El silencio que cayó sobre la ladera de la montaña fue más aterrador que cualquier grito.
Rodrigo Sombra descendió lentamente. Su forma verdadera era tanto una exhibición de poder como un acto de psicológico. Con cada metro que bajaba, la temperatura aumentaba. El fuego n***o que quemaba en los restos de la batalla anterior se intensificó, como si reconociera a su amo.
La Reina Seraphina descendió desde el otro lado, sus alas de cristal radiante capturando la luz de las estrellas. Era como si el cielo mismo estuviera bajando a la tierra.
Cayel tomó la mano de Aria.
—Pase lo que pase —susurró—, no me sueltes. Mientras estemos conectados, podemos enfrentar esto.
Aria apretó su mano. Podía sentir su miedo a través de la conexión, pero también su determinación. Su amor. Su fe en que juntos podrían encontrar una manera.
Rodrigo Sombra tocó el suelo de la montaña, y la tierra se rajó bajo su peso. Su forma verdadera era inmensa: un demonio antiguo, con piel que parecía lava solidificada, ojos que eran portales al fuego primordial, alas que se extendían tan lejos que oscurecían el cielo.
La Reina Seraphina aterrizó con más gracia, sus pies apenas tocando la piedra. Su presencia era menos física, más espiritual. Era como si ella fuera más luz que materia.
—Aria —dijo Rodrigo, y su voz fue como un terremoto—. Mi hija. Finalmente, ambos en nuestras formas verdaderas.
—¿Cuál es tu juego, Rodrigo? —preguntó la Reina Seraphina, con una calma que belaba su poder—. ¿Realmente piensas que puedes romper el Pacto aquí? ¿Ahora?
—No es juego —respondió Rodrigo—. Es reparación de justicia. Hace quinientos años, tú y yo creamos el Pacto de Paz. Fue un compromiso. Fue una necesidad.
»Pero hemos visto cómo falla. Hemos visto cómo ambos bandos luchan por poder mientras debería haber unidad. Así que hace veintiséis años, decidimos crear algo que pudiera salvar el universo. Creamos a Aria.
Rodrigo extendió su mano hacia Aria. Su gesto no era amenazante. Era casi paternal.
—Pero tú —continuó Rodrigo, mirando a la Reina—, decidiste que tenías el derecho de controlar su destino. Decidiste capturar a Elena Celestina. Decidiste mantener a Aria en la ignorancia. Decidiste traidor la confianza que compartimos.
—¿Y qué habías planeado? —preguntó la Reina Seraphina—. ¿Corromperla? ¿Convertirla en una herramienta del Abismo?
—No —respondió Rodrigo—. Quería que fuera libre. Quería que eligiera por sí misma. Quería que viera ambos lados y decidiera qué mundo quería crear.
Aria sintió como si estuviera en un sueño. Estaban hablando de ella como si ella no estuviera presente. Como si su futuro fuera un tablero de ajedrez cósmico.
—Si los dos la querían verdaderamente —dijo Aria, su voz interrumpiendo el diálogo político—, entonces, ¿por qué no simplemente me lo preguntaron?
Ambos Señores se giraron para mirarla. Y Aria vio, por un momento, algo que la sorprendió: culpa. En ambos. La culpa de alguien que había cometido errores y no sabía cómo corregirlos.
—Porque —respondió Rodrigo lentamente—, sabíamos que si te lo preguntábamos, tendrías que elegir. Y si elegías mal, el universo sufriría.
—Así que eligieron por mí —dijo Aria—. Y luego esperaron a que yo accediera a poder incomprehensible para revelar la verdad. ¿Realmente pensaron que eso era mejor?
La Reina Seraphina camino hacia Aria. No como una amenaza, sino como alguien acercándose a una hija perdida.
—Aria —dijo la Reina, y su voz fue suave—, tú eres el resultado de un ritual que tomó cincuenta años de preparación. Eres el ser más importante que ha existido en este universo. Y lo que hicimos, aunque imperfecto, fue para protegerte hasta que fueras lo suficientemente fuerte para protegerte a ti misma.
—Entonces, ¿por qué vinieron ahora? —preguntó Aria—. ¿Si esto era para mi protección, por qué traen ejércitos? ¿Por qué el Pacto de Paz está a punto de romperse?
Rodrigo y la Reina Seraphina intercambiaron miradas. Y en ese intercambio, Aria vio algo más profundo: no eran enemigos. Eran aliados. Eran socios. Habían estado trabajando juntos todo este tiempo.
—Porque —respondió Rodrigo—, Elena Nocturna y otros como ella han rechazado el nuevo orden que Aria representa. Porque el Pacto antiguo está muerto. Y porque la única manera de construir algo nuevo es demoler lo viejo completamente.
—¿Estás diciendo que planeaste esta guerra? —preguntó Aria, sintiendo rabia hirviendo en su interior.
—No planeé la guerra —respondió Rodrigo—. Planeé la transición. La diferencia es fundamental. Una guerra puede ser ganada. Una transición requiere que todos sacrifiquen algo. Y que todos ganen algo nuevo.
Cayel se adelantó, interponiendo su cuerpo entre Aria y su padre.
—¿Y qué pasaría conmigo en este nuevo orden? —preguntó Cayel—. ¿Cuál es mi rol en tu visión?
Rodrigo miró a su hijo adoptivo (porque, Aria se dio cuenta de repente, Rodrigo no era completamente el padre biológico de Cayel, sino alguien que había sido criado en el Abismo).
