Mientras que se terminaba el tiempo de los hermanos en el mundo moderno, Daniel jugaba mejor y ya no lo sentaban en la banca. Su padre lo veía orgulloso, aquello debía ser el fruto de tanto entrenamiento, aunque lo cierto es que era el periodo donde su hijo menos había entrenado.
—Sabía que llegarías lejos—espetó en el auto a Daniel.
—No es nada, no soy el mejor del equipo—dijo tocándose la nuca.
—¡Tres universidades quieren becarte! Eso es más que solo nada...
Daniel no contestó.
—¿Porque tan callado? ¿No estás feliz? Ha sido tu sueño toda la vida—dijo arrancando el auto.
—O el tuyo—murmuró viendo a la ventana.
Su padre puso mala cara y le pidió que repitiera lo que dijo.
—Vamos, hazlo—insistió.
Daniel no quiso decir nada hasta que llegaran a casa, y cuando lo hicieron solo se sentó en el sofá tendido mirando su celular.
—¿Puedes creerlo? ¡No le importa su futuro!—comentó a su esposa entrando detrás.
—¿Porque lo dices?—preguntó ella.
—No lo da todo en el campo, es bueno pero no se esfuerza y tampoco parece importarle las universidades.
Su madre se sentó dejando un té de lado.
—¿Que sucede, cariño?—le preguntó a Daniel apartándolo de su celular.
—Estoy pensando en mi presente, no se lo que haré en el futuro...
—¿Esto es por esa jovencita y su hermano?
—No, ellos se irán de aquí pronto—mintió él cabizbaja.
—¿Entonces?—insistió su madre.
—No quiero esa presión, no sé que sucederá mañana, ¿saben? Quizás el futboll no es mi vida.
—Haz entrenado para eso toda tu vida—replicó su padre.
—¡Porque era divertido! ¡Pero lo era contigo!—exclamó Daniel.
—¿Que estás diciendo?
—Lo que digo papá, es que quizás exista una mínima posibilidad de que quiera hacer otras cosas—exclamó.
Su padre salió al patio de un portazo.
—Se lo he dicho, madre, no voy a vivir una vida que no quiero—espetó Daniel por último y subiendo a su cuarto.
—Cámbiate, iremos de compras—le dijo rápidamente a Alice apenas la vio.
Ella se cambió y salieron por la ventana, fugándose, ella no preguntó mucho y solo lo siguió, tomaron el auto de su madre y luego dieron un viaje que terminó en una tienda, en una tienda de vestidos de novia.
—¿Que es esto, Daniel?—preguntó ella extrañada.
—Compraremos el vestido más estúpidamente hermoso, y nos casaremos—espetó él.
—¿Y mi hermano? ¿Y tus padres?
—Solo tú y yo.
—¿Porque?
—Porque siento que se acaba el tiempo, y no quiero que te vayas a ningún lado sin ser mi esposa. No quiero que pasemos una guerra sin que seas mi esposa. No quiero tener que discutir con mis padres sobre quien eres para mí, estoy agotado de mentir Alice...solo te quiero a ti.
Ella lo besó con lágrimas en los ojos y ambos bajaron a escoger un vestido.
No le gustaban los vestidos que la hacían ver una mujer, y como tal y como era Alice, eligió un corte princesa. Pero su vestido no era blanco, ni tampoco marfil, era rosa. Rompiendo todas las reglas del universo, buscaron una iglesia y un cura que los case, y cuando lo encontraron todo se hizo más fácil.
Ambos estaban unidos con sus manos, se miraron y lo supieron, el amor no sabe de tiempos.
Ella dio el sí y él también y volvieron a casa entrando a las corridas por la puerta dirigiéndose a su cuarto que cerró con llave riendo a pulmón.
Sus padres lo vieron sorprendidos desde la cocina.
—¿Viste eso?—refunfuñó el padre.
—Cosas de jóvenes—sonrió la madre volviendo a tomar su té.
