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Mafia y Muerte: "Obsesión Prohibida"

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Blurb

Jocelyn regresa a Nueva York convencida de que el pasado ya no puede alcanzarla. Han pasado años desde que huyó de aquel mundo de sombras, poder y peligrosos. Pero basta con pisar la ciudad para comprender que hay historias que nunca terminan… solo esperan el momento adecuado para reclamarte.

Maksim Vetrov gobierna el submundo de la mafia rusa con mano firme. Frío, calculador y temido, es el heredero de una dinastía que no tolera debilidades. Sin embargo, hay una herida que jamás logró cerrar: Jocelyn, la mujer que alguna vez estuvo destinada a su primo… y a la que él nunca dejó de desear. Fue la única capaz de atravesar su coraza, la única que logró hacerlo dudar.

Su regreso reaviva todo aquello que intentó enterrar. La atracción prohibida, la culpa, la obsesión. Cada encuentro entre ellos se convierte en una provocación; cada mirada, en una promesa peligrosa. Porque en el mundo de Maksim, amar es un acto de guerra, y desearla equivale a desafiar su propio imperio.

En esta novela erótica, Jocelyn y Maksim se ven arrastrados a una atracción prohibida que los consume por completo. Una historia de amor intensa y seductora donde la pasión se entrelaza con el deseo.

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Obra registrada en Safe Creative bajo el número 2509143063029. Prohibida su reproducción, distribución o adaptación sin la autorización de la autora.

