...¿Qué quieres de nosotros y de nuestro mundo?"
El ser rio con una voz que sonaba como piedra fundiéndose, y sus alas de lava se movieron ligeramente, liberando calor suficiente para hacer que el aire ondulara.
"Somos los Vigilantes del Fuego, los primeros habitantes de este planeta. Cuando llegaron los primeros seres orgánicos, nosotros ya estábamos aquí, descansando después de consumir el mundo anterior. Nosotros creamos los volcanes como puertas hacia nuestros hogares subterráneos, y alimentamos nuestra energía con el calor del núcleo terrestre. Pero con el tiempo, el calor disminuyó, y tuvimos que entrar en un sueño profundo para sobrevivir."
"Hace miles de años, vuestros antepasados nos encontraron. Algunos nos veneraron como dioses, ofreciéndonos sacrificios para mantenernos dormidos y evitar que consumiéramos su mundo. Pero esos sacrificios cesaron hace siglos, y nuestra hambre ha ido creciendo con cada día que pasa. Ahora el momento ha llegado: despertaremos a nuestros hermanos, y juntos consumiremos todo lo que existe en la superficie para recuperar nuestra fuerza."
Ana avanzó un paso hacia adelante, con la mano extendida como si intentara calmar al ser.
– ¿No hay otra manera? – preguntó con voz firme –. ¿No podemos llegar a un acuerdo? Hay mucho calor en el núcleo terrestre, mucho más de lo que necesitáis para sobrevivir. No tenéis que destruir nada.
El ser rió de nuevo, y esta vez el sonido hizo temblar las paredes de la sala.
"Vuestra ciencia es demasiado limitada para entender nuestras necesidades, pequeña humana. No solo necesitamos calor – necesitamos energía vital, la que emana de los seres conscientes. Vuestro mundo está lleno de ella, y nosotros la consumiremos toda. Los que sobrevivan serán nuestros esclavos, alimentándonos con su energía hasta que no quede nada de ellos."
Mientras hablaba, el suelo comenzó a temblar con violencia. Desde las tuberías que bajaban hasta el subsuelo salió un rugido gutural, como el de miles de seres despertando de un sueño profundo.
– ¡Están despertando! – gritó Carlos, mirando la pantalla de su portátil –. Las lecturas muestran que cientos de esas masas se están moviendo hacia la superficie. Si salen, no habrá nada que podamos hacer.
Javier cogió su arma y la apuntó hacia el ser, aunque sabía que no serviría de nada.
– ¿Qué podemos hacer? – preguntó a Sofía –. Tenemos que encontrar una manera de detenerlos.
Sofía miró alrededor de la sala, analizando cada detalle con la mente de la científica que era. En las paredes había más símbolos, y en una esquina vio una estructura que parecía ser un controlador o una fuente de energía. Al acercarse, vio que tenía los mismos símbolos que la esfera del altar de la sala anterior.
– Ese debe ser el núcleo de su sistema – dijo, señalando la estructura –. Si podemos destruirlo o desactivarlo, tal vez podamos volver a ponerlos a dormir.
El ser entendió lo que ella estaba pensando y se movió hacia ella con una velocidad aterradora. Javier disparó varias veces, pero los proyectiles se desvanecieron antes de llegar a él.
"No podréis detener lo que ya ha comenzado, humana. Nuestro despertar es inevitable."
Ana corrió hacia el ser y lanzó una botella con líquido refrigerante que llevaba en su mochila. El líquido hizo contacto con las escamas del ser, produciendo un vapor blanco y un chillido de dolor. Aunque no lo hirió gravemente, le dio a Sofía el tiempo que necesitaba para llegar a la estructura de control.
– Necesito alguien que me ayude a desactivarla – gritó Sofía, manipulando los controles que no entendía del todo –. Los símbolos deben corresponder a órdenes. Si encontramos la combinación correcta...
Carlos se acercó hasta ella, analizando los símbolos con los datos que había recogido de la esfera.
– Estos símbolos corresponden a frecuencias de energía – dijo rápidamente –. Si podemos ajustarlos para emitir la frecuencia opuesta a la de su despertar, tal vez podamos revertir el proceso. Mira – señaló una serie de botones con símbolos específicos –. Estos deben ser los que controlan el ciclo de sueño y vigilia.
Mientras tanto, Javier y Ana luchaban contra el ser, usando todo lo que tenían a mano – herramientas, equipos, incluso piedras – para distraerlo. El ser los golpeó con su cola de lava, enviándolos volando contra las paredes, pero seguían levantándose para seguir luchando.
– ¡Ya está! – gritó Carlos después de unos minutos –. He encontrado la combinación. Solo falta pulsar el botón final. Pero una vez que lo hagamos, no sé qué pasará. Podría destruirnos a nosotros también.
– Hazlo – dijo Sofía, sin dudar –. Es la única manera de salvar a todos.
Carlos pulsó el botón. En ese instante, toda la estructura se llenó de una luz blanca intensa, y se oyó un rugido que parecía sacudir el propio planeta. El ser emitió un grito de rabia y desesperación, y comenzó a desvanecerse como humo caliente. Desde las tuberías salió un sonido como el de miles de seres regresando al sueño, y la masa que se movía bajo tierra comenzó a retroceder hacia lo más profundo del subsuelo.
La luz desapareció, y los cuatro se quedaron tirados en el suelo, exhaustos y heridos. La estructura de control se había desvanecido, y la sala comenzaba a derrumbarse a trozos.
– ¡Tenemos que salir de aquí! – gritó Javier, ayudando a Sofía a levantarse –. El volcán está a punto de entrar en erupción.
