LA HUIDA

1751 Words
El dolor fue instantáneo. No fue dolor físico. Fue dolor mágico. Como si alguien estuviera desgarrando la realidad misma alrededor de Aria. El refugio entre mundos no fue hecho para resistir un asalto directo. Era un lugar de paz, de transición. No de guerra. Aria fue arrojada contra la pared de luz por la onda expansiva. Sintió el impacto en cada fibra de su ser. El aire fue expulsado de sus pulmones. —¡Aria! —gritó Cayel, corriendo hacia ella. Pero antes de que pudiera alcanzarla, la realidad se torció nuevamente. Una figura materializó a través de la pared rota del refugio. Luego otra. Y otra. Cazadores. Al menos una docena de ellos, todos vestidos con el uniforme plateado y n***o de la Orden de la Luz. Sus armas ya estaban cargadas, sus ojos ya estaban ardiendo con magia celestial. En la vanguardia estaba Isadora. Su mentora. Su única amiga en la Orden. Su rostro era una máscara de determinación fría. —Aria Montero —dijo Isadora, y su voz fue tan cortante como vidrio—. Estás bajo arresto por conspiración contra la Orden, violación del Pacto de Paz, y asociación íntima con un demonio de alto nivel. —Isadora, déjame explicar —comenzó Aria, intentando levantarse. Pero antes de que pudiera moverse, una cadena de luz celestial salió de las manos de uno de los cazadores. Se envolvió alrededor de Aria, quemando su piel. Ella gritó. —¡No! —Cayel se lanzó hacia adelante, sus manos se transformaron en garras demoníacas, sus ojos se encendieron con fuego ámbar—. ¡No la toques! Dos cazadores se interpusieron, sus espadas brillando con magia bendita. Cayel cambió de dirección, enfrentándolos con una rabia antigua. Fue rápido. Era mortalmente rápido. Pero estaba en territorio hostil, rodeado, y aún estaba recuperándose del envenenamiento de la Marca. No duraría mucho. —¡Cayel, no! —gritó Aria, luchando contra las cadenas. Pero estaban hechas de magia celestial pura. Quemaban contra su piel como hierro candente—. ¡No pelees! ¡Es una trampa! —Lo es —confirmó una voz desde las sombras del refugio roto. Mateo Valdez emergió, su arma en la mano. Pero no la apuntaba a Aria ni a Cayel. La apuntaba a Isadora. —Mateo, ¿qué estás haciendo? —preguntó Isadora, sorprendida. —Lo que debería haber hecho hace ocho años —respondió Mateo, y cuando miró a Aria, sus ojos estaban llenos de culpa—. Aria, lo siento. Siento no haberte dicho la verdad sobre tu hermana. Siento haberme quedado en silencio cuando la ejecutaron. —¿Tú lo sabías? —preguntó Aria, su voz rota de dolor. —Lo sabía —confirmó Mateo—. Y fui un cobarde. Pero no esta noche. Disparó. La bala de plata bendita pasó justo por encima del hombro de Isadora, impactando en uno de los cazadores detrás de ella. El cazador gritó, sus armas cayendo de sus manos debilitadas. —¿Qué? —Isadora se giró, asombrada—. ¿Mateo? ¿Qué demonios...? —Literalmente —respondió Mateo, con una sonrisa amarga—. La Orden no es lo que crees, Aria. Y Isadora... Isadora está aquí para matarte. Pero no porque la Reina Seraphina lo ordenara. —¿Qué quieres decir? —preguntó Isadora, poniéndose pálida—. Yo recibí las órdenes directamente de— —De mí —interrumpió otra voz. Un portal se abrió en el aire. No un portal de luz celestial. Uno de sombra pura. Y a través de él caminó una mujer que Aria nunca había visto, pero que reconoció al instante. Tenía los ojos de Cayel. Tenía la mandíbula de Cayel. Tenía el poder de Cayel. Era un demonio. Pero no como Cayel. Era antigua. Era terrible. Era magnífica. —Elena —susurró Cayel, sus ojos ámbar agrandándose—. Hermana. ¿Qué estás haciendo aquí? La mujer sonrió. Fue un movimiento que no tocó sus ojos. —Lo que siempre hago, hermano —respondió Elena—. Protegiendo a nuestra familia de los errores del pasado. Aria sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral. Porque en ese momento, cuando Elena sonrió, Aria supo. Supo con una certeza absoluta que esta mujer era peligrosa de una manera que iba más allá de la comprensión. —Eres la que envió el mensaje sobre mi hermana —dijo Aria, sus ojos enfocándose en Elena—. Fue tuyo. —Fui yo —confirmó Elena—. Porque Isadora necesitaba saber la verdad. Porque Mateo necesitaba saber. Porque la Orden de la Luz está podida desde adentro, y alguien necesitaba comenzar a demolerla antes de que fuera demasiado tarde. —¿Por qué? —preguntó Isadora, luchando contra Mateo, quien aún la apuntaba—. ¿Por qué hacer todo esto? —Porque mi hermano —Elena gesticuló hacia Cayel—, el Príncipe Idiota de las Sombras Occidentales, decidió que podía redimirse vinculándose a una cazadora de demonios. Porque pensó que el amor podría cambiar la guerra. Elena caminó hacia Aria. Su movimiento fue fluido, hipnótico, peligroso. —Y porque, pequeña Aria Montero, eres exactamente lo que necesito. Las cadenas de luz desaparecieron. Aria cayó a sus rodillas, respirando con dificultad. —¿Quién