El techo blanco del penthouse me mira con la misma frialdad que yo me dedico a mí misma cada mañana. Maksim salió hace unas horas. Siempre lo hace después de dejar mi cuerpo temblando, deshecho, reclamado. Y yo… yo me quedo aquí, bajo las sábanas de seda, con el aroma de su piel aún adherido a mis muslos y el recuerdo de su voz poseyéndome hasta lo más hondo.
“Eres mía, Jocelyn. Mi puta mi perra en celo.”
Me lo susurra entre embestidas. Me lo ruge contra el oído mientras me penetra con furia, como si quisiera borrar cualquier otro recuerdo. Como si necesitara marcarme desde dentro.
Y tal vez lo hace. Tal vez necesita eso tanto como yo necesito fingir que lo disfruto sin romperme.
—Te amo —dice al final, cuando ya no queda más que el eco de nuestros jadeos.
Pero no es suficiente. No así.
La joven que fui antes… ¿qué pensaría de mí si me viera ahora? Esa chica que aún no conocía la palabra “violación”, que pensaba que el amor se demostraba con flores y no con gemidos ahogados por una almohada. Esa Jocelyn que aún no había sido tocada por Rick, el hombre que mi madre llamaba “su pareja” y yo, en silencio, lo llamaba “monstruo”.
Esa joven murió mucho antes de que me encontrara Viktor. Mucho antes que mi mundo colapsara por completo.
Pero el dolor… no sigue una línea recta. No es algo que puedas enterrar y decir “ya pasó”. No. El dolor es un traidor. Se esconde. Acecha. Y luego aparece cuando menos lo esperas.
Como esta mañana.
Mientras me estaba tomando otra vez por detrás, sujetándome de las caderas con la fuerza de un animal salvaje, y de pronto senti que no era Maksim sino Rick. La misma brutalidad. El mismo vacío. El mismo asco. Solo que ahora, me había convencido de que lo merecía.
Porque amo a Maksim. Lo amo.
Y eso duele más que todo lo anterior.
Pero extraño la gentileza. Extraño los susurros suaves que Viktor me regalaba cuando despertaba en medio de una pesadilla. Nunca preguntaba. Nunca me exigía explicaciones. Solo me sostenía. Su calor, su ternura, su voz… eran lo único que me anclaba cuando sentía que me iba a quebrar.
Una vez, recuerdo, llegué llorando. Había tenido un ataque de pánico frente a todos en el super mercado. Me sentía ridícula. Estúpida. Contaminada. Y él no me dijo “tranquila”, ni intentó “arreglarme”.
Solo me abrazó en silencio y me dejó dormir sobre su pecho.
Ese recuerdo se incrusta como vidrio bajo la piel.
Me siento indigna de esa bondad. Como si no mereciera algo tan puro. Como si por eso Maksim solo supiera amarme con las manos apretándome el cuello, llamándome “puta, perra” mientras dice que soy suya.
Y lo soy. Dios, lo soy de todas las maneras posibles.
Pero eso no significa que esté bien.
Cierro los ojos y veo aquella primera habitación que alquilé después de escapar de Nueva York. Una cama sencilla, paredes descascaradas, una sola ventana y la constante sensación de que alguien me estaba siguiendo. Apenas dormía. Cambiaba de ciudad, de nombre, de trabajo, como si eso pudiera arrancarme de lo que había vivido. Como si eso pudiera devolverme a Viktor.
Cada espacio representó una etapa. Un duelo. Una versión de mí que se resistía a morir por completo.
Recuerdo cuando Roman me contactó. Fue la única vez que alguien del viejo círculo lo hizo. Me ofreció protección. Un departamento. Dijo que lo hacía por Viktor. Porque yo era su mujer. Nunca me pidió nada. Nunca me presionó.
Y me negué.
No porque no quisiera. Sino porque no sabía cómo aceptar algo que no doliera.
Ahora me pregunto… ¿qué pensará Roman de esto? ¿De que Maksim me haya traído aquí? ¿Tendrá Maksim problemas por mi culpa? Después de todo, Roman es el jefe. El hombre que puede destruir a Maksim con una sola orden.
Y esa idea me desgarra más de lo que debería.
Porque por más que Maksim me hiere con su forma de amarme, no quiero que lo lastimen. No quiero ser su ruina.
Aun así, ¿qué clase de vida es esta?
No salgo desde que llegamos. No he puesto un pie fuera de esta maldita torre. Él dice que es por mi seguridad. Que hay enemigos.
Yo sé la verdad: tiene miedo de perderme. De que me escape.
Y yo también lo temo.
Porque me he construido una rutina aquí. Café por la mañana. Ducha. Leer. Cocinar. Esperarlo. Abrir las piernas. Fingir que no me rompo.
Pero me rompo, cada noche, un poco más.
Me duele amar a Maksim. Me duele porque lo amo más de lo que alguna vez amé a nadie. Más que a Viktor y eso… eso me hace sentir como una traidora. Como si mi corazón fuera una traición a la memoria de quien murió por mí.
Maksim tiene el poder de sanarme con un gesto.
Pero también puede destruirme con una sola palabra.
Y a veces creo que lo sabe. Que se aprovecha de eso. Que por eso me hace suya de formas que me quitan el aliento. Que me deja marcas visibles y otras más profundas.
Como anoche, cuando me hizo gritar su nombre hasta que quedé ronca. Me amarró las manos con su corbata y me penetró tan fuerte que sentí que me partía en dos. Después me abrazó. Me besó la frente. Me dijo que era todo para él.
Y yo… yo lloré. En silencio. Mientras dormía en sus brazos. Mientras me decía que nadie me tocaría jamás.
La confusión me devora.
Deseo a Maksim con cada fibra de mi ser. Su cuerpo, su voz, su control absoluto sobre mí. Pero al mismo tiempo, quiero huir. Quiero encontrarme a mí misma otra vez.
No sé si lo que siento es amor, necesidad o miedo.
Solo sé que me consume.
Y tal vez… tal vez, si no me alejo, terminaré por desaparecer.
Quizás lo mejor sea escapar. No ahora. No aún. Pero pronto.
Cuando duerma. Cuando esté saciado. Cuando no me esté mirando con esos ojos que parecen saberlo todo.
Me iré.
No porque no lo ame.
Sino porque lo amo demasiado como para dejar que me destruya.