—Tu rol es ser el príncipe redimido —respondió Rodrigo—. El demonio que eligió amor sobre poder. El puente viviente entre la Orden de la Luz y el Abismo. Cuando Aria sea reina de los tres reinos, tú serás su rey. Y juntos, demostrarán que coexistencia es posible.
—¿Y si no quiero ser rey? —preguntó Aria—. ¿Y si quiero simplemente vivir una vida ordinaria con Cayel?
El silencio que siguió fue absoluto.
Rodrigo inclinó su cabeza.
—Entonces fracasamos todos —dijo simplemente—. Y el universo muere.
—¿Qué? —preguntó Aria.
—El Pacto de Paz no está simplemente debilitándose —explicó la Reina Seraphina—. Está colapsando. Hemos observado grietas apareciendo en la estructura misma de la realidad. Hace un año, era apenas perceptible. Hace un mes, era imposible de ignorar.
»Sin un Puente verdadero, sin alguien que unifique activamente los tres reinos con su presencia y su poder, toda la estructura de realidad que hemos construido durante quinientos años se desmoronará. El cielo caerá. El abismo erupcionará. La tierra de los hombres será consumida.
Aria sintió cómo las palabras golpeaban su pecho como puños.
—¿Entonces estoy atrapada? —preguntó Aria—. ¿No tengo opción real?
—Siempre hay elección —respondió Rodrigo—. Pero cada elección tiene consecuencias. Puedes rechazar el destino. Puedes intentar vivir una vida ordinaria. Pero mientras hagas eso, otros sufrirán.
Cayel tomó a Aria y la besó.
Fue un beso desesperado, apasionado, como si ambos estuvieran conscientes de que podría ser el último beso que compartirían. Aria sintió a través de la conexión del Espejo su decisión antes de que hablara.
Cuando se separaron, Cayel se giró hacia Rodrigo y la Reina Seraphina.
—Aria será reina —dijo Cayel—. Pero no bajo tus términos. Será reina porque elige serlo. Y seré rey, si ella me quiere, porque elijo apoyarla. Pero esto no será para salvaguardar un sistema que ha estado fracasando durante siglos.
»Será para crear algo completamente nuevo.
—¿Y qué es eso? —preguntó la Reina Seraphina.
Aria y Cayel intercambiaron miradas. Y en ese momento, Aria supo exactamente qué tenía que hacer. No porque Rodrigo o la Reina lo dijera. Sino porque era lo correcto.
—Un mundo donde no hay secretos —dijo Aria—. Un mundo donde los humanos saben la verdad sobre celestiales y demonios. Donde no hay Orden de la Luz cazando en las sombras. Donde no hay demonios necesitados esconderse. Donde todos viven juntos. Abiertamente.
—Eso es imposible —respondió la Reina Seraphina—. Los humanos entrarían en pánico. Habría caos. Habría violencia.
—Tal vez —respondió Aria—. Pero será una violencia honesta, en lugar de la corrupción silenciosa que ha estado ocurriendo durante siglos. Y juntos, todos los seres del universo tendremos la oportunidad de elegir qué queremos crear.
Rodrigo rió. No fue un risa de burla. Fue una risa de admiración.
—Entonces después de todo —dijo—, sí has heredado mi rebelía.
Rodrigo levantó su mano. Los ejércitos demoniacos detrás de él se detuvieron. No desaparecieron, pero se detuvieron.
—Está bien —dijo Rodrigo—. Pero antes de que proclames tu nuevo mundo, necesitas entender qué significa. Necesitas entender el precio.
Rodrigo hizo un gesto. Y frente a Aria y Cayel, la realidad se rasgó.
A través de la g****a, Aria vio: el futuro. Su futuro si aceptaba realmente ser reina de los tres reinos.
Vio a sí misma, años en el futuro, gobernando desde un trono que existía entre el cielo y el abismo y la tierra. Vio a Cayel a su lado. Vio a millones de seres, humanos, celestiales y demonios, viviendo juntos. Pero también vio el costo.
Vio a cazadores de la Orden de la Luz siendo ejecutados por sus crímenes pasados.
Vio a demonios que no querían paz siendo exiliados.
Vio a humanos que no podían aceptar la existencia de lo sobrenatural enlouqueciendo.
Vio sacrificio. Dolor. Pérdida.
Y más que nada, vio soledad. Vio a ella misma, como reina, nunca siendo completamente parte de ningún mundo. Siempre siendo el puente. Nunca siendo simplemente Aria.
Cuando la visión terminó, Aria estaba llorando.
—¿Aún quieres esto? —preguntó Rodrigo.
Aria miró a Cayel. Vio en sus ojos que él ya había visto la misma visión. Y vio que, a pesar del precio, a pesar del dolor, él estaba listo.
—Sí —respondió Aria—. Pero no sola. Gobernaremos juntos. Y Elena Celestina, y tú también, Rodrigo, si aceptas. Todos nosotros, trabajando para construir algo mejor. No perfecto. Pero honesto.
La Reina Seraphina se inclinó.
—Entonces —dijo—, te reconozco como Reina de los Tres Reinos. Y te ofrezco la coronación formal en el Reino Celestial.
Rodrigo se inclinó también.
—Y yo también —dijo.
Pero en ese momento, una voz gritó a través de la montaña.
Una voz que no pertenecía a Rodrigo, ni a la Reina, ni a Elena Nocturna, ni a Darío.
Era Mateo Valdez.
Estaba de rodillas, rodeado de cazadores de la Orden de la Luz. Y detrás de ellos, saliendo del cielo, estaba el Gran Inquisidor. El líder supremo de la Orden.