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EL ÚLTIMO VUELO DEL VOLCÁN (Una historia de terror absoluto)

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DESCRIPCIÓN DE EL ÚLTIMO VUELO DEL VOLCÁN Ambientada en las laderas del Popocatépetl, esta historia de terror absoluto sigue a cuatro científicos que descubren que el famoso volcán mexicano es mucho más que una formación geológica: es la guarida de los "Vigilantes del Fuego" – seres ancestrales que han dormido bajo tierra durante miles de años y ahora se preparan para despertar para alimentarse de la energía vital del mundo. Sofía, Carlos, Ana y Javier deben enfrentarse a estas criaturas de lava y fuego, desvelar secretos olvidados por las culturas prehispánicas y encontrar una manera de detener su avance destructivo. Lo que comienza como una lucha por la supervivencia se convierte en un viaje hacia la comprensión, cuando descubren que el futuro del planeta no pasa por la destrucción, sino por un pacto de coexistencia entre humanos y los seres del subsuelo, forjando un legado que transformará al mundo para siempre.

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PARTE I: EL LLAMADO
CAPÍTULO 1: EL MENSAJE El sol se ocultaba detrás del Popocatépetl, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rojos que parecían sangre derramada sobre la montaña. En la pequeña estación meteorológica de Amecameca, cuatro personas miraban la pantalla del radar con expresiones de incredulidad y miedo. Sofía Castro (32 años, mujer): Científica volcanóloga, líder del equipo. Había pasado diez años estudiando los volcanes de México, pero nunca había visto nada igual. Carlos Márquez (35 años, hombre): Técnico en comunicaciones y sistemas. El cerebro detrás de todos los equipos de monitoreo de la estación. Ana Torres (29 años, mujer): Geóloga especializada en estructuras subterráneas. Había venido de España para participar en el proyecto. Javier Reyes (38 años, hombre): Piloto y explorador aéreo. Responsable de los vuelos de reconocimiento sobre el volcán. El radar mostraba algo imposible: debajo del cráter del Popocatépetl, una masa de forma irregular se movía con una velocidad que ningún fenómeno geológico natural podría alcanzar. Además, las lecturas de gases eran completamente anómalas – niveles de sulfuro de hidrógeno que deberían ser letales para cualquier forma de vida, pero que parecían estar alimentando algo. – Esto no tiene sentido – dijo Sofía, pasando una mano por su cabello castaño desordenado –. Las corrientes magmáticas no se mueven así. Y esos niveles de gas... es como si algo estuviera respirando allí abajo. Carlos ajustó los controles del equipo, intentando encontrar algún error en la medición. – Los sistemas están funcionando perfectamente – confirmó con voz temblorosa –. He revisado los datos tres veces. Y lo peor es que no es solo el radar – señaló otra pantalla –. Las cámaras térmicas muestran patrones de calor que parecen... estructuras. Como pasillos, o habitaciones. Ana se acercó hasta la pantalla de térmica, analizando cada detalle con los ojos entrenados de la geóloga que era. – Las rocas alrededor del volcán son de miles de años – dijo –. No hay forma de que existan cavernas artificiales en esas profundidades. Los equipos de perforación que hemos usado nunca han detectado nada así. ¿Podría ser un fenómeno de cristalización o algo similar? Javier negó con la cabeza, fumando un cigarrillo con nerviosismo – algo que rara vez hacía en la estación. – Ayer hice un vuelo de reconocimiento sobre el cráter – dijo, soltando un humo azulado –. Vi algo que no debería estar ahí. Una especie de puerta tallada en la roca, justo en el borde interno del cráter. Tenía símbolos grabados en ella – nada que se parezca a ninguna cultura prehispánica que conozca. Y cuando pasé cerca, el avión comenzó a fallar. Los instrumentos se volvieron locos, y escuché... voces. Como si alguien estuviera hablando en una lengua que no existiera. Sofía cogió su chaqueta y las gafas de seguridad. – Tenemos que ir