EL ESPEJO

1749 Words
Aria no bajó el arma. Pero tampoco disparó. Esa fue la primera rendición. —Si intentas algo —advirtió, su voz tan peligrosa como una hoja de afeitar—, te meteré una bala de plata bendita en el corazón antes de que parpadees. He matado cientos como tú. —Nunca has matado a nadie como yo —replicó Cayel, y había algo en su tono que no era arrogancia. Era certeza. Era verdad—. Porque si lo hubieras hecho, habrías sentido morir una parte de ti. Y sé, porque he sentido cada vez que una cazadora ha eliminado a alguien de mi especie en las últimas ocho horas. He sentido... ecos. Pero contigo, si yo muriera... Se detuvo, y algo vulnerable cruzó su rostro. Algo tan humano que Aria tuvo que apartar la mirada. —Acabarías conmigo —terminó Cayel en voz baja—. Los Espejos de Almas no sobreviven uno sin el otro. La leyenda lo sabe. La Orden de la Luz lo sabe. ¿Por qué crees que la cazadora más letal de tu generación nunca ha tenido un compañero? ¿Por qué crees que estás sola? —Elijo estar sola. —No —contradijo Cayel, y avanzó un paso más. Aria levantó el arma, apuntando directamente a su frente—. Estás sola porque en lo profundo de tus huesos, parte de ti siempre ha sabido que faltaba algo. Que hay un agujero en tu pecho que ningún demonio cazado, ninguna misión completada, ningún enemigo destruido, ha podido llenar. ¿Verdad? Aria apretó el gatillo. No disparó, pero el sonido de la acción—el clic metálico de la pistola—resonó en el callejón como una advertencia. —No me provokes —siseó. —No estoy provocando —respondió Cayel con calma absoluta—. Estoy muriendo. Y cuando muero, arrastro contigo. Así que, técnicamente, yo también estaría protegiéndote. A pesar de todo—a pesar del miedo, a pesar de la rabia, a pesar de ocho años de entrenamiento que le decían que era un truco—, Aria sintió que algo dentro de ella respondía a sus palabras. Una resonancia. Como si el universo estuviera diciendo sí, finalmente, esto es correcto. Odiaba ese sentimiento. —Pruébalo —exigió Aria—. Si lo que dices es verdad, si realmente somos... lo que sea que somos... entonces demuéstramelo. Porque de lo contrario, eres solo otro demonio mintiendo para salvarse. Cayel sonrió tristemente. —Está bien que no me creas aún. Pero créeme cuando te digo que el tiempo se acaba. Extendió su mano derecha hacia Aria. Su palma estaba abierta, desarmada, vulnerable. Aria vio las cicatrices. No eran cicatrices normales. Parecían quemaduras, pero en lugar de rojo y rosa, eran de un gris plateado que brillaba débilmente bajo la luz de las farolas del callejón. Y mientras observaba, las cicatrices se propagaban. Lentamente, como veneno en el agua, el gris plateado trepaba por su muñeca, su antebrazo. —¿Qué es eso? —preguntó Aria, su arma bajando ligeramente. —Se llama la Marca del Espejo Roto —explicó Cayel, observando cómo el gris plateado avanzaba hacia su codo—. Ocurre cuando un Espejo de Almas pasa demasiado tiempo alejado de su otra mitad. Es un envenenamiento lento. Doloroso. Eventualmente, te consume desde adentro hacia afuera. Te convierte en ceniza. Como para enfatizar su punto, Cayel respiró, y una pequeña nube de ceniza gris salió de sus labios. Sus ojos parpadearon—ámbar a n***o, n***o a ámbar—como si estuviera perdiendo control. Aria vio cómo sus manos temblaban. Reales. Era real. —¿Cuánto tiempo? —preguntó, bajando completamente su arma—. ¿Cuánto tiempo antes de que...? —Antes de que desaparezca completamente? —Cayel dejó caer su mano—. Horas. Tal vez un día si tengo suerte. La Marca se acelera cuando nos encontramos. Es como si mi cuerpo supiera que estás aquí y quisiera... reclamarte. Unirse a ti completamente antes de que sea demasiado tarde. Aria guardó su pistola en la funda con movimientos automáticos. Su mente corría a través de un millón de posibilidades. Si esto era una trampa, era la más elaborada que jamás había visto. Si era verdad... Si era verdad, entonces todo lo que creía sobre sí misma era una mentira. —Necesito... necesito confirmar esto —dijo Aria, su mano moviéndose hacia su comunicador—. Puedo contactar a la Orden, explicar la situación, y ellos— —Te ejecutarán —interrumpió Cayel, y su voz fue lo suficientemente firme para detener a Aria—. O lo harán conmigo. O harán ambas cosas. La Orden de la Luz no negociará con un demonio. Y si descubren que hay una Conexión de Espejo entre una cazadora y un príncipe del abismo... Aria, estarías marcada. Serías una abominación para ellos. —¿Príncipe? —Aria parpadeó—. ¿Eres príncipe? —Del abismo de las Sombras Occidentales —confirmó Cayel, y algo de su dignidad regresó a su postura—. Mi hermano, Darío, ahora reclama el trono. Yo... bueno, yo fui desterrado hace tres años cuando rechacé su orden de alimentarme de humanos