XLIV Cuando vio el rostro de su hermana, una que ya no reconocía, sintió como un sudor frío empezaba a bajar por su espalda. Ella, como siempre, irrumpió firme y con esa mirada tan incitante, como si deseara arrancarle un pedazo. Cerró la puerta tras de sí y se lanzó hacia su hermano, el que había puesto en un lugar que no le correspondía. Alexander daba pasos hacia atrás a medida que Viollete avanzaba. Pensó en que no estaban solos, afuera había guardias y arriba su amigo intentaba sobrevivir a su resaca. Pese a todo eso, a la chica, un par de años menor que él, nunca le había importado quién o quienes pudieran estar alrededor para acosar a su hermano. Él tenía la camisa a medio abrochar, sabía que se había puesto aquello en una de sus idas al retrete a vomitar. Su pecho lampiño y muy