hasta allí – dijo con decisión –. Si hay algo en el volcán que pueda representar un peligro para las poblaciones cercanas, debemos averiguar qué es lo antes posible. Javier, ¿puedes volarnos hasta el cráter mañana temprano? – El clima no es favorable – respondió el piloto –. El servicio meteorológico ha advertido de tormentas eléctricas en la zona. Y con lo que me pasó ayer... no estoy seguro de que sea una buena idea. – No tenemos elección – replicó Sofía –. Los datos muestran que esa masa está acercándose a la superficie. Si llega a salir, no solo Amecameca estará en peligro – será todo el Valle de México. Nos preparamos para salir a las seis de la mañana. Mientras los demás preparaban los equipos necesarios, Sofía se quedó sola en la sala de monitoreo, mirando la imagen del volcán en la pantalla. El Popocatépetl – el "montaña que humea" – había sido venerado y temido por los pueblos de México desde tiempos inmemoriales. Los antiguos creían que era un guerrero convertido en montaña, esperando a su amada Iztaccíhuatl. Pero ahora, Sofía comenzaba a preguntarse si esas leyendas no eran más que una forma de explicar algo mucho más antiguo y aterrador que dormía bajo la tierra. A la medianoche, mientras todos dormían, los equipos de comunicaciones comenzaron a emitir un sonido estridente. Carlos se despertó con sobresalto y corrió hasta la sala, encontrándose con que las pantallas estaban llenas de símbolos que coincidían con los que Javier había visto en la puerta del cráter. Y desde los altavoces salía una voz grave y gutural, que parecía provenir de lo más profundo de la tierra: "El sueño ha terminado. Los hijos del fuego volverán a la superficie. Quienes se interpongan serán consumidos." Carlos intentó apagar el sistema, pero los controles no respondían. La voz continuó, ahora en español, con un acento antiguo y extraño: "Sofía Castro. Carlos Márquez. Ana Torres. Javier Reyes. Conocéis vuestros nombres. Sabéis lo que tenéis que hacer. Venid al cráter cuando el sol comience a salir. Solo así podréis evitar que el mundo se queme." El sistema se apagó de repente, dejando a Carlos solo en la oscuridad, con el sudor resbalándole por la frente. Sabía que mañana no sería un simple viaje de reconocimiento – estarían entrando en territorio que no pertenecía a los humanos. CAPÍTULO 2: EL VUELO HACIA EL CRÁTER A las seis de la mañana exactamente, el pequeño avión de reconocimiento despegó de la pista improvisada de la estación. El cielo estaba cubierto de nubes grises, y el viento azotaba el fuselaje con fuerza. Javier mantenía el control del aparato con dificultad, mientras Sofía vigilaba los instrumentos, Ana analizaba las lecturas geológicas y Carlos intentaba mantener las comunicaciones abiertas. – Las nubes están demasiado densas – dijo Javier, mirando por el parabrisas –. No puedo ver el cráter. Tendré que bajar la altitud, pero es peligroso – hay rocas y ceniza flotando en el aire. – Haz lo que tengas que hacer – respondió Sofía –. El dispositivo de geo-localización muestra que estamos muy cerca. De repente, el avión comenzó a temblar con violencia. Los instrumentos se volvieron locos, y el motor emitió un sonido gutural como si estuviera a punto de fallar. – ¡Qué demonios está pasando! – gritó Carlos, agarrándose a su asiento –. Las comunicaciones se han ido al traste, y el GPS no funciona. Ana miró la pantalla de su portátil, donde aparecían las lecturas de los sensores que llevaban instalados. – Los niveles de gas están aumentando rápidamente – dijo con voz baja –. Y hay vibraciones subterráneas que no corresponden a actividad volcánica. Es como si algo estuviera cavando hacia arriba. De pronto, las nubes se abrieron, revelando el cráter del Popocatépetl. Pero no era el cráter que conocían – el borde interno estaba cubierto de esos símbolos extraños, y en el centro, justo donde debería estar el lago de lava, se alzaba una estructura de roca negra brillante, con la puerta que Javier había visto el día anterior abierta de par en par. Desde dentro salía un humo