La montaña no colapsó de una manera física. Si lo hubiera hecho, Aria habría podido luchar contra ello. Habría podido usar su magia para proteger a Cayel y a sí misma.
Pero lo que hizo Elena Nocturna fue mucho peor.
Cerró la puerta mágicamente.
Aria pudo sentirlo como un golpe silencioso en el pecho. La puerta a Mont de l'Ombre, que había estado latiendo como un segundo corazón en la ladera de la montaña, desapareció. No fue destruida. Fue... desconectada. Como si alguien hubiera apagado una luz en una habitación distante.
—No —susurró Aria, cayendo de rodillas—. No, no, no.
Cayel se desmoralizó completamente, incapaz de mantenerse en pie. Isadora lo atrapó, pero incluso ella lucía pálida.
—¿Qué sucedió? —preguntó Isadora, aunque Aria sabía que ya lo sabía.
—Elena cerró la puerta —respondió Aria, su voz vacía de emoción—. Desde el otro lado. Es imposible abrirla nuevamente sin el permiso de alguien que tenga acceso a la magia primordial celestial.
—Exactamente —dijo una voz detrás de ellas.
Elena Nocturna materializó a través del aire. No caminó. Se manifestó, como si el espacio mismo la reconociera como superior. Llevaba un vestido de seda negra que fluía como agua, sus ojos eran completamente negros excepto por un iris rojo en el centro de cada uno. Su cabello era tan n***o que parecía absorber la luz. Y su sonrisa era la sonrisa de alguien que había ganado.
—Hola, hermanastras —dijo Elena, burlona—. Oh espera, eso no es correcto. Ustedes no son hermanas. Aria es una abominación. Un experimento fallido. Un juguete que mis padres biológicos decidieron crear para sus propios fines.
—¿Cómo nos encontraste? —preguntó Isadora, su cuerpo irradiando poder celestial—. La puerta estaba oculta. Su ubicación era conocida solo por los guardianes más antiguos del Pacto.
—Porque —respondió Elena, caminando lentamente alrededor de Aria—, yo también tengo acceso a información antigua. Y porque, querida ángel caída, dejaste un rastro de magia celestial tan brillante que un ciego podría seguirte.
Elena se detuvo ante Aria. Extendió su mano, tocando el gris plateado de la Marca que ahora cubría casi todo el brazo de Aria.
—Mmm —murmuró Elena—. Qué hermosa maldición. Y qué rápido se propaga. Puede sentir el dolor, ¿verdad? Puede sentir como se come a tu hermano demonio desde adentro.
—¿Por qué estás haciendo esto? —preguntó Aria, encontrando la fuerza para levantarse—. Si realmente quieres romper el Pacto, si realmente quieres una guerra, ¿por qué no simplemente nos matas?
—Porque —respondió Elena—, si te mato, mato el balance. Y si mato el balance, atrae la atención de fuerzas que ni yo puedo controlar. Así que en su lugar, voy a hacer algo mucho más elegante. Voy a hacerte elegir.
Elena levantó su mano. El aire se rasgó, y a través de la g****a, Aria vio:
A su madre. Elena Celestina. Encadenada en lo que parecía ser una habitación de piedra. Sus alas celestiales estaban destrozadas, quemadas. Tenía cicatrices por todo el cuerpo.
—¿Qué hiciste? —gritó Aria, intentando lanzarse hacia adelante. Pero Elena levantó su otra mano, y una barrera de magia negra rodeó a Aria.
—Tu madre ha estado bajo custodia durante tres años —explicó Elena—. Desde el momento en que supe que Cayel estaba buscándote. La capturé antes de que pudiera interferir. Y la he mantenido aquí, en los límites del Abismo, donde su poder celestial es débil.
—¿Por qué? —preguntó Aria.
—Porque sabía que esto sucedería —respondió Elena—. Sabía que Cayel te encontraría. Sabía que ustedes se conectarían. Y sabía que, eventualmente, llegaría a esta ladera de montaña, en este momento exacto, listos para salvarse.
Elena hizo un gesto. Otra g****a se abrió en el aire. Esta vez, mostró:
A Darío Nocturno. El hermano de Cayel. El príncipe que ahora gobernaba el Abismo de las Sombras Occidentales. Rodeado de demonios guerreros. Y detrás de ellos, una armada que se extendía infinitamente en las profundidades del Abismo.
—Y mi querido hermano Darío también está listo —continuó Elena—. Como está la Reina Seraphina. Como está tu padre, Aria. Todos estamos esperando tu próximo movimiento.
—¿Qué quieres? —preguntó Aria, aunque sintió el destello de comprensión. Elena no estaba aquí para matarla. Estaba aquí para hacer que se decidiera.
—Quiero que elijas —respondió Elena—. Tienes tres opciones.
»Opción uno: Cayel muere. La Marca lo consume en las próximas diez horas. Cuando lo haga, vendrás conmigo al Abismo. Te entrenarás como una verdadera Señora del Abismo. Y juntas, romperemos el Pacto de Paz. Lucharemos contra los Cielos. Y gobernaremos lo que quede.
»Opción dos: Tu madre muere. Destruyo las cadenas que la mantienen viva, y ella desaparece completamente. Pero cuando lo haga, tu conexión con Cayel se rompe. Ya no serás un Puente. Serás simplemente demonio. Y podrás salvarlo. Podrías vivir una vida ordinaria con él en las grietas entre mundos.