inocentes. Cuando insistí en que el Pacto de Paz podía ser honrado. Para mi familia, eso fue una traición. Aria procesó esta información. Un príncipe demonio exiliado. En Madrid. Buscándola a ella específicamente. Muriendo por su proximidad. Era completamente insano. Y sin embargo... —Toca mi mano —dijo Aria antes de poder detenerse. —¿Qué? —Si somos realmente un Espejo de Almas, si lo que dices es verdad, entonces tócame. Quiero sentir si hay una conexión. Cayel dudó. Incluso en la penumbra del callejón, Aria pudo ver que estaba temblando. No de miedo. De otra cosa. De necesidad. —Si te toco —advirtió Cayel, su voz baja—, podría no poder dejarle ir. —Hazlo de todas formas. Cayel extendió su mano nuevamente. Esta vez, Aria la tomó. El contacto fue como tocarse a uno mismo en un espejo. No fue doloroso. Fue intenso. La mano de Cayel era fría, pero no como muerte. Era fría como la medianoche, como las profundidades del océano, como todo lo que era antiguo y mágico. Aria sintió que algo dentro de ella—algo que no sabía que estaba ahí—despertaba. Un segundo corazón, latiendo en sincronía con el suyo. Y entonces vino la visión. No era una visión de su pasado. Era de su presente. Aria se vio a sí misma a través de los ojos de Cayel. Vio la belleza que él veía: la línea afilada de su mandíbula, el color de sus ojos—no negros, sino un profundo café que tenía reflejos de oro bajo la luz correcta—. Vio su propia armadura de hielo, y vio a través de ella, hacia la chica destrozada que yacía debajo. La chica que había visto morir a su hermana. La chica que había sido criada para odiar a cualquier cosa sobrenatural. Vio, a través de los ojos de Cayel, que él también estaba destrozado. —Oh, Dios —susurró Aria, soltando su mano como si quemara. Y quemaba. Quemaba de una manera que nada más lo había hecho. Cayel respiró profundamente, controlándose. —Ahora lo ves —dijo suavemente—. Ahora ves que no soy un monstruo. —No lo sé —respondió Aria, su voz temblando—. No sé qué eres. No sé qué somos. Y no puedo... no puedo confiar en esto. No puedo confiar en ti. —Lo sé —replicó Cayel, y Aria oyó la aceptación en su tono—. Pero necesitas saber algo, Aria. Cuando tocaste mi mano, cuando viste a través de mis ojos, ¿sentiste la verdad? Aria no respondió. No podía. Porque la respuesta era sí. Sí, había sentido la verdad. Había sentido la desesperación de un hombre—criatura, demonio, príncipe, lo que fuera—que estaba realmente muriendo. Que estaba cayendo en la oscuridad, y la única luz que veía era ella. Era demasiado. Era imposible. Era... Una alarma sonó en su comunicador. El sonido fue tan fuerte y tan inesperado que Aria casi grita. Se llevó la mano a su oído. —¿Montero? —la voz de Isadora fue urgente—. ¿Dónde estás? Acaban de reportar actividad anómala de magia oscura en tu ubicación. ¿Estás bien? Aria miró a Cayel. Sus ojos ámbar esperaban. El gris plateado de la Marca seguía avanzando lentamente por su brazo. Aria podía decir la verdad. Podía reportar a Cayel. Podía terminar con esto ahora mismo. O podía... —Estoy bien, Isadora —respondió Aria, sorprendiendo incluso a sí misma—. Era un falso positivo. He neutralizado la amenaza. Mentira. Su primera mentira a la Orden de la Luz en siete años de servicio. —¿Estás segura? —preguntó Isadora, dudosa—. Las lecturas son muy fuertes. —Confirmo. Todo está claro. Regresaré a la base en treinta minutos para debriefing. —Copia. Ten cuidado, Montero. Aria apagó el comunicador. En el silencio que siguió, Aria y Cayel se observaron mutuamente. Ella, una cazadora de demonios que acababa de cometer un acto de traición. Él, un príncipe demonio que estaba muriendo lentamente. —¿Qué acabas de hacer? —preguntó Cayel, sorprendido. —Algo que probablemente lamentaré —respondió Aria—. ¿Hay un lugar donde podamos ir? Algún lugar donde podamos hablar sin que nos encuentren? Cayel sonrió, y fue como si el universo se realineara. —Sí. Hay un lugar. Es... neutral. Entre los mundos. Mi refugio. —Llévame —ordenó Aria—. Y Cayel... si esto es una trampa, si intentas algo... —Lo sé —interrumpió Cayel—. Me matarás. Aria Montero, la cazadora más letal de la Orden. Sí, tengo miedo. Pero no del arma. Tengo miedo de que, una vez que estés en mi refugio, en un lugar donde finalmente pueda tocarte, donde finalmente podamos estar cerca sin que la magia se consuma de dolor... que entonces descubras que todo lo que soy no es suficiente para ti. Su vulnerabilidad fue como un puñal al corazón de Aria. Sin pensar más, Aria extendió su mano nuevamente. —Entonces será mejor que me convenzas —dijo—. Porque según lo que veo, tienes aproximadamente doce horas antes de que esa Marca te consuma completamente. Cayel tomó su mano.
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