… —¡No puedo creer que lo haya enviado contigo! ¡Esto era un momento de chicas, Jane! —Lo sé —le di un sorbo a mi batido de fresa con banano y vainilla y miré a Lenin. —¡¿En qué mundo una chica necesita un guardaespaldas para medirse un top, un vestido o una braga?!. —resopló. Lenin carraspeó. —En primer lugar —el rubio juntó sus manos al frente sobre la mesa, sonrió de lado con arrogancia y se acercó a mi amiga —. No estoy aquí por usted, pero puedo ayudarle con eso. Me ofrezco a quitarle el vestido, apartar el top y arrancarle la braga… —mi vista viajó a Vanesa, quien estaba con el rostro rojo, morado y fucsia por la vergüenza. Él en verdad sabía hacerla rabiar. Lenin elevó una ceja con victoria y echó su espalda hacia atrás, apoyándose en el respaldo del asiento. —Del maniquí,

