MIA —A la cuenta de tres. —Elevé mi mano y tomé la suya, la cual estaba encogida sobre su pecho, mientras él miraba con temor y palidez hacia el inhóspito abismo. —Oye, si no quieres hacer esto, lo entiendo. —¿Te das cuenta de que puede haber una roca puntiaguda debajo del agua? ¿Y si nos arrastra la corriente? —negó frenético. —Mi vida ha estado del carajo, amor, pero no quiero morir. Sonreí y me senté en la grama, jalé el brazo de mi hermoso e imperfecto hombre, y lo hice caer, subiéndome a su regazo. Con nueva picardía y cierta lujuria en la mirada, rió. —Tienes un serio problema ahí abajo, loquita. —masculló, posando sus piernas en mis muslos. —Tienes que arreglarlo enseguida. —Ya te dije que saltemos, bestia. No habrá ninguna roca. Negó, tomando mi mano para mostrarme cu

