Vera me lo dijo la noche en que tuve que dispararle a mi primera y única novia.
Estaba vendiendo información a la mafia rival. Lo supe demasiado tarde. Y también supe que si no era yo… alguien más la iba a torturar hasta que suplicara por morir.
—Nunca ames con los ojos cerrados, Maksim —susurró Vera mientras limpiaba el corte de mi labio con una tela empapada en vodka. Sus dedos eran firmes, sin temblores, como si no estuviera tocando carne sino una lección—. Si no miras, alguien más sí lo hará. Siente demasiado… y te destruirán. Aprende a fingir que no necesitas nada. Hasta que no necesites a nadie más que a tu familia.
Ella tenía veintiún años.
Yo acababa de cumplir dieciocho.
La sangre me goteaba del mentón y se mezclaba con el vodka como si mi culpa se disolviera ahí mismo. Esa noche le quité la vida a la mujer que juré proteger. Y Vera, mi hermana, no parpadeó cuando se encargó del cuerpo.
Ahí aprendí cómo se sobrevive sin alma.
Desde entonces convertí el fuego en control.
El deseo en distancia.
El amor… en debilidad.
Pero entonces apareció ella.
Jocelyn Walker.
Y bastó una mirada para que todo lo que creía sólido se resquebrajara.
Ahora estoy aquí.
Tres años después de la muerte de Viktor.
Apoyado contra una pared húmeda en el callejón detrás de La Luna Roja. Fingiendo calma mientras la tormenta me mastica los huesos.
La chaqueta de cuero me pesa. No por el frío. Por lo que significa. Por el recuerdo que me persigue cada maldita noche.
Porque ella no debería haber vuelto.
Y sin embargo, cuando la vi… el mundo se detuvo.
La música se desdibujó. Las luces dejaron de importar.
Ella estaba ahí en una de las mesas sentada y el pasado me mordió como un depredador.
La Jocelyn que recuerdo y la que acabo de ver no son la misma, pero comparten algo: esos ojos rotos que nunca dejaron de perseguirme. No hubo un solo día en que no pensara en ellos.
La forma en que observan… Dios. Esa mezcla de tristeza violenta y orgullo indomable que solo tienen las mujeres que han amado demasiado.
Me miró.
No como quien suplica.
No como quien odia.
Sino como quien recuerda cada segundo de dolor… y lo guarda como un arma cargada.
Me repetí que no giraría la cabeza.
Que no le daría poder.
Que no dejaría que supiera lo que aún me provoca.
Pero la miré.
Y el mundo se desmoronó como si nada de lo que construí desde su huida hubiera valido la pena.
Ahora la observo salir del club desde la sombra del callejón. Ella camina hacia el estacionamiento, con esa misma manera de siempre: la cabeza erguida, el andar firme, como si el infierno no la hubiera alcanzado nunca.
Pero la alcanzó. A los dos.
Su falda se desliza suavemente entre sus piernas. El viento le empuja el cabello hacia atrás. Incluso la noche parece ceder ante ella.
Viktor ya no está.
Y para mí eso lo cambia todo ahora que ha vuelto a la cuidad.
No importa que camine con ese aire desafiante que siempre me volvió loco: orgullo y rabia entrelazados como dos armas listas para disparar. Como si la vida la hubiera golpeado… y ella hubiera devuelto el golpe.
Porque no hay nadie más aquí. Solo yo y ella debe saberlo sentirlo.
A la mira a ambos lados como si supiera que mi mirada la quema por dentro.
Entonces se agacha. La falda se estira contra su cuerpo y una de sus mangas se desliza por su hombro. Es un segundo mínimo, pero suficiente para que mi respiración se corte. La curva de su cuello queda al descubierto. Frágil pero tan real.
Mi cuerpo reacciona sin que yo pueda evitarlo. La tensión se dispara desde el estómago y baja con violencia.
Cierro los ojos.
“Contro”. Me digo a mí mismo. “Debo tener control”
No soy un adolescente. No soy un idiota enamorado.
Soy Maksim Vetrov.
Uno de los hombres más temidos de esta ciudad.
Pero ni todo el poder que tengo sirve cuando se trata de ella.
Quiero hundir mis dedos en ese cabello oscuro. Quiero arrastrarla hacia mí y destrozar con besos todo lo que quedó pendiente. Quiero destruirla.
O destruirme con ella. Eso no importa , solo importa el que volvió.
Mi teléfono vibra entonces sacándome de mis pensamientos.
Roman Volkov, mi primo, el jefe de nuestra organización, un estratega frío y letal cuya cordura solo se ve amenazada por el fallecimiento de Vera, justo el mismo día en que murió Viktor...
—¿Dónde estás? —dice su mensaje.
—Afuera de La Luna Roja. Acaba de salir Jocelyn. Volvió a la ciudad.
Le respondo y no responde nada más. No hace falta. Roman sabe exactamente lo que significa. Lo que me prometió si algún día ella regresaba.
La veo entonces abrir su coche enfocado nuevamente toda mi energía en ella. La luz del interior la cubre y, por un instante, parece un fantasma escapando de mis recuerdos.
Un recuerdo sucio.
Doloroso.
Inolvidable.
Apoya las manos en el volante. Cierra los ojos. Respira. No sé qué piensa, pero puedo jurar que, en ese momento, no está en paz.
Yo tampoco.
Recuerdo la última vez que la vi antes de que desapareciera.
Había llovido. Tenía la boca tensa y los ojos inundados de algo que no supe nombrar en ese momento. Ira. Dolor. Miedo.
No me dio la oportunidad de decirle que no se fuera.
Pero se que si lo hubiera hecho ella me hubiera dicho que con Viktor o sin el jamás podríamos estar juntos.
Por eso antes de que pudiera detenerla, desapareció.
Tres años después, está frente a mí otra vez.
Como si el destino no hubiera terminado de divertirse con nosotros.
La puerta de su auto se cierra con un golpe suave que escucho desde donde estoy. La veo encender el motor, pero no puedo moverme.
Retrocedo un paso hacia el interior del callejón.
Como un ladrón escondiéndose de su propio crimen.
No quiero que me vea esta noche.
Pero quiero que me recuerde porque después de hoy nunca más la dejare ir de nuevo.
Asi que saco el teléfono.
Para tomar una foto de su matrícula mientras se aleja.
La observo desaparecer en la niebla que cubre la calle vacía. Y cuando ya no queda ni el eco de su coche, mi pecho late con fuerza.
Vera siempre decía que amar era un lujo que nosotros no podíamos permitirnos. Que en nuestro mundo, el amor no redime… condena.
Me pregunto si estaría decepcionada si supiera lo que Jocelyn me hace sentir sin siquiera hablarme.
Niego para mi mismo, no importa todo aquello después de todo Vera finalmente cayó presa de sus sentimientos por Román así que lo único que importa es si Jocelyn y yo sobreviviremos cuando finalmente estemos juntos.
Porque esta historia no empezó como en los cuentos.
Empezó como una traición silenciosa.
Y no sé si tendrá un final feliz.
Solo sé que Jocelyn Walker ha regresado a mi ciudad.
Y yo… sigo siendo el hombre que la ama, aunque también me cueste la vida.