oscuro y viscoso, que parecía tener vida propia. – ¡Allí está! – gritó Javier, dirigiendo el avión hacia la estructura –. Pero cuidado – el aire alrededor está lleno de turbulencias. El avión descendió hasta unos pocos metros sobre la entrada, y Sofía pudo ver los detalles de la puerta: era de un metal desconocido, n***o como la obsidiana, con grabados que representaban seres con cuerpos humanos y cabezas de pájaros de fuego. En la parte superior, había una inscripción en la misma lengua extraña que habían escuchado la noche anterior. – ¿Podemos aterrizar cerca? – preguntó Sofía. – No hay lugar seguro – respondió Javier –. La roca está caliente y inestable. Lo mejor que puedo hacer es dejaros en el borde del cráter y volver por vosotros en dos horas. Si no os veo en ese tiempo, llamaré a las autoridades. – No hagáis eso – dijo Ana, con una expresión seria –. Si esto es lo que creo que es, las autoridades no podrán hacer nada. Tenemos que resolverlo nosotros mismos. Javier aterrizó el avión con dificultad en una pequeña plataforma de roca en el borde del cráter. Los cuatro bajaron con sus mochilas cargadas de equipos, agua y provisiones. El aire estaba caliente y cargado de olor a azufre. Desde la entrada de la estructura salía un susurro constante, como si miles de voces estuvieran hablando al mismo tiempo. – Mantenerse juntos en todo momento – ordenó Sofía –. Carlos, lleva el detector de gases y el equipo de comunicaciones. Ana, los sensores geológicos. Javier, el arma de fuego y la linterna de alta potencia. Yo me encargaré de documentar todo y tomar muestras. Se acercaron hasta la puerta, y el susurro se hizo más fuerte. Ahora podían distinguir palabras en español, en náhuatl, en otras lenguas que no reconocían. Habían sido pronunciadas por voces de hombres, mujeres y niños, todas ellas llenas de dolor y desesperación. "No entren..." – susurró una voz femenina – "No os dejeis atrapar..." "El fuego nos consume..." – dijo otra, de un niño – "Siempre consume..." Javier encendió la linterna de alta potencia y la dirigió hacia dentro de la estructura. El pasillo que se abría delante de ellos era de roca tallada, con paredes cubiertas de los mismos símbolos que la puerta. El techo era alto, y en el centro había una especie de canal por el que bajaba un líquido rojo y brillante, como sangre caliente. – Este pasillo no es natural – dijo Ana, pasando su mano por la pared –. La roca ha sido tratada con algo que la ha endurecido y pulido. No hay herramientas modernas que puedan hacer esto. – Y el líquido del techo – añadió Carlos, analizándolo con su detector –. No es lava, ni ningún mineral que conozca. Tiene componentes orgánicos... como si fuera sangre de algún ser gigante. Sofía cogió su cámara y comenzó a tomar fotografías. – Seguimos adelante – dijo –. Tenemos que llegar al centro de esta estructura y averiguar qué está pasando. Si podemos encontrar la fuente de esa masa que se mueve en el radar, tal vez podamos detenerla. Comenzaron a caminar por el pasillo, con la linterna iluminando el camino. El susurro seguía a sus espaldas, y ahora parecían oír pasos detrás de ellos – pasos pesados, con un ritmo lento y constante, como si algo enorme los estuviera siguiendo. Javier se giró rápidamente, apuntando con su arma hacia la entrada, pero no había nada allí. Solo el pasillo vacío y el humo oscuro que se movía lentamente hacia adentro. – Seguro que era el eco de nuestros propios pasos – dijo Sofía, aunque su voz no sonaba segura –. Seguimos avanzando. CAPÍTULO 3: LAS SALAS DE LOS MUERTOS Después de caminar durante unos veinte minutos, llegaron a una sala grande y circular. En las paredes había nichos tallados en la roca, cada uno de ellos ocupado por un cuerpo momificado, con vestimentas que parecían ser de diferentes épocas – desde ropas prehispánicas hasta prendas modernas. En el centro de la sala había un altar de metal n***o, con un objeto brillante en su superficie. – Dios mío – susurró Ana, acercándose hasta uno de los nichos –. Estos cuerpos no están