Levanto mi vestido, mostrándole en mi liguero cómo se traba el arma. ─¡Deja de robarme las cosas! ─Exclama, arrebatándomela. ─También debo de protegerme, créeme, no quiero que ellos me estén apartando de tu lado ─declaro, sus ojos me escanean con sorpresa. ─¿Por qué lo dices? ─Inquiere con duda. ─Claro… ¿Quién más será tu problema? Soy tu perfecto problema ─respondo, levantando mi mentón, para sacar de la guantera una navaja que trabo en mi liguero. Él deja salir un suspiro. ─Solo no me hagas las cosas más difíciles ─menciona, guardando el arma de mí. ─Con gusto, Hércules ─digo, no con mucha confianza. A veces no sé de lo que soy capaz y menos para salvarme el pellejo. Bajamos del auto, para que mis ojos vislumbren la fachada del lugar, a mi costado se coloca mi semidiós, p

