Lia Las piernas todavía me temblaban. Ni siquiera en mis más locos pensamientos se me hubiese ocurrido alguna vez hacer el amor con Alonzo Conte dentro de un museo lleno de gente. Ahora me quedaba claro que siempre había una primera ocasión para todo. Mientras volvíamos a la sala principal, en donde se llevaría a cabo la subasta previa a la inauguración de la nueva exhibición, me pregunté si todo era producto de mi imaginación. Alonzo me tomó de la mano para cruzar todo el salón hasta llegar a la mesa que se nos asignó. Nuestros dedos se entrelazaron, captando la mirada de Angelo y Emiliana, quienes ya se encontraban allí. –¿Lo ves? –escuché a la morena susurrarle a su esposo– Te dije que se tenían que arreglar a solas, que vendrían más tranquilos. Angelo asintió con disimulo. Deb

