MISHA —¡Idiota! —me gritaron por quinta vez. ¿Pero qué podía hacer? Ninguna de las cinco chicas que se me habían acercado en aquel bar eran ella. Ninguna le hacía justicia a mi loquita, y cuando creí que podría vengarme de ella por estar con esa mujer, me sentí el imbécil más grande del mundo. Total, llevaba dos días sin verla. Iba a casa a bañarme y cambiar de ropa, y volvía a salir. Ella no había salido de su habitación tampoco, supongo que para no verme. ¡Malnacido cabrón! Eso era, sintiendo celos por una mujer. Aquello no la hacía menos mía, pero me habían cegado los celos por el maldito Diurac que seguía sin encontrar. De nuevo, una hermosa pelirroja con un sugerente vestido plateado se acercó a mí, trató de coquetear, pero dándole un sorbo a mi botella de Spirytus Rektyfikowa