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Prólogo — Jocelyn
Nueva York, 2016 Volver a respirar dolía. Pero no más que quedarse. Me hice pequeña en un rincón de la casa rodante, con las rodillas contra el pecho, conteniendo el aire como si eso bastara para desaparecer. Afuera, la noche no tenía rostro; adentro, el infierno tenía nombre y voz. Mamá regresó tambaleándose, con los zapatos colgando de los dedos y el maquillaje corrido como si cada lágrima se hubiera secado antes de caer. Se sostuvo de la barrita de la cocineta, temblando. No dijo nada al principio. Solo me miró de reojo, como si le doliera reconocer que yo estaba ahí. —No me mires así —murmuró, evitando mis ojos—. No sabes lo que hice esta noche por esta familia. No respondí. Ya no tenía sentido. Había dejado de esperar explicaciones la noche en que entendí que, aunque me las diera, no cambiarían nada. La mujer que alguna vez me arropaba cuando tenía fiebre ya no existía. Solo quedaba un reflejo roto que apenas lograba mantenerse en pie. —¡Te dije que no me hicieras esperar! —la voz de Rick estalló desde el fondo de la casa rodante, reventando el silencio como una bofetada. No me asustaba. Ya no. Solo confirmaba lo que ya sabía: la rutina nunca cambiaba. —Ya voy, cariño… me tiemblan las piernas —susurró mamá, arrastrando las palabras. Al principio, Rick rompía cosas. Luego, la empezó a romper a ella. Cada golpe la fue apagando como una vela sin oxígeno. Los moretones escondidos bajo la ropa. Los silencios. Las excusas. El amor, decía. Como si esa palabra justificara el infierno. —¡Solo conseguiste esto! —rugió él—. Ni siquiera sirves como puta. La correa silbó en el aire. Mamá cerró los ojos. Giró hacia mí con la mandíbula tensa. —Jocelyn… vete a dormir… ¿sí? Asentí. No porque tuviera sueño. Sino porque sabía que quedarme solo empeoraría todo. Me encerré en el diminuto espacio que llamaba habitación, me tapé los oídos y me conté la misma mentira de siempre: algún día despertará. Algún día se irá. Algún día… Pero los días pasaban y mamá se deshacía un poco más en cada golpe. Cuando cumplí dieciocho ya no quedaba nada que salvar. Rick había empezado a golpearme a mí también, y esa noche, cuando su puño me abrió la boca y sentí un crujido en las costillas, supe que si me quedaba… no saldría viva. Huí con la cara ardiendo, la espalda punzando y la ropa pegada a la piel por la lluvia. Caminé sin rumbo hasta que terminé frente a una cafetería cerrada. Me recosté sobre cartones mojados, sintiendome invisible. Era como si el mundo ya se hubiera olvidado de mí. Y entonces lo vi. Alguien se detuvo frente a mí. No dijo nada. Se agachó, me miró fijo, y sus ojos azules me clavaron en el suelo como si ya me conociera. Se quitó la chaqueta sin pensarlo y la colocó sobre mis hombros. Ese gesto tan simple, tan humano, me quebró. —¿Qué hace una chica tan linda como tú… tirada aquí afuera? —preguntó con una voz tranquila. No fue amor a primera vista. Para mí no. Para él sí. Lo supe en la forma en que me miró. Como si hubiera encontrado algo que ni siquiera sabía que buscaba. En menos de un mes ya vivía con él. Compartía su cama, su espacio, su vida. No porque fuera un cuento de hadas… sino porque no tenía a dónde más ir. Él era Viktor Mikhailov. Un mafioso. Dueño de armas, rutas y silencios. Pero fue el primero que me trató con respeto. El único que me ofreció algo parecido a un hogar. Yo no sabía amar. Solo sabía sobrevivir. Y creí que bastaba. Que si lo daba todo —mi silencio, mi obediencia, mi cuerpo— eso sería suficiente para merecer un lugar en el mundo. Hasta que lo conocí a él. Aquella noche, Viktor me presentó a su primo. —Él es Maksim. Es como un hermano para mí. Maksim, ella es Jocelyn. Mi mujer. —Un gusto —dije, extendiendo la mano. Maksim no la tomó. Solo asintió. Su silencio fue una frontera invisible. Desde ese instante supe que debía mantenerme lejos. Maksim no era como Viktor. Había en él algo distinto. No necesitaba alzar la voz ni tocarme para desarmarme. Lo hacía con la mirada. Directa. Precisa. Como si me leyera por dentro. Como si conociera todos mis secretos antes de que yo misma los pronunciara. Esa noche no pasó nada. Pero algo cambió en mí. Algo que me obligué a enterrar bajo la piel. Fingir. Fingir que no había sentido nada. Fingir que mi corazón seguía siendo solo de Viktor. —Creo que me odia —le dije días después a Viktor. Él rió con despreocupación. —Maksim es reservado. No te lo tomes personal. Pero yo lo sabía. No era odio. Era otra cosa. Algo que ni siquiera tenía nombre. Una grieta. Una amenaza. Una posibilidad. A veces, cuando Viktor me tocaba, yo cerraba los ojos y pensaba en Maksim. Me odiaba por eso. Me odiaba por desear lo prohibido y lo peor… era que no estaba sola en ese infierno emocional. Maksim me evitaba a toda costa. Entraba y salía sin rozarme, pero su presencia llenaba cada rincón. Era imposible no sentirlo. El silencio entre nosotros estaba hecho de todo lo que no se decía. Cuando íbamos a Luna Roja —el club privado donde Viktor me exhibía como un trofeo bien cuidado— yo lo presentía antes de verlo. Maksim. Siempre Maksim. Reclinando su cuerpo contra una columna, copa en mano, ojos fijos en mí como si me desvistiera con la mirada. No me tocaba. No tenía que hacerlo. Me marcaba con cada silencio. —Te amo —me decía Viktor cada noche antes de dormir. Yo sonreía. No mentía. Lo quería. De la única forma que sabía querer: como se quiere a un salvavidas cuando estás ahogándote. Pero amar… amar era otra cosa. Y esa parte de mí estaba en otra mirada. En otro nombre. Cada caricia suya me alejaba un poco más de él. Cada palabra dulce me recordaba que estaba rota. Que era una traidora silenciosa. Y aun así, cuando la vida decidió arrancármelo de las manos, dolió más de lo que jamás imaginé. Fue una noche cualquiera. Una emboscada. Una ráfaga de balas. El sonido seco de un cuerpo cayendo al suelo. Viktor murió con los ojos abiertos, con la sangre escapando de su pecho y mi nombre atrapado entre sus labios. No tuve tiempo de despedirme. No tuve tiempo de arrepentirme. Solo quedé congelada. Porque, a pesar de mis silencios, de mis traiciones emocionales, él fue mi salvación. Mi refugio. Mi primer hogar. Nada cambiaría eso. Ni siquiera Maksim. El duelo fue extraño. No lloré al principio. Solo me quedé quieta, observando cómo el mundo seguía su curso mientras el mío se había detenido. La culpa me calaba más hondo que el dolor. Y entonces lo vi otra vez. Maksim, al fondo del funeral, de pie con las manos en los bolsillos, con la misma mirada de siempre: seria, contenida, como si llevara mi infierno clavado en el pecho también. No hizo falta que dijera nada. Nunca lo hacía. En sus ojos había algo que no debía estar allí. Lo que fingimos ignorar durante años, lo que enterramos bajo capas de lealtad y silencio, estaba allí. Vivo. Palpitando. —Lo siento —susurró al pasar a mi lado. Dos palabras. Dos. Y mi mundo, ya hecho cenizas, se inclinó un poco más hacia el abismo. No éramos libres. Ni él ni yo. Yo pertenecía a un muerto. Él a un código. Y entre los dos, había un secreto que nunca debió existir… pero que existía. Maksim Vetrov no fue mi salvador. Fue mi condena. Y si algo he aprendido, es que no todos los infiernos tienen fuego. Algunos tienen ojos azules. Y saben esperar por eso me fui, por eso dejé la cuidad.

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