El Reino Celestial no era lo que Aria había imaginado.
Esperaba luz pura. Esperaba paz. Esperaba la versión del cielo que había visto en pinturas religiosas: ángeles cantando, campos dorados, una sensación de beatitud eterna.
Lo que encontró fue mucho más complicado.
El Reino Celestial era un metrópolis de poder político. Ángeles —no los seres alados benévolos de la tradición humana, sino guerreros, políticos, diplomáticos— caminaban a través de plazas de luz solidificada. Había fortificaciones. Había guardias. Había toda la infraestructura de un estado en guerra permanente.
La Reina Seraphina estaba sentada en un trono que parecía hecho de luz cristalizada. Llevaba un vestido que era, de alguna manera, simultáneamente blanco puro y absolutamente n***o. Sus alas eran enormes, magnificentes, tan grandes que sombreaban a docenas de guardias a su alrededor. Y sus ojos... sus ojos eran los de alguien que había visto el nacimiento y la muerte de mundos.
—Acércate —ordenó la Reina, y su voz hizo que la realidad temblara.
Aria caminó hacia el trono. Cada paso la llevaba más profundamente en territorio enemigo. Podía sentir cómo los guardias celestiales seguían cada uno de sus movimientos, listos para atacar si ella mostraba el más mínimo signo de amenaza.
—Soy Aria Montero —dijo Aria, llegando a los pies del trono—. Necesito hablar con Elena Celestina. Mi madre.
—Lo sé quién eres —respondió la Reina Seraphina—. He estado esperando tu llegada durante veintiséis años. Has llegado exactamente a tiempo.
—¿Exactamente a tiempo para qué? —preguntó Aria, aunque podía adivinar la respuesta.
La Reina se levantó de su trono. Era aún más imponente de pie. Sus alas se desplegaron completamente, bloqueando el sol celestial.
—Para salvar el universo de sí mismo —respondió la Reina—. Ven. Hay mucho que necesitas entender.
La Reina Seraphina caminó a través de los pasillos del Reino Celestial, esperando que Aria la siguiera. Los guardias se apartaron, creando un camino. Aria los seguía, todos sus instintos de cazadora gritando que esto era una trampa. Pero no tenía opción. Necesitaba respuestas. Necesitaba llegar a su madre.
Finalmente, llegaron a una torre que se elevaba hacia las nubes. La Reina ascendió el primer piso. Una vez, subió. Dos pisos, tres, diez. Las escaleras parecían no terminar.
—¿Cuánto te ha dicho tu padre? —preguntó la Reina sin volverse.
—Que fui creada mediante ritual —respondió Aria—. Que soy un Puente. Que supuestamente estoy destinada a unificar los tres reinos.
—Eso es técnicamente correcto —respondió la Reina—. Pero incompleto. Déjame darte el contexto completo.
La Reina se detuvo en el piso más alto de la torre. Una habitación abierta que miraba hacia todo el Reino Celestial. Y más allá, a través de velos de magia, Aria pudo ver el Abismo. Pudo ver la Tierra de los Hombres. Pudo ver todos los reinos simultáneamente.
—Hace mil años —comenzó la Reina—, el universo estuvo a punto de destruirse a sí mismo. Los tres reinos estaban en guerra constante. Celestiales contra demonios. Humanos siendo pisoteados en el medio. Era un caos.
»Entonces, hace quinientos años, se estableció el Pacto de Paz. Un acuerdo delicado. Imperfecto. Pero ha funcionado.
»Sin embargo, en los últimos cien años, he visto las grietas. He visto cómo Elena Nocturna manipula lentamente a su hermano. He visto cómo Rodrigo Sombra reúne poder en las profundidades del Abismo. He visto cómo los cazadores de la Orden de la Luz se vuelven cada vez más fanáticos.
»El Pacto está roto. O lo será pronto. A menos que haya algo que lo mantenga unido.
»Algo... o alguien.
La Reina se giró para mirar a Aria directamente.
—Tú eres ese alguien —continuó—. Tú eres la Reina que unificará los reinos. No mediante la fuerza. Mediante el amor. Mediante la prueba viviente de que celestial y demoniaco pueden coexistir armónicamente.
—¿Y Cayel? —preguntó Aria—. ¿Cuál es su rol en todo esto?
—Cayel es tu contrapeso —respondió la Reina—. Es la prueba de que un demonio puede buscar paz. Que un demonio puede amar a alguien que no sea de su especie. Que la redención es posible incluso para los más oscuros.
»Juntos, ustedes dos representan esperanza. Y la esperanza es lo único que mantiene unido un universo fracturado.
—Eso es una carga increíble —susurró Aria.
—Lo es —confirmó la Reina—. Y es por eso que Elena Celestina decidió ocultarte tu verdadera naturaleza. Decidió que tenías derecho a una infancia normal. A una vida sin la presión de ser la salvación del universo.
»Pero Elena fue demasiado protectora. Fue demasiado maternal. Y eventualmente, fue capturada.
—Por Elena Nocturna —dijo Aria.
—No —respondió la Reina suavemente—. Por mí.
Aria sintió como si le hubieran arrancado el suelo.
—¿Qué? —preguntó.