»Opción tres: Vienes conmigo voluntariamente, ahora, en este momento. Dejas que Cayel muera. Dejas que tu madre sea liberada. Y en cambio, te conviertes en mi aliada. Trabajamos juntas para romper el Pacto no con violencia, sino con política. Con poder blando. Con manipulación. Y cuando el Pacto finalmente caiga, nosotras dos gobernaremos lo que sigue.
Aria miró a Cayel. Sus ojos ámbar estaban cerrados, su cuerpo temblando. La Marca se había propagado a su pecho. Podía ver el gris plateado pulsando alrededor de su corazón.
Aria miró a su madre. Elena Celestina estaba inconsciente, o quizás simplemente incapaz de comunicarse a través de la distancia mágica.
Aria miró a Isadora. La ángel caída tenía sus alas desplegadas, pero incluso ella parecía abrumada. Elena Nocturna era demasiado fuerte. Era demasiado antigua. Luchar contra ella sería s*****a.
Y luego, Aria escuchó una voz.
No era una voz externa. Era una voz que resonaba desde lo más profundo de su ser. Era la voz que le había hablado cuando salvó a Cayel en el refugio entre mundos.
La voz del Puente que vivía dentro de ella.
"Aria", susurró la voz, "tienes más poder del que crees. Fue necesario que durmieras para que pudieras estar segura. Pero es hora de despertar."
Aria cerró los ojos.
Y cuando los abrió, sus ojos no eran café. Eran de un oro puro radiante. Pero también había blanco. Y había n***o. Eran los ojos de alguien que podía ver a través de todos los mundos simultáneamente.
—Hay una cuarta opción —dijo Aria, y su voz resonó con poder que nunca antes había poseído.
Elena parpadeó, sorprendida.
—¿Disculpa? —preguntó.
Aria levantó su mano. Y la magia que salió de ella fue diferente de cualquier cosa que había hecho antes. No era solo celestial. No era solo demoniaca. Era ambas cosas, completamente equilibradas, completamente armónicas.
Era el poder de un verdadero Puente.
La barrera que Elena había creado se hizo trizas. Las grietas en el aire que mostraban a su madre y a Darío desaparecieron. La montaña misma pareció gemir bajo el poder que Aria estaba canalizando.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Elena, retrocediendo.
—Rompiendo tus cadenas —respondió Aria—. Liberando a mi madre. Y enseñándote que subestimaste lo que soy.
Aria puso sus manos sobre Cayel. La Marca del Espejo Roto comenzó a revertirse. No lentamente. Rápidamente. El gris plateado se retiró, dejando solo la piel pálida de Cayel. Sus ojos ámbar se abrieron.
—¿Aria? —susurró.
—Estoy aquí —respondió ella—. Estoy aquí, y no voy a dejar que gane.
Aria giró hacia Elena.
—Mi cuarta opción es esta: Te voy a mostrar exactamente lo que significa ser un Puente. Y luego, voy a pedirte que dejes ir a mi madre. No porque quieras. Sino porque si no lo haces, te voy a obligar a enfrentar consecuencias que ni siquiera la Reina Seraphina está lista para manejar.
Aria extendió su mano. Y desde su palma, salió magia que era una combinación perfecta de luz celestial y fuego demoníaco. Era hermosa. Era terrible. Era absolutamente irresistible.
Elena levantó sus brazos para protegerse, pero era demasiado tarde.
La magia golpeó a Elena como una onda expansiva, lanzándola hacia atrás. Ella gritó, no de dolor, sino de sorpresa y rabia.
—¡Imposible! —gritó Elena—. ¡Eres demasiado joven! ¡No deberías poder acceder a ese nivel de poder!
—Aparentemente subestimaste mucho —respondió Aria, avanzando.
Pero en ese momento, Elena desapareció. No fue gradualmente. Se desvaneció, como si nunca hubiera estado allí.
Sin embargo, su voz quedó atrás, resonando a través del aire:
"Bien jugado, pequeña abominación. Pero el juego no ha terminado. De hecho, apenas está comenzando. Espero tu próximo movimiento."
Luego, silencio.
Isadora exhaló lentamente.
—Eso fue... —comenzó.
—¿Imposible? —terminó Aria—. Sí. Acabo de acceder a poder que, según todo lo que sé, no debería haber sido accesible hasta que cumpliera veinticinco años más.
—¿Cómo? —preguntó Cayel, poniéndose lentamente de pie.
—No lo sé —respondió Aria—. Pero puedo sentirlo. Es como si... como si mi verdadera naturaleza como Puente siempre hubiera estado ahí, pero alguien la había sellado. Protegida. Guardada.
—Tu madre —dijo Isadora de repente—. Elena Celestina la selló. Probablemente justo después de tu nacimiento. Para mantente segura. Para permitirte tener una vida normal.
Aria asintió lentamente.
—¿Qué significa que yo sea realmente un Puente? —preguntó—. ¿Qué significa que haya accedido a ese poder?
Isadora lo dudó.
—Significa —respondió lentamente—, que ahora eres un objetivo aún mayor. Significa que ambos lados van a querer reclutarte. Y significa que, si los reinos descubren exactamente lo poderosa que eres, esto podría convertirse en algo más grande que una simple historia de amor prohibido.
»Podría convertirse en una guerra de mundos.