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El Pacto de las Sombras

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Blurb

Aria Montero es una cazadora de demonios sin piedad, dedicada a vengar a su hermana. Su vida cambia cuando conoce a Cayel Nocturno, un demonio que desafía todo lo que ella cree saber sobre el bien y el mal.

Cayel está muriendo. Y Aria es su última esperanza de salvación.

Pero aceptar la verdad sobre él significa rechazar todo lo que la Orden de la Luz le enseñó. Significa descubrir secretos sobre su propia sangre que podrían destruirla.

En un mundo donde los demonios y ángeles viven ocultos, donde el amor es un arma y los secretos son moneda de cambio, Aria y Cayel deben elegir: luchar juntos contra fuerzas cósmicas... o morir separados.

Porque algunos pactos no se hacen con tinta. Se hacen con sangre.

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LA CAZADORA
La sangre nunca huele igual cuando es de demonio. Aria Montero lo sabía porque había olido suficiente como para llevar un registro mental de las diferencias. Sangre humana: metálica, salada, efímera. Sangre demoniaca: azufrada, quemante, con una nota que se pegaba a las fosas nasales como si quisiera recordarte que existía. Esta criatura sangraba demonio. Estaba acorralada en la azotea de un edificio abandonado en el barrio industrial de Madrid, respirando con dificultad. Su forma era humanoide esta noche—una elección que la mayoría de los demonios menores hacían para pasar desapercibidos entre los humanos. Piel grisácea, ojos negros como pozos sin fondo, garras que se retractaban y extendían según su nivel de pánico. Pánico. Aria sonrió sin humor. —No tienes a dónde ir, Corzak —dijo, su voz tan fría como el acero del arma que sostenía en su mano derecha. Una pistola, pero no cargada con balas normales. Las balas eran de plata bendita, infusionadas con escrituras celestiales que ardían contra la carne demoníaca como si fueran brasa—. Puedes rendirte. La Orden será... misericordiosa. Era una mentira. No había misericordia en la Orden de la Luz. Pero los demonios menores como Corzak raramente sabían eso. —¡No! —gritó la criatura, retrocediendo hacia el borde de la azotea. Treinta pisos. Una caída que mataría a cualquier cosa que no fuera prácticamente inmortal—. ¡No volveré! ¡No quiero volver al abismo! Aria avanzó un paso. Sus botas negras de cuero crujieron contra el concreto roto. Llevaba su uniforme de cazadora: un traje de combate ajustado en n***o y plata, con sigils celestiales bordados en los puños y el pecho. Su cabello, tan n***o como las alas de un cuervo, estaba recogido en una trenza apretada. Ni un rasguño. Ni un cabello fuera de lugar. Ni una emoción visible en su rostro. Aria Montero cazaba demonios desde los diecinueve años. A los veintiséis, era una leyenda entre la Orden de la Luz. También era una máquina sin corazón, según sus compañeros. —Entonces no debiste haber violado el Pacto —replicó Aria, levantando el arma—. No debiste haber alimentado de esa familia humana en el barrio de Salamanca. No debiste haber dejado que sobreviviera la niña de cinco años para testificar. Los ojos de Corzak parpadearon con algo que podría haber sido arrepentimiento. Aria no sintió nada al verlo. Había aprendido hace años que la compasión era un lujo que los cazadores no podían permitirse. —Espera —murmuró Corzak—. Por favor. Yo solo... estaba hambrie— Aria disparó. El sonido fue limpio. Preciso. La bala de plata bendita atravesó el pecho del demonio, y su cuerpo se convulsionó. Corzak gritó—un sonido que no era completamente humano, que vibraba en frecuencias que hacían que los dientes de Aria se apretaran—. Se desmoralizó, su forma humanoide desmoronándose en humo grisáceo que se dispersó en la noche de Madrid. Una muerte rápida. Una muerte limpia. Una muerte que Aria había ejecutado cientos de veces antes. Sin embargo, algo en su pecho se sentía... pesado. Aria bajó el arma. A través de su auricular de comunicación, una voz crujió: —Objetivo neutralizado, Montero. Excelente trabajo. Regresa a la base para debriefing. Era la voz de Isadora Cruz, su supervisora y la única persona en la Orden que Aria respetaba verdaderamente. Isadora había estado en este negocio durante cuarenta años. Había visto guerras entre reinos, había matado demonios que hacían que Corzak luciera como una cucaracha. Isadora no sentía compasión