Alice casi a rastras llevó a Jack al Castillo.
—¿Tú quieres tener relaciones conmigo?—inquirió desconfiado Jack.
Ella asintió con la cabeza.
—Al final, nuestra historia no tiene porqué ser trágica...
Él lo pensó y aceptó los besos de Alice.
En ese momento, Alice cambió.
—¡Me mordiste!—exclamó Jack.
—Lo siento, así es más divertido—dijo riendo la otra Alice.
—Tú...
—Soy todo lo que necesitas.
—Quiero el reloj...
Ella lo tira entre los acolchados del Castillo y se sienta sobre él besándolo.
—Lo sé, pero, ¿puede compararse con este momento? Es único, nunca lo hemos tenido.
Él volvió a aceptar las caricias y cuando comenzó a entrar en ella, Alice lo supo, estaba asqueada pero intentaba no demostrarlo, no era como Dadley, pero se sentía indecoroso. Curiosamente su cuerpo había comenzado a retener la memoria de solo un cuerpo distinto al de ella; el de Daniel.
—Debió pasar esto hace mucho—dijo extasiado Jack.
Ella volvió a subirse encima y jugueteaba con su rostro.
—¿Que deseas?
—Pues, no a ti—espetó Jack.
—¿Que? ¿Y porque hicimos el amor?
—Porque teníamos que cerrar esa puerta.
—¿Esa puerta?
—Vamos Alice, como si no lo supieras, el hecho de que fuera prohibido lo hizo más deseable, pero aquí estamos los dos en libertad y no hay cohetes ni tampoco una canción romántica imaginable.
—Para mi sí lo había—dijo ella retocándose la ropa.
—¿Eras virgen?
Ella asintió con mentira.
Él suspiró.
—Supongo que una parte de ti siempre me ha esperado...
Ella asintió con la cabeza cabizbaja.
—Eres como un ángel Alice, y tú lo sabes, todos te deseaban, y yo era uno de ellos, pero luego todo se hizo imposible cuando te encerraron...
—O solo se hizo más fácil que odiaras a mi hermano—espetó enojada.
—Bueno, sí, odiaba a tu hermano por lo que nos hizo, pero por otras cosas...
—Viscencius solo me protegía—exclamó ella abrazándose a si misma.
—Eso no es verdad, él se creía dueño de todos quienes estaban allí.
Alice comenzó a tomar las cosas del Castillo y comenzó a hacerse una cama.
—Estaré contigo hasta el final...
—Sabes que iré a robar los relojes...
Ella asintió.
—Sabes que probablemente tu hermano muera...
Ella volvió a asentir.
—Y ese chico...Daniel, también...
Ella estaba de espalda y suspiró lentamente asintiendo con la cabeza.
Le rezó a Dios y a los cosmos que los chicos encontraran una forma de que pudieran cambiar la historia de Sablyer.
—¿Quieres que suceda de nuevo lo de Sablyer?—preguntó ella inocente.
Jack sonrió afilando su espada.
—Para nada. Quiero que esté tal y como estaba antes de hacerse fuego.
—Quieres que mi hermano te entregue Sablyer...
—Y luego matarlo—espetó.
—¿Porque?
—Porque no hay manera de que Sablyer siga existiendo para mí si su primogénito real está vivo por allí.
—¿No crees que sería mejor si no hay guerra? Me casaré contigo y tendrás mi dote.
—¿Para que tener tu dote si puedo tenerlo todo?—dijo tajante—.Debes saber que esto se hará con los relojes, así que tendrás que pedírselo a tu hermano.
—Sabes que no me los entregaría...
—Sí, si es a cambio de tu vida...
—¿A cambio de mi vida? ¿Me matarías?
Él la miro y pasando por su lado con total tranquilidad asintió con la cabeza.
—No te amo más.
Sus palabras hirieron a la otra Alice más que a la propia Alice, él era quien jugaba con ella y la hacía sentir normal, pero era un interesado, en la fortuna de los Versalles. En estas instancias, ya estaba segura de que no podrían evitar una guerra entre Jack y su hermano.
—Tengo que prepararme—espetó Viscencius en la casa de Daniel.
—¿No crees que Alice pueda persuadirlo?
—Conozco la mirada de Jack, lo he visto enamorado de ella...
—¿Y ahora?
Él negó con la cabeza.
—¡Entonces hay que traerla!
—Con una excusa—atisbó a decir Viscencius.
—Pero la entregamos desprotegida...
—Ya sabes que me quiere a mí, a los relojes. Si es inteligente como lo es, no le hará daño a Alice.
—Mira, estoy completamente enamorado de tu hermana y no puedo dejarla otra vez. No otra vez.
—¿Lo dices por lo del anciano que la abusó?
—O cualquier situación donde la exponga, se lo prometí Viscencius...
—Pues no iré allá con los relojes solo por un amorío adolescente, tengo que encargarme de tener armas de tu mundo—espetó.
—¿Hablas de armas, pistolas y esas cosas?
Viscencius asintió.
—Puedo sacarlas bajo mi licencia, pero luego si sucede algo, como la muerte de Jack en el mejor de los casos, iré preso.
—No lo harás, porque iremos a mi tiempo. Es hora de volver a mi hogar...
—¡¿Que?!
—Sí, solo allí estaremos igual a igual.
—¿Y yo que hago?
—Quédate en tu tiempo, libérate. Ésta no es tu guerra.
—Lo es si Alice está de por medio.
—Por Dios, hay miles de chicas, ¿porque mi hermana?
—No sé, quizás porque hay millones de chicas pero ninguna es ella, justo por eso. Porque ella no ve las cosas como el montón de chicas, ni luce, ni erradia la misma luz que las demás chicas...
Viscencius se lleva la mano a la cabeza.
—Podrías estropearlo todo.
—¿Porque lo haría?
—¡Porque no es tu tiempo!
—Eso no es justo. Alice y tú entraron en mi vida sin ser de este tiempo y le dieron un giro de ciento ochenta grados. Mis planes para el futuro ya no son los mismos, no puedo volver atrás.
—¿Y cuales son tus planes para el futuro ahora?
—Alice.
Viscencius rió con ironía.
—¿Mi hermana es tu futuro?
Daniel asintió con orgullo.
—¿Crees que el amor es casarse en un arrebato de estupidez? No entienden el amor, porque no saben lo que es no poder perder al otro y seguir visualizando un futuro...
—¿Y eso te pasó a ti, cierto?
—Para las personas como yo, no estaba permitido el amor.
—¿Porque?—insistió Daniel.
—Porque había status...
—Y ella no era de la nobleza—atinó Daniel.
Viscencius miró hacía otro lado.
—Hay muchas mujeres en el mundo, y si tienes la oportunidad de enamorarte, hazlo, pero siempre ten en cuenta que hasta el amor es un plan en la vida, y hay planes que no pueden realizarse.
Daniel entendió a Viscencius, y aunque estaba preocupado por Alice, vio que Viscencius había amado a alguien antes y por eso quizás no quería que Alice se enamorase de un asesino o de una mala persona. Entendió entonces, que todo el tiempo Viscencius dedicó a su hermana y a que ésta, ingenua e infantil, esté sujeta a la tierra, aunque él tuviera que ser quien la mantenga en la tierra.