XIX Abrió los brazos en un auténtico gesto de alegría para recibir a su amigo que regresaba al país luego de tantos años fuera. Ronald también se alegró mucho de verlo, el comunicarse solo por videollamadas no era nada parecido, a poder fastidiarlo en persona. El aeropuerto atiborrado a más no poder, era el lugar de encuentro de dos hombres que se habían unido en un lazo muy fuerte de amistad y en el que uno de ellos fue bastón del otro cuando el agua le llegó hasta el cuello y quiso que la corriente se lo llevara por delante. —¡Mírate, Tiberius! No cambias nada, igual de presumido en tu ropa de diseñador —le dijo el buen amigo dándole unos golpecitos en la espalda—. No, espera, tu aroma es diferente, vaya por fin un paso adelante, te felicito. ¿De dónde salió ahora tu renovado gusto por

