciéndolo y ha sido todo un placer. Observaba cómo se movían articulando la letra de la canción. Su cabello se paseaba enfrente de ellos y uno que otro se pegaba a ellos, y yo simplemente deseaba ser aquellos cabellos para sentir sus labios. Sacudí mi cabeza.
Se detuvo frente a la gran boutique que tenía escrito su apellido en la parte de arriba de esta en letras de metal doradas que en las noches eran iluminadas con focos amarillos.
Bajó del auto y entonces entró en su papel, en mi papel favorito, aquí era donde yo actuaba, algunas veces. Zoella siempre tuvo carácter, creo que por eso me gustaba estar con ella.
—¿Qué tal ha estado el día? —le preguntó de manera seca a Agnés Green, una de sus empleadas.
—Bastante bien, se han vendido más de tres mil dólares durante las últimas tres horas —le contestó segura, pero era obvio que estaba muerta de miedo.
Zoe siempre ha sido bastante estricta para su trabajo, recuerdo el día en el que inició este sueño.
Era un miércoles siete de enero, cerca de las diez cuarenta de la noche, deseaba con todas sus fuerzas tener éxito en algo, lo que fuera que le diera ganancias y se sintiera cómoda haciéndolo, así que se sentó en su escritorio de dibujo y empezó a hacer trazos que se volvieron diseños de prendas. Después de un mes empezó a hacer prototipos, que se volvieron en poco tiempo en prendas listas para usar, inició vendiendo todo por internet, hasta que varias chicas le rogaron que hiciera una tienda para poder ir a probarse más ropa y ella lo hizo, y en tres años esa tienda era lo que hoy es. La boutique Redmond, la más famosa, elegante y cara de la ciudad.
—¡Zoe! —la voz más chillona del mundo sonó en la tienda.
—¡Natasha, cariño! —le respondió el saludo a su mejor amiga desde hace más de nueve años.
Aquella chica nunca me había agradado, era la típica niña creída con dinero. Siempre chillona, siempre consentida. Zoella nunca lo había aceptado, pero varias veces había sentido celos de la vida de Natasha, extrañamente siempre se quedaba con lo “bueno” de ella y había decidido mantener su amistad.
—Mira nada más este lugar, ha crecido demasiado —le felicitó Natasha.
Hice muecas burlandome de lo que había hecho. En verdad me fastidiaba.
—Lo sé, es mi bebé.
Ambas rieron.
Me encantaba escucharla reír, era la cosa que más me gustaba estando con ella, de alguna manera tenía que agradecerle a Natasha que llegara.
—Quiero una blusa, ya sabes, como las que me gustan —le pidió Natasha.
—Ven, están por acá —caminaron hacia la parte más atrás de la boutique- mira.
Le mostró los nuevos diseños que había hecho.
—Oh My God! —exclamó Natasha.
"¿Él?, ¿enserio?" hablé para mí mismo.
—Tengo que probarme esta —le arrebató la blusa a Zoe.
Decidí sentarme en el sofá blanco que estaba en aquella sección de la tienda, esto iba para largo.
El día fue tomando su ritmo, todo normal, como siempre. Me alegré de que fueran las nueve de la noche, por fin iríamos a casa, bueno, a casa de ella.
Me levanté del sofá, me estiré un poco y vi como Zoe cerraba la puerta de la boutique, había estado aburrido todo el día, así que decidí divertirme un poco con ella.
Me acerqué a ella, susurré en su oído su nombre y tiré las llaves de sus manos.
—Joder —se reclamó a ella misma. Me encantaba hacerla enojar.
Observé cómo su piel se erizaba y su cuerpo se sacudía repentinamente. Reí fuerte, se había asustado un poco. Disimuladamente miró hacía su alrededor para corroborar si alguien la había llamado, obviamente no había nadie.
Cuando se agachó por sus llaves, me quedé viéndola totalmente embobado y moví un poco mi cabeza para ver más de la cuenta debajo de aquella falda azul marino.
“Basta” me regañé a mí mismo.
Volví a poner mi atención en ella, abría la puerta de su auto y se metía en él, como dije, me encantaba hacerla enojar así que hice que se golpeara la cabeza con la parte alta del auto.
—¡Puta madre! —exclamó enfurecida y sobo su cabeza, miró su mano para verificar si no había sangre
"No haría que sangraras, Zoe" Le recalqué, consciente de que no me oiría.
Mordí mi labio pensando si divertirme un poco más o dejarla en paz. Moví mis ojos mirando alrededor pensando, pero decidí dejarla en paz.
Condujo hasta su departamento.
Cuando por fin llegamos, decidió tomar un baño. Yo me resistí por alejarme de ella en esos momentos, y casi lo logro.