La transformación

1463 Words
El tiempo parecía haberse detenido. Dominic y Alexandra estaban sumergidos en un encantamiento, producto de aquel beso intenso y lleno de magia que habían estado deseando durante toda la noche. —Me encantas, Alex —murmuró él con la respiración entrecortada—. Eres el sueño hecho realidad para cualquier hombre. Alexandra sintió su corazón acelerar ante sus palabras, pero su mente la empujaba de vuelta a la realidad. —Dom… esto no está bien. Tú y yo tenemos un acuerdo —contestó ella, con mucha dificultad, tratando de mantener la compostura. Aquello fue suficiente para regresarlos abruptamente al mundo que habían decidido ignorar. Dominic apretó los labios y su mirada se oscureció. —Se me olvidaba que tienes tan presente el contrato —respondió molesto, su voz cargada de frustración—. ¿Tienes que recordármelo siempre? El cambio de tono la desconcertó. Alexandra no supo qué decir. Sus sentimientos la estaban traicionando, y el acuerdo que los unía parecía haber pasado a la historia tras esa noche tan maravillosa que habían pasado juntos en la casa de los Archer. —No tiene caso que continúe aquí. Será mejor que me vaya. Te busco mañana —anunció Dominic repentinamente, su voz seca y distante, antes de darse la vuelta sin siquiera mirarla. El frío en sus palabras la dejó helada. Alexandra observó cómo él salía de la habitación, su mente tratando de entender qué había sucedido. ¿Por qué se había puesto tan molesto de repente? Los dos sabían perfectamente que lo suyo era un contrato, una simple fachada. Pero había algo más… algo que no podía negar. Con manos temblorosas, Alexandra abrió la puerta, pero su mente seguía anclada en la sensación de aquel beso. Esa noche había cambiado todo. Dominic ya no era solo el millonario excéntrico que la ayudaría con el caso de su hermana; era también un hombre atractivo que despertaba en ella emociones que jamás hubiese imaginado experimentar. A la mañana siguiente, Dominic se levantó más temprano de lo normal. En realidad, había dormido muy poco; el beso con Alexandra lo había perturbado durante toda la noche. No obstante, necesitaba sacudirse esos pensamientos que lo estaban volviendo loco. Había cosas más importantes en las que debía pensar, como la manera en la que le diría a Alexandra que no solo fingiría ser su prometida, sino que tendría que llegar al altar con él. Y si se negaba, tendría que recurrir a la vía legal, ya que tenían un contrato firmado. Si ella no había leído las cláusulas, ese no era su problema. Mientras sus pensamientos se resistían a reconocer lo que sentía, Dominic sabía perfectamente que la relación con Alexandra le gustaba más de lo que estaba dispuesto a aceptar. No solo la veía como una fuerte atracción; estaba empezando a surgir algo más. En ese corto tiempo, había aprendido a conocerla, a valorarla. Se daba cuenta de que no era solo una bailarina interesada, sino una chica valiosa, a quien realmente deseaba conocer más a fondo. Sin embargo, Dominic siempre había mantenido el control de sus emociones, y ahora su propio corazón lo estaba traicionando de una manera que no podía entender. —No puedo seguir pensando en esto —murmuró para sí mismo, levantándose con determinación. Necesitaba distraerse, y no había mejor forma que en compañía de su amigo Lucas. Seguramente los dos encontrarían a las chicas perfectas para una noche de diversión, pero primero tenía que pasar por la empresa para ponerse al día con sus pendientes. Mientras tanto, una notificación en el teléfono de Alexandra la despertó de golpe. Se trataba de un mensaje de Dominic: un chofer y una asistente de modas pasarían por ella, ya que era necesario renovar su guardarropa. Tenía que comprar todo lo necesario para verse presentable en todo momento y, además, cambiar su imagen para proyectar un aspecto de chica de sociedad en los múltiples eventos a los que lo acompañaría. Alexandra sintió un nudo en el estómago. Le molestaban las atribuciones que Dominic se estaba tomando. No quería que le robara su independencia, mucho menos que decidiera por ella qué era lo correcto. Siempre había sido una chica sencilla, y no pensaba