Nueva York, 2019
Tres años después de la muerte de ViktorMikhailov,
Siempre juré que no volvería aquí.
Y, sin embargo… aquí estoy. Fingiendo que el corazón no me tiembla al recordar su nombre.
La Luna Roja no es un lugar común. Es una herida abierta en medio de la ciudad. Un rincón que no se explica con palabras, solo con cicatrices. Hay quienes vienen a olvidar, otros a destruirse un poco más. Yo… solo busco no sentir.
Estoy sentada sola, en una mesa del fondo. Cruzo las piernas con calma ensayada, fingiendo que no estoy contando los segundos. El tacón de mi zapato marca un ritmo invisible sobre el suelo, como si eso me mantuviera en control. Giro la copa entre mis dedos, sin que realmente me interese lo que hay dentro.
A mi alrededor, la música no estalla: se arrastra. Se desliza como una mano que conoce demasiado bien el camino. Es lenta, espesa, casi como un recordatorio de que nadie sale ileso de este lugar.
Levanto la vista. El camarero me está mirando.
Alto. Espalda ancha. Sonrisa insolente. Hay hombres que nacen sabiendo cómo usar su cuerpo como un arma, y él es uno de ellos. No necesito imaginarlo demasiado: sé exactamente el tipo de pecado que promete.
Se acerca con una seguridad que roza la provocación.
—¿Ya elegiste tu bebida, preciosa? —pregunta, y su voz cae sobre mí como un desafío.
Mi espalda responde antes que mi cabeza. Un leve estremecimiento. Un recordatorio de que sigo viva… aunque no lo quiera. Por un instante, me permito imaginarlo.
Su cuerpo contra el mío en la trastienda. Su peso aplastando mi resistencia. Su boca sobre la mía, sin pedir permiso. No amor. No dulzura. Solo deseo urgente, brutal, perfecto para olvidar.
Pero respiro hondo y regreso.
No soy esa mujer.
Y él no es el hombre a quien deseo realmente…
—Sorpréndeme —digo al fin, con un tono bajo que sé exactamente cómo suena.
Él sonríe, convencido de haber ganado un juego que ni siquiera sabe que ningún otro hombre que no sea Maksim Vetrov puede ganar. Se da la vuelta. Y yo dejo de verlo.
Porque ya no estoy aquí.
Mis dedos aprietan la copa. Un pequeño chasquido anuncia que estoy cerca de romper el cristal. No sé por qué… aunque sí lo sé. Lo presiento.
Ese escalofrío no tiene origen físico. Es una vibración muda que sube desde el estómago y se instala en el pecho, como un animal al acecho. Mi cuerpo lo recuerda incluso antes de que mi mente lo admita.
Y es entonces cuando la puerta se abre dejando entrar al invierno que entra conmigo.
No es una corriente de aire. Es algo más denso, más hondo. Lo siento como se siente un presentimiento que no se quiere nombrar.
Me enderezo en la silla. Las piernas se tensan, mis muslos se cierran con un acto reflejo que no puedo evitar. Mi respiración cambia de ritmo. No necesito verlo. Sé quién es.
Maksim Vetrov.
Su nombre ruge dentro de mi pecho como un eco que no ha sabido morir. Tres años no fueron suficientes para quitarlo de mí corazón. Tal vez nunca lo serán.
—Vodka.
Su voz atraviesa la música sin pedir permiso. Grave. Afilada. Exacta.
Mis dedos se clavan contra el cristal de la copa y mi garganta se cierra. Cada músculo de mi cuerpo recuerda cómo era tenerlo cerca. No es un recuerdo dulce. Es una cicatriz que respira.
Y entonces lo veo.
Camina hacia la barra con la misma seguridad de siempre. No es un hombre que pasa desapercibido. Nunca lo fue. Su presencia ocupa el espacio sin pedirlo. La camisa negra se le ajusta, pero no hay vanidad en eso. Él no necesita adornos. Él es la amenaza y la calma en una sola figura.
El camarero le sirve sin que tenga que repetir la orden. Maksim toma el vaso, lo lleva a sus labios. Y yo contengo el aire.
Hazlo. Mírame.
Derrúmbame. Maldíceme.
Haz lo que haces mejor: convertirme en un desastre.
Pero no lo hace.
El silencio se vuelve castigo.
Y justo cuando la punzada se vuelve insoportable, levanta la mirada.
Y me encuentra.
Es un impacto seco. Un golpe que no suena, pero se siente como si alguien me hubiera jalado el alma por dentro. La música desaparece. Las luces dejan de importar. Los cuerpos alrededor se disuelven.
Solo quedan sus ojos.
Y yo.
Lo miro como se mira a alguien que fue tormenta y refugio al mismo tiempo. Él me mira como si yo fuera un pecado que jamás podrá olvidar. O perdonar.
El mundo se colapsa en ese instante.
Ni un segundo más.
Ni uno menos.
Mi cuerpo reacciona antes que mi razón: aprieto la copa, las piernas me tiemblan apenas, la respiración se corta a la mitad. No necesito decir nada para confesarlo todo. Lo que siento está en mis gestos. En cómo no parpadeo. En cómo me niego a romper ese hilo invisible.
Pero entonces él lo hace.
Se da la vuelta.
Me sepulta en su silencio.
—Maksim… —mi voz apenas es un soplo que no llega a ninguna parte.
Él se detiene. Gira despacio. Y me mira.
Esa mirada… no tiene ternura. Nunca la tuvo. Es fuego contenido. Rabia escondida tras el control perfecto. Un dominio tan frío que duele más que cualquier grito. Lo conozco demasiado bien porque su alma llama a la mía. Lo suficiente como para saber que, si se acerca, no habrá vuelta atrás.
—No puedo quedarme esta noche tengo pendientes —le dice al camarero, sin apartar los ojos de mí.
Miente.
Lo dice por mí.
Porque quedarse lo destruiría.
Y porque irse… también.
Camina hacia la puerta. Cada paso es una sentencia. El mundo recupera el sonido, pero todo me parece hueco. Al pasar a mi lado, no me toca. No necesita hacerlo. Su cercanía basta. El cuerpo recuerda sin permiso.
—Me alegra verte —miento.
Mi voz sale firme, pero por dentro todo se desploma en silencio.
Él inclina apenas la cabeza. Un gesto seco. No dice nada y simplemente se va.
La puerta se cierra.
Y yo me quedo en la silla, sola, como si todo el club desapareciera de golpe.
Cruzo las piernas con fuerza, como si eso bastara para contener el temblor. Mis dedos siguen aferrados a la copa como a un ancla. El corazón late como si quisiera salir huyendo, pero yo me quedo. Inmóvil.
Como una promesa que nunca se cumplió.
Como una amante que nunca fue tocada, pero que ya está marcada.
Como una mujer que aún lo ama… aunque nunca haya sido suya.
Cierro los ojos. Y ahí está él.
Siempre está.
En los espacios que no nombro. En las noches donde la soledad no tiene rostro. En mi cuerpo, que todavía lo recuerda como si su ausencia no existiera.
Hay ausencias que no se van. Solo aprenden a esconderse entre las costillas.
Y la suya… la suya pesa como una deuda que aún no sé cómo cobrar.
Me trago el suspiro. Me trago el temblor. Y recuerdo algo que duele más que cualquier mirada suya.
Fui yo quien se fue.
Fui yo quien regresó.
A su ciudad.
Y sé, con una certeza amarga, que este reencuentro es el principio del final que nunca cerramos.