momificados por el calor o la sequedad. Han sido tratados con el mismo líquido que bajaba por el techo del pasillo. Mirad – señaló el cuello de una de las momias –. Tienen marcas en la piel, iguales a los símbolos de la puerta. Carlos analizó el objeto del altar con su detector. Era una esfera de metal n***o, con símbolos grabados en su superficie que parecían moverse cuando los miraban directamente. – Este objeto está emitiendo ondas electromagnéticas muy poderosas – dijo –. Es como si fuera un transmisor, o un generador de alguna clase de energía. Y las lecturas de radiación... están por encima de los límites seguros, pero no es radiación ionizante. Es algo diferente. Mientras hablaban, los cuerpos en los nichos comenzaron a moverse. Sus ojos vacíos se abrieron, y emitieron un grito gutural que resonó en toda la sala. Uno por uno, comenzaron a salir de sus nichos, moviéndose con lentitud pero con una determinación aterradora. – ¡Corred! – gritó Javier, disparando con su arma contra uno de los cuerpos. El proyectil atravesó la momia, pero no tuvo ningún efecto – el ser continuó avanzando hacia ellos. Los cuatro corrieron hacia una puerta que había en el otro lado de la sala, cerrándola con fuerza detrás de ellos. La puerta era de madera gruesa, pero los golpes de los seres momificados la hacían temblar con cada impacto. – No vamos a poder aguantar mucho tiempo – dijo Carlos, intentando reforzar la puerta con una barra de metal que encontró en el suelo –. Tenemos que encontrar otro camino. Sofía encendió su linterna y miró alrededor. Estaban en otro pasillo, más estrecho que el anterior, con paredes cubiertas de pinturas que representaban escenas de destrucción: ciudades quemadas, montañas explotando, seres de fuego descendiendo del cielo sobre los humanos. – Estos dibujos cuentan una historia – dijo Ana, analizándolos con atención –. Parece que hace miles de años, estos seres llegaron a la Tierra desde otro lugar. Vinieron en naves que cayeron sobre la montaña, y se establecieron bajo tierra. Los antiguos pueblos los veneraron como dioses del fuego, pero en realidad eran depredadores. Se alimentaban de la energía de los humanos, y cuando no había suficiente, se iban a dormir, esperando el momento en que pudieran volver a alimentarse. – Y ese momento es ahora – añadió Sofía –. La actividad volcánica que hemos observado en los últimos años no es natural. Es el despertar de estos seres. Están preparando el terreno para salir y consumir todo lo que encuentren a su paso. Los golpes en la puerta se hicieron más fuertes, y se oyó un crujido como si la madera estuviera a punto de romperse. Javier cogió a Sofía del brazo y la llevó hacia un pasillo lateral que habían visto. – Por aquí – dijo –. No tenemos tiempo que perder. Caminaron durante varios minutos por pasillos cada vez más estrechos y oscuros. El aire se hacía más caliente a cada paso, y el olor a azufre y carne quemada era insoportable. De repente, llegaron a una sala donde el techo se abría hacia arriba, revelando el cráter del volcán y el cielo cubierto de nubes grises. En el centro de la sala había una plataforma de metal n***o, conectada a una serie de tuberías que bajaban hasta lo más profundo de la tierra. Y encima de la plataforma, se alzaba una figura enorme, cubierta de escamas negras y brillantes, con ojos de fuego y alas que parecían estar hechas de lava fundida. Era el ser que los antiguos habían llamado "Hijo del Volcán". PARTE II: EL DESPERTAR CAPÍTULO 4: EL HIJO DEL VOLCÁN El ser se giró hacia ellos, y sus ojos de fuego los atraparon con una mirada que parecía penetrar hasta lo más profundo de sus almas. No emitió ningún sonido, pero todos los vieron oír su voz en sus mentes, clara y poderosa como un trueno: "Llegasteis tarde, humanos. El sueño ha durado demasiado tiempo. Nuestra hambre es inmensa, y vuestro mundo será el alimento que necesitamos para volver a la grandeza." – ¿Qué eres tú? – preguntó Sofía, aunque su voz temblaba –. ¿Qué

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