Después de la disculpa por aplanar mi rostro con su puerta y yo superar la hemorragia nasal sobre su fina y elegante sala alfombrada y sillones aterciopelados, cenamos en un deliberado silencio, que más que incómodo fue justo y hasta un tanto gracioso, pues para ser todo un adonis se miraba bastante nervioso. Y eso que la virgen inexperta y renegada era yo. Continuando con eso… Charlamos un rato y nunca habló de sexo, lo que fue bastante caballeroso, debo aceptar. Sentí el deseo de besarlo cuando el silencio entre bocados se hizo más profundo, pero me mantuve reservada. Tampoco quería parecer una loca obsesiva y aumentar su ego de macho irresistible. Yo tampoco era así. Terminando esa cena, quedamos de vernos en otro lugar al día siguiente. Fue igual que el día anterior, cuando no