eres? —preguntó Aria—. ¿Qué quieres? —Soy Elena Nocturna —respondió la mujer—. Princesa del Abismo de las Sombras Occidentales. Hermana de Cayel. Y lo que quiero es simple: quiero que la guerra termine. Pero no de la manera que mi tonto hermano cree. —¿De qué manera entonces? —preguntó Cayel, avanzando lentamente hacia su hermana—. Elena, ¿qué has hecho? —He estado tejiendo hilos desde hace ocho años —explicó Elena, sus ojos nunca dejando los de Aria—. Esperando el momento correcto. Esperando a que tú encontraras a tu Espejo de Almas. Porque una vez que lo hicieras, una vez que la magia se conectara... Elena levantó su mano. Una magia negra pura salió de su palma, envolviendo a Aria como un cocon. —¡No! —gritó Cayel, lanzándose hacia adelante. Pero Isadora lo atrapó, moviéndose más rápido de lo que Aria jamás la había visto moverse. Sus manos brillaban con magia celestial. —Lo siento, príncipe —dijo Isadora, sorprendiendo incluso a Elena—. Pero no voy a permitir que esto suceda. —¿Tú? —Elena giró, sorprendida—. Una simple cazadora. ¿Vas a interponerte entre un demonio y la Orden del Cielo? —No soy una simple cazadora —respondió Isadora, y su forma cambió. Sus alas se desplegaron. Grandes, magnífico, radiantes. No eran alas demoníacas. Eran alas de ángel. —Soy un ángel caído que ha vivido entre humanos durante sesenta años, intentando prevenir exactamente esto —dijo Isadora—. He mantenido el Pacto vivo. He mantenido la paz. Y no voy a dejar que la destruyas, Elena. —Interesante —murmuró Elena—. Pero predecible. Levantó su otra mano. Más magia negra salió, esta vez dirigida a Aria, a Cayel, a todo el refugio. Fue como si Elena estuviera intentando desgarrar la realidad misma. Aria sintió la magia negra envolviéndola. Sintió cómo intentaba separarla de Cayel. Sintió cómo intentaba romper el vínculo del Espejo de Almas. Y sintió rabia. Una rabia que no sabía que poseyera. Aria abrió los ojos. Y cuando lo hizo, sus ojos no eran café. Eran de un oro puro, idéntico al de Cayel. Pero también eran blancos. Radiantes. Divinos. Porque en ese momento, cuando Aria accedió a su verdadero poder, comprendió la verdad que Cayel había intentado decirle. Aria Montero no era solo media demonia. Era también media ángel. Su madre, Elena Celestina, no era un ángel caído ordinario. Era una de las Guardiana del Pacto. Una de las que había negociado la paz entre cielos y abismo hace quinientos años. Y su padre, Rodrigo Sombra, no era un Señor del Abismo ordinario. Era uno de los Arquitectos del Pacto del lado demoníaco. Aria Montero era un ser creado específicamente para ser un Puente entre mundos. La magia que salió de ella cuando accedió a esta verdad fue devastadora. No era oro. No era blanca. Era ambas cosas, entrelazadas en un patrón que era hermoso y terrible. Su magia salió como una onda expansiva, barriendo el refugio, detendiendo a Elena en seco. —Imposible —susurró Elena, retrocediendo—. No deberías... aún no deberías ser lo suficientemente fuerte... —Porque no estoy sola —respondió Aria, y en ese momento sintió a Cayel conectado con ella. Su poder fluyendo a través de ella. Sus fuerzas uniéndose—. Nunca estuve sola. Aria se puso de pie. Su cuerpo brillaba con magia dual. Celestial. Demoniaca. Un equilibrio perfecto que no debería existir. —Elena —dijo Aria, su voz resonando con poder—. Vas a dejar que nos vayamos. —¿O qué? —preguntó Elena, con una sonrisa fría. —O te voy a mostrar exactamente qué sucede cuando alguien intenta romper un Pacto que fue tejido con la sangre de ambos lados —respondió Aria. Levantó su mano. Y de ella salió magia que literalmente desgarró el tejido del refugio. Elena gritó. No de dolor. De rabia. —Muy bien —siseó—. Si no puedo tenerte de una manera, te tendré de otra. Mateo, destruye el comunicador de Aria. Quiero que se crea que está muerta. Quiero que la Orden de la Luz y el Abismo piensen que ambos murieron aquí. —¿Qué? —preguntó Mateo, bajando su arma—. Elena, eso es demasiado— —Hazlo —ordenó Elena con tal poder en su voz que incluso Isadora se tambaló—. O se lo haré a tu hermana en la próxima ciudad. Mateo cerró los ojos. Disparó. El comunicador de Aria explotó en sus manos. Y mientras el comunicador se hacía polvo, Aria sintió algo cortar el vínculo entre ella y la Orden. Sintió que desaparecía de sus registros. Sintió que se convertía en un fantasma. —Ahora —continuó Elena, ahora con una sonrisa de satisfacción—, ahora eres verdaderamente libre, pequeña Aria. Libre para viajar. Libre para buscar lo que quieres. Libre para descubrir, con mi querido hermano, que el poder que compartís es demasiado fuerte para controlarlo. »Que el Pacto que intenta respetar está condenado a romperse. »Y que cuando finalmente caigas, cuando finalmente te rindas a la magia oscura... serás mía.
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