tampoco. O eso era lo que aparentaba. —En mi camino —respondió Aria, guardando la pistola en su funda—. Tiempo de llegada: veinte minutos. Se dio la vuelta para marcharse, pero algo hizo que se detuviera. Una sensación. No una voz. No una visión. Una sensación, como si alguien hubiera apretado su pecho desde adentro. Como si el universo mismo estuviera sosteniendo la respiración. Aria se giró lentamente hacia el borde de la azotea. La ciudad de Madrid se extendía bajo ella: millones de luces, millones de vidas, millones de historias que se desplegaban en la oscuridad. Normalmente, la vista la tranquilizaba. Le recordaba que su trabajo—aunque sangriento—significaba algo. Protegía a esas personas. Las mantenía seguras de las cosas que se movían en la oscuridad. Pero esta noche, mientras observaba la ciudad dormida, Aria sintió que algo en el orden del universo se había desplazado. Como si una puerta que debería haber estado cerrada se hubiera abierto apenas un poco. —¿Montero? —crujió la voz de Isadora nuevamente—. ¿Hay un problema? —No —respondió Aria, aunque su intuición de cazadora gritaba lo contrario—. Nada. Solo... la vista. Mentira. Pero no sabía cómo explicar la sensación sin sonar inestable. Se dio la vuelta nuevamente y corrió hacia el borde de la azotea. Con la agilidad que solo años de entrenamiento celestial podían proporcionar, saltó el abismo entre edificios, aterrizando en la siguiente azotea con gracia felina. Una tras otra, saltó de tejado en tejado, su cuerpo moviéndose con una precisión casi sobrenatural. La base de la Orden de la Luz estaba localizada bajo la catedral de la Almudena, oculta detrás de capas de protección mágica que solo alguien iniciado en la Orden podía detectar. Aria descendió en espiral hacia las entrañas de la ciudad, sus pies tocando el suelo de adoquines mojados en un callejón que debería haber estado vacío a las 2:47 de la madrugada. No lo estaba. Una figura estaba de pie en la sombra del callejón. Un hombre. Alto. Silencioso. Completamente inmóvil. Aria extrajo su arma en menos de un segundo, apuntando directamente al pecho del intruso. —Identifícate —ordenó, su voz tan cortante como vidrio roto. El hombre levantó sus manos lentamente. Llevaba un abrigo largo de cuero n***o que caía hasta sus tobillos. Su cara permanecía en las sombras, pero Aria podía ver la línea de su mandíbula. Podía ver sus manos: fuertes, peligrosas, marcadas con lo que parecían ser... cicatrices de cadenas. —Aria Montero —dijo el hombre, y su voz fue como miel vertida sobre vidrio roto. Peligrosa. Hermosa. Equivocada—. Finalmente nos encontramos. Aria apretó el gatillo mentalmente. Lo único que la detuvo fue un instinto que no podía explicar. —¿Quién eres? —preguntó, su arma firme, sus ojos como acero—. ¿Cómo sabes mi nombre? El hombre sonrió. Aria pudo verlo en la curvatura de su mandíbula, aunque su cara aún permanecía en las sombras. —Te he estado buscando durante ocho años, Aria Montero. Desde el día en que vi el espejo de mi alma reflejado en los ojos de alguien que pensé que nunca volvería a encontrar. —Dio un paso adelante, saliendo de las sombras—. Y ahora que finalmente estás aquí, tan hermosa y tan llena de veneno... Aria vio su cara. Piel pálida, casi luminiscente en la noche. Ojos de ámbar ardiente que brillaban con una inteligencia antigua. Cabello n***o azabache que caía hasta sus hombros como un manto de medianoche. Atractivo de una manera que le hizo un nudo en el estómago. De una manera que era completamente inaceptable. Porque esos ojos. Esos ojos eran todos los demonios. No completamente, pero lo suficiente. La pupila era demasiado vertical. El blanco de sus ojos tenía un matiz que no debería estar ahí. —Demonio —susurró Aria, y sintió que algo se rompía en su pecho, una g****a pequeña en la armadura de hielo que había construido durante años. —Sí —confirmó el demonio, dando otro paso adelante—. Pero no uno que hayas cazado antes. Y antes de que dispares, antes de que actives tu comunicador y traigas a toda la Orden sobre nosotros... quiero que sepas algo, Aria. —No hay nada que quiera saber de un demonio. —Te estás muriendo —dijo el demonio, ignorando su interrupción—. Y yo soy la única cosa que puede salvarte. He estado buscándote porque... porque eres mi Espejo de Almas. Y sin ti, no seré capaz de sobrevivir al siguiente amanecer.

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