Una propuesta de matrimonio quizás era algo pronto para ésta pareja, pero ellos más que nadie habían visto retorcerse al tiempo y cómo puede ser todo tan ligero como una pluma y pasar a la desgracia sincerada por el diablo que corroía y se acrecentaba con lo mismo. Sellar su relación sería el cumplimiento que Daniel le debía a Viscencius, una promesa fiel de que la seguiría y sería su primer y último amor. Alice se encontraba como una niña probándose vestidos de boda mientras Daniel lo esperaba afuera. Ella salió con uno y lo hizo verlo. —¡Se supone que no debo verlos! —¿Porque no lo verías?—preguntó inocente. —Es de mala suerte—espetó la mujer de la tienda. Ella miró a Daniel y se rió ruborizada. —No hay mala suerte en este viaje, ¿no crees? Todo está a nuestro favor, por fin.