Corrieron hacia la salida de la sala, mientras las rocas caían a su alrededor. El camino de regreso estaba lleno de escombros, pero lograron abrirse paso hasta la puerta principal de la estructura. Al salir, encontraron que el cráter estaba lleno de humo y ceniza, y que la lava comenzaba a salir por los bordes.
– ¡El avión! – dijo Ana, señalando hacia la plataforma donde Javier lo había dejado –. Si podemos llegar hasta allí, podemos escapar.
Corrieron por el borde del cráter, esquivando las corrientes de lava y las rocas incandescentes que caían del cielo. El avión estaba dañado, pero aún funcionaba. Javier lo puso en marcha con dificultad, y despegó justo en el momento en que una corriente de lava cubría la plataforma donde habían estado.
Desde el aire, vieron cómo el Popocatépetl entraba en erupción con una fuerza que nunca habían visto. La lava cubría las laderas de la montaña, pero en lugar de extenderse hacia los pueblos cercanos, se dirigía hacia el centro del cráter, como si fuera atraída por algo en su interior.
– Parece que el proceso se ha revertido – dijo Carlos, mirando los datos en su portátil –. Los seres han vuelto al sueño, y la erupción está sellando la entrada a su guarida. Es como si la montaña misma estuviera protegiéndonos.
Sofía miró hacia abajo, hacia la montaña que había sido el escenario de su peor pesadilla. Sabía que lo que habían visto no era el final – los Vigilantes del Fuego estarían allí, durmiendo, esperando el momento en que pudieran despertar de nuevo. Pero al menos por ahora, el mundo estaba a salvo.
CAPÍTULO 5: LA HERIDA
El avión aterrizó en la pista de la estación meteorológica, que estaba parcialmente cubierta de ceniza. Los cuatro bajaron con dificultad, todos ellos heridos y exhaustos. El jefe de la estación, don Fernando, los esperaba con una ambulancia y un grupo de técnicos.
– ¡Dios mío, chicos! – dijo con voz temblorosa –. Hemos estado tratando de comunicarnos con vosotros durante horas. El volcán ha entrado en erupción, pero... es extraño. La lava no se ha extendido más allá de las laderas. Parece que se ha detenido por sí misma.
– Tenemos mucho que contarte – dijo Sofía, siendo ayudada a subir a la ambulancia –. Pero primero necesitamos atención médica, y luego tenemos que hablar con las autoridades. Lo que hemos encontrado no puede quedar en silencio.
Durante las semanas siguientes, los cuatro fueron hospitalizados y sometidos a múltiples pruebas. Los niveles de radiación y los componentes químicos extraños que habían absorbido no eran letales, pero dejaron secuelas: Sofía tenía episodios de fiebre alta sin causa aparente, Carlos escuchaba voces en su cabeza en momentos de silencio, Ana veía símbolos brillantes en cualquier superficie oscura, y Javier tenía pesadillas en las que volaba sobre un mundo cubierto de fuego.
Las autoridades investigaron el cráter del Popocatépetl, pero no encontraron rastro alguno de la estructura que los cuatro habían visto. La erupción había sellado completamente la entrada, y las muestras de roca que tomaron no mostraban nada fuera de lo normal. Muchos creían que los cuatro habían sufrido un trastorno psicótico debido al estrés y a la exposición a gases tóxicos.
Pero los cuatro sabían la verdad. Y sabían que no podían olvidarlo.
Un mes después de darse de alta del hospital, se reunieron en la estación meteorológica, que había sido reconstruida parcialmente. Sofía había conseguido reunir los datos y las fotografías que habían tomado antes de que la estructura se derrumbara, y ahora los mostraba a los demás en una pantalla grande.
– Estos símbolos aparecen en todas las culturas antiguas de América – dijo, señalando las imágenes –. Los mayas, los aztecas, los incas... todos tenían historias sobre seres de fuego que venían del centro de la Tierra. No eran mitos – eran advertencias.
– Y los datos que recogimos – añadió Carlos –. Aunque las autoridades no los han tomado en cuenta, muestran que hay actividad en el subsuelo que no corresponde a ningún fenómeno geológico natural. Los Vigilantes del Fuego siguen ahí, durmiendo. Y algún día despertarán de nuevo.
Javier encendió un cigarrillo y miró hacia la montaña, que ahora parecía tranquila, con solo un ligero humo saliendo de su cráter.
– Entonces ¿qué hacemos? – preguntó –. Esperamos a que despierten y volvemos a luchar? O hay algo más que podamos hacer.
Ana cogió un libro antiguo que había encontrado en una biblioteca de la Ciudad de México. Era un manuscrito prehispánico, con dibujos y textos en náhuatl que describían los seres de fuego y cómo los antiguos habían logrado mantenerlos a raya.
– Los antiguos tenían un ritual – dijo, mostrando las páginas –. Un ritual que debía realizarse cada cien años para mantener a los seres en sueño. Consistía en ofrecerles una parte de la energía vital de un grupo de voluntarios, suficiente para calmar su hambre pero no suficiente para despertarlos. Pero el ritual se perdió hace siglos, cuando los conquistadores destruyeron la mayor parte de las tradiciones indígenas.
– Entonces tenemos que reconstruir el ritual – dijo Sofía con decisión –. Y tenemos que prepararnos para el día en que los Vigilantes del Fuego despierten de nuevo. No podemos permitir que destruyan el mundo.
Los cuatro acordaron formar un grupo de investigación y preparación, dedicando sus vidas a estudiar los volcanes y las tradiciones antiguas, buscando una manera definitiva de detener a los seres de fuego. Sabían que sería un trabajo peligroso, que muchos no les creerían, y que el riesgo de fracaso era enorme. Pero también sabían que no tenían elección – eran los únicos que conocían la verdad, y por lo tanto eran los únicos