Ambos se arrancaron la ropa como si no hubiera un mañana y se besaban como si fueran amantes clandestinos, y allí al menos por ese momento, no existieron las diferencias de tiempo, ni las universidades, ni el peligro de Jack. Una vez que se abrazaron, lo supieron, Jack no sería un problema. Ambas Alice por fin concordaron en algo; ambas amaban a Daniel.
Ambos se durmieron, hasta que Viscencius tocó la puerta y Daniel se cubrió y fue a abrirla.
—Te casaste con mi hermana—dijo mirándolo seriamente al ver a su hermana con un vestido de bodas.
—No tuve tiempo de pedirte su mano—dijo Daniel despreocupado.
—Eso es genial, porque ya acabaron los tiempos de paz...
—¿A que te refieres?
—A Jack, está afuera ahora mismo.
Daniel miró por la ventana y sí, efectivamente era Jack.
—Solo tenemos una ventaja sobre él...
—Los relojes...atisbó Daniel.
—Pero también a Alice.
—No voy a mandar a mi esposa con otro hombre.
—Es la única opción, ¿cierto?—dijo Alice entrometiéndose.
—No es necesario esto amor...
—Sabes que tu otra Alice es la única en la que confía Jack—dijo Viscencius mirando a Daniel—.Es mi hermana, tampoco quiero que vaya, pero ¿que nos queda? Debemos entretenerlo.
—¿Hasta cuando, Viscencius? ¿Entretenerlo?
—Hasta saber sus planes—insistió Alice.
—¿Y solo eso?
Alice lo tomó de las manos y lo miró fijamente.
—Tenemos que saber que es lo que quiere, y eso solo lo sabremos si alguien se acerca a él, y si algo sé de la tragedia de Sablyer es que fue porque él me amaba. No me lastimará, no por lo menos en este mundo, no sin saber que planeas tú o mi hermano.
—Pero no irás con los relojes—espetó Viscencius.
—Le diré que puedo robárselos. Con eso ganaré más tiempo.
—No quiero perderte—soslayó Daniel—.Pusiste mi mundo de cabeza Alice, y daría todo lo que tengo por ti, abandonaré todo mi futuro planeado solo por ti, ¿porque tienes que ser tú?
Ella lo besó y lo abrazó.
—Porque alguien también me amó.
—Solo una parte—murmuró él.
—Quizás, o quizás si me amó alguna vez, pero el odio pudo más—repitió.
—Pero estaremos de guardia, si él te hace daño, el plan se deshace e iremos por ti, Alice.
—Puedo manejarlo—dijo dirigiéndose a Viscencius.
Y ella fue, con su vestido de boda, como una criatura virginal a interrumpir el mundo y los planes de Jack que estaba fuera de la casa de Daniel.
—¿Que haces aquí?
—Así que aquí se ocultan...
—Solo yo—respondió cabizbaja Alice.
Jack la miró y notó su vestido de boda.
—Supongo que arruiné tu luna de miel.
—Iré contigo—dijo epítome con una lágrima derramándose—.Me entregaré a ti y te cumpliré en lo que sea.
—No me sirves—espetó él.
—¿Que?
—Lo que escuchas, no te amo más Alice.
—¿Y que buscas entonces?
—Los relojes.
—¿Y cómo sabes que los tenemos?
—Porque deben tenerlo, si no lo tienen ustedes, ¿quien más?
—Ha pasado mucho tiempo...
Jack carcajeó.
—Te entregaron en vano.
—¿Alguna vez no nos amábamos?
Él asintió con la cabeza.
—Ha pasado mucho tiempo...—replicó él.
Jack la toma de la cintura y la lleva al Castillo, sabía que en algún momento cederían, que Viscencius en algún momento le daría la entrega de los relojes y que volverían a lo que era Sablyer antes de la tragedia, y entonces lo mataría y robaría sus riquezas, como en la tragedia, pero sin destruir el Castillo.