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Sol a medianoche

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Blurb

En un mundo donde las coronas se sostienen con sangre y los imperios se gobiernan desde las sombras, el destino no se elige… se impone.

Él es el heredero de una dinastía inmortal: frío, implacable, acostumbrado a dominar territorios y voluntades. Durante siglos ha construido un imperio donde la realeza y la mafia se entrelazan, y el amor no es más que una debilidad que nunca se ha permitido sentir… hasta ahora.

Ella es el precio de un pacto. Entregada como sacrificio para sellar una alianza ancestral, llega a su vida sin intención de obedecer. No es una princesa indefensa, sino una mujer que ha aprendido a sobrevivir entre traiciones, ocultando su verdadera fuerza tras una aparente sumisión.

Él la ve como una obligación.

Ella lo ve como un tirano.

Pero en un mundo de lujos prohibidos, secretos ancestrales y lealtades que se compran con sangre, el mayor peligro no está en sus enemigos… sino en la atracción que crece entre ellos.

Porque odiarse es fácil.

Desearse… es inevitable.

Y cuando el destino los ata, solo queda una pregunta:

¿Sobrevivirá la dinastía… cuando sus dos piezas clave están dispuestas a destruirse?

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capítulo 1: linaje de sombras
La sangre sintética tiene un sabor a traición. Es metálica, insípida y carece por completo del rastro de miedo que hace que la sangre viva sea un manjar. Dejé que el líquido se deslizara por mi garganta mientras observaba, desde el balcón de mi ático en el centro de la ciudad, el hormiguero humano allá abajo. Luces de neón, coches que rugen con motores de combustión y millones de latidos acelerados que no saben que su existencia depende de mi aburrimiento. Para ellos, este es el año 2026. Para mí, es solo otro ciclo de decadencia en una línea de tiempo que he visto repetirse hasta el hastío. He visto ciudades alzarse sobre cenizas y volver a ser polvo, y siempre, en el centro de todo, el mismo vacío en el pecho. —Estás de un humor especialmente agrio esta noche, Mihai. No me molesté en ocultar mi desprecio. La puerta de seguridad se había abierto sin emitir un solo sonido, pero el hedor a incienso y ambición que siempre acompañaba a Velarius me avisó de su presencia mucho antes de que cruzara el umbral. Escuché sus pasos rítmicos sobre el suelo de mármol n***o. Velarius, mi Gran Senescal, el único que aún se atrevía a pronunciar mi nombre sin que su lengua se entumeciera por el terror. —El mundo huele a sudor y a desesperación, Velarius —respondí sin mirarlo. Mi voz no era humana; era un roce de lápidas, fría y desprovista de cualquier calor—. ¿Por qué debería estar de buen humor cuando mi propia corte me obliga a respirar el mismo aire que estos primates? Velarius se colocó a mi lado. Él era de los pocos que recordaba cómo se sentía la verdadera monarquía, antes de que tuviéramos que disfrazar nuestro poder con empresas de fachada y redes de influencia que los humanos llaman "mafia". Aunque era siglos más joven que yo, su lealtad era lo único que mantenía este reino unido mientras yo me dedicaba a contemplar el abismo. —Te traigo una realidad que ni siquiera tú puedes ignorar con tu cinismo —dijo Velarius, extendiendo una carpeta de piel negra sobre la barandilla de mármol—. Se acabó el tiempo de las excusas, Mihai. El Consejo ha sido paciente, pero el invierno geopolítico se acerca. —¿Otra lista? —Solté una risa seca, un sonido tétrico que habría hecho que a cualquier mortal se le detuviera el corazón—. ¿Cuántas veces vamos a jugar a esto, Velarius? En los últimos cien años me has traído este mismo fajo de papeles con diferentes rostros y el mismo resultado: nada. Mi paciencia es tan larga como mi vida, pero