—Elena Celestina fue capturada bajo mis órdenes —explicó la Reina—. Hace tres años, cuando comencé a sospechar que Elena Nocturna y yo podríamos entrar en conflicto. Necesitaba un as en la manga. Necesitaba asegurar que cuando finalmente accedieras a tu poder, lo hicieras bajo términos que pudiera controlar.
—¿Eso significa que mi madre... —comenzó Aria, pero no pudo terminar.
—Tu madre está viva —respondió la Reina—. Y está siendo tratada bien. Pero ha estado bajo custodia. Para tu seguridad. Para seguridad del universo.
Aria sintió rabia que nunca antes había experimentado. No era la rabia fría de un cazador. Era la rabia caliente de una hija cuya madre había sido robada.
—Quiero verla —demandó Aria.
—Y la verás —respondió la Reina—. Pero primero, necesitas hacer una elección. Es una elección que determinará todo lo que viene después.
La Reina extendió su mano. En su palma, dos coronas aparecieron. Una era de luz pura, radiante, celestial. La otra era de fuego oscuro, demoníaco, antigua.
—Puedes gobernar con la corona celestial —explicó la Reina—. Unirte a nosotros. Convertirte en nuestra reina. Usar tu poder para mantener la paz desde el lado de la luz.
»O puedes gobernar con la corona demoniaca. Regresar al Abismo con Cayel. Convertirte en reina del Abismo. Liderar la redención de tu padre desde adentro.
»O, —la Reina cerró su mano, y las coronas desaparecieron—, puedes rechazar ambas. Puedes ser simplemente Aria Montero. Puedes vivir una vida ordinaria. Puedes elegir el amor sobre el deber. Puedes ser egoísta.
—Si elijo lo tercero, ¿qué sucede? —preguntó Aria.
—El Pacto se rompe —respondió la Reina—. La guerra llega. Millones mueren. Pero tú vives. Tú y Cayel, podrían escapar. Podrían encontrar una g****a entre mundos y simplemente... desaparecer.
Aria cerró los ojos. Podía sentir el peso de cada opción. Podía sentir cómo cada decisión causaría dolor de formas diferentes.
—¿Dónde está mi madre? —preguntó.
—En las cámaras inferiores del Reino Celestial —respondió la Reina—. La llevaré a ti.
La Reina Seraphina guió a Aria a través de pasillos cada vez más oscuros. Descendieron en lugar de ascender. Y finalmente, llegaron a una habitación de piedra simple.
Elena Celestina estaba de pie en el centro. Sus alas celestiales estaban destrozadas, pero estaban comenzando a sanar. Sus ojos de luz radiante se abrieron cuando Aria entró.
—¿Aria? —susurró, como si no pudiera creer lo que estaba viendo.
Aria corrió hacia su madre. Y cuando Elena la abrazó, Aria sintió, por primera vez en veintiséis años, el abrazo de alguien que realmente la conocía. De alguien que la amaba sin condiciones.
Elena lloró.
—Lo siento —susurró—. Lo siento por no decirte la verdad. Quería protegerte. Quería que tuvieras una vida normal. Pero sabía que llegaría este día.
—¿Sabías que sería el Pacto de Paz lo que me traería aquí? —preguntó Aria.
—Sabía que sería el amor —respondió Elena—. Sabía que encontrarías a tu Espejo de Almas. Y sabía que cuando lo hicieras, el universo no sería lo mismo.
Aria se separó de su madre.
—¿Cuál debería ser mi elección? —preguntó—. La Reina dice que tengo tres opciones. ¿Cuál escogerías tú?
Elena sonrió tristemente.
—Yo no soy la que debe hacer esta elección, mi amor —respondió—. Pero puedo decirte esto: Cayel fue creado tanto como tú para ser parte de este plan. Él es tan importante como tú. Y el verdadero acto de ser un Puente no es gobernar tres reinos. Es mantener unidos a dos personas que deberían ser enemigos y hacer que su amor sea un ejemplo para todos.
Aria procesó las palabras de su madre.
—¿Hay otra opción? —preguntó—. ¿Una cuarta opción?
Elena miró a la Reina Seraphina, quien estaba observando desde la puerta.
La Reina asintió lentamente.
—Sí —respondió Elena—. Hay una cuarta opción. Una que ninguno de los jugadores políticos ha considerado. Una que realmente cambiaría el juego.
—¿Cuál es? —preguntó Aria.
Elena respiró profundamente.
—Romper el Pacto de Paz completamente. No crear guerra, sino crear algo nuevo. Un universo donde no hay tres reinos separados. Donde celestiales, demonios y humanos viven juntos. Abiertamente. Sin secretos. Sin Orden de la Luz matando en la sombra. Sin demonios escondiéndose en las grietas. Sin humanos siendo manipulados.
»Un universo verdaderamente unificado.
—¿Y si hago eso? —preguntó Aria.
—Entonces —respondió Elena—, tanto la Reina Seraphina como Elena Nocturna como Rodrigo Sombra tendrán que elegir: trabajar contigo para construir este nuevo mundo, o enfrentarse a ti. Y basándome en lo que he visto de tu poder, créeme cuando digo que no podrían vencerte.
La Reina Seraphina salió de la habitación sin hablar. Su silencio era más aterrador que cualquier amenaza.