mi tolerancia a la insolencia tiene un límite. —Esta vez es distinto. El registro ha sido exhaustivo —Velarius abrió la carpeta. Dentro no había hologramas, sino fotografías impresas en alta resolución, perfiles psicológicos y análisis de laboratorio—. Son veinte. Todas han cumplido los veintiuno esta semana. Todas pertenecen a familias que han jurado lealtad a la corona Draslov por generaciones. Están educadas, refinadas... y listas para ser entregadas al Rey. Deslicé la vista por las fotos con una desidia que rayaba en el asco. Rostros de porcelana, ojos vacíos de experiencia, cuellos largos y expuestos. No veía mujeres; veía ganado decorado con joyas y apellidos antiguos. —Veinte corderos para un lobo que ya no tiene hambre —dije, cerrando la carpeta con un golpe violento que hizo eco en el balcón—. Es patético. Estas niñas no durarían una noche en mi mesa sin quebrarse, y mucho menos podrían engendrar algo que valga la pena llamar heredero. Sabes mejor que nadie que la biología de un Purasangre de mi edad es... selectiva. Velarius suspiró, un sonido que denotaba una fatiga similar a la mía, pero por razones distintas. —No se trata de lo que desees, se trata de lo que la supervivencia exige. Eres un Purasangre milenario, Mihai. Tu simiente es un arma de doble filo: es una de las más poderosas que existen, pero es estéril por naturaleza a menos que sea fecundada por tu consorte predestinada. No puedes simplemente "tener un hijo" con cualquier noble que elijas por capricho político. Sin ese vínculo de sangre, sin esa conexión que el destino forja, tu linaje morirá contigo. Y con él, la estabilidad de este mundo. —El destino es la excusa de los que no tienen voluntad —escupí, dándole la espalda a la ciudad para encararlo—. Me pides que busque una aguja en un pajar de carne y hueso. —Te pido que protejas lo que construimos —replicó Velarius con una firmeza que solo él podía permitirse—. Los Colmillos de Fenrir han roto el tratado de neutralidad en el Sector 4. Los cambiaformas están ganando territorio porque huelen nuestra debilidad. Saben que la silla del heredero está acumulando polvo. Saben que, si mueres mañana en un atentado o por puro cansancio de vivir, la Mafia de las Sombras se despedazará en una guerra civil. Los lobos son criaturas de manada; si no ven un sucesor fuerte, atacarán. Me acerqué a él, dejando que mi aura se expandiera. El aire en el balcón se volvió pesado, gélido, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Velarius se erizara. Mis ojos, inyectados en una oscuridad que no reflejaba la luz de la ciudad, se clavaron en los suyos. —Que vengan —susurré, y por primera vez en la noche, mis colmillos presionaron mi labio inferior—. Me encantaría arrancarles la columna vertebral a unos cuantos perros para recordarles por qué los Draslov gobernamos cuando ellos aún se lamían las heridas en cuevas. Me importa poco la "geopolítica" si tengo que pagarla con mi libertad personal. —No puedes matar a todo el mundo, Mihai. Incluso tú te quedarías sin pueblo o sin enemigos a los que reinar —Velarius mantuvo la calma, aunque vi el leve temblor en sus dedos sobre la carpeta—. El Consejo no aceptará más retrasos. Si no eliges a una de estas veinte para la ceremonia de percepción, ellos intervendrán. Y sabes lo que eso significa: elegirán a la hija de algún consejero ambicioso y te obligarán a consumar un vínculo que te convertirá en su marioneta. Tomé la carpeta de nuevo, esta vez con una lentitud sádica. Empecé a hojear los perfiles otra vez. Nombres como Von Hess, Romanov... apellidos que olían a dinero viejo, a pureza obsesiva y a traiciones antiguas. Todas eran pálidas, de rasgos finos, casi traslúcidas en su perfección aristocrática. Pero entonces, mis dedos se detuvieron. Había una ficha casi al final del fajo. A simple vista, parecía una más, pero mi visión, capaz de detectar matices imperceptibles para el ojo humano, notó algo extraño. Su piel no tenía esa palidez cadavérica de los Purasangre; tenía un tono más cálido, más terrenal, como si el sol hubiera dejado una huella que no se borraba con el tiempo. Sus ojos no eran del azul gélido o el gris tormenta habitual en nuestra especie, sino de un n***o profundo que parecía quemar el papel. —¿Quién es esta? —pregunté, mi voz bajando un octava. Velarius se tensó imperceptiblemente. Su ritmo cardíaco saltó una pulsación. Lo cacé al vuelo. —Una candidata de una de las casas menores de la periferia —respondió él, demasiado rápido—. No es relevante. Probablemente ni siquiera pase la prueba de compatibilidad inicial. Sus ancestros tuvieron... roces con líneas menos puras hace siglos. Un error en el registro, supongo. Deberías centrarte en las primeras cinco, son de linaje impecable. —Un error —repetí, pasando el pulgar por el borde de la fotografía. La mujer en la foto no posaba con la sumisión ensayada de las otras. No agachaba la cabeza ni ofrecía su cuello con esa obediencia asquerosa que me revolvía el estómago. Ella miraba a la cámara como si estuviera contemplando el cadáver de quien le tomaba la foto. Había un odio puro, una resistencia que vibraba incluso en el papel. Era una mestiza. Velarius lo sabía y estaba intentando ocultarlo, quizás para evitarme el insulto de presentarme a alguien de sangre impura, o quizás porque sospechaba algo que yo aún no alcanzaba a comprender. —Es oscura —comenté, observando el contraste de su piel con el fondo blanco—. Demasiado... viva para este cementerio de damas. —Es una anomalía, Mihai. Olvídala. Mañana a medianoche, las veinte estarán en la recepción de la corte. Las de linaje puro estarán en primera fila, como dicta el protocolo —Velarius empezó a retirarse, dándome la espalda para ocultar su alivio—. No espero que te enamores. Solo espero que marques a una y asegures nuestra supervivencia. Hazlo por el reino, si no puedes hacerlo por ti mismo. Velarius se retiró, dejándome de nuevo con el murmullo de la ciudad. El silencio que quedó era pesado, cargado con el olor de las mentiras de mi mano derecha. Él sabía que yo jamás aceptaría a una mestiza. En nuestra sociedad, la pureza es el cimiento de la mafia, la garantía de que nuestros poderes no se diluyan con la debilidad humana. Pero esa mujer... esa mirada de desprecio absoluto hacia la cámara era lo único interesante que había visto en décadas. Me quedé mirando su foto bajo la luz de la luna llena que se filtraba entre los rascacielos. Ella era el sacrificio, el cordero que el sistema había arrojado a mis pies para calmar al Consejo. Pero había algo en la forma en que su sangre, aunque "manchada", parecía gritar a través de la imagen. Bebí el último sorbo de mi copa. La sangre sintética seguía sabiendo a nada. Estaba harto de lo artificial, de lo perfecto, de la obediencia y de las listas de Velarius. —Así que tú eres la que no debería estar aquí —murmuré, dejando que una sonrisa gélida y depredadora curvara mis labios—. Una lástima para ellos. Mañana, el rey recibiría a su corte. El ritual de percepción comenzaría, y el mundo sobrenatural esperaría que yo eligiera a una reina de cristal. Pero mi sangre milenaria, esa que Velarius decía que necesitaba una llave, acababa de reaccionar por primera vez en siglos. No ante la pureza, sino ante el fuego de una mestiza que probablemente preferiría matarme antes que darme un heredero. El destino era una broma de mal gusto, pero si iba a ser obligado a perpetuar este linaje de monstruos, al menos quería a alguien que tuviera las garras lo suficientemente afiladas como para intentar degollarme en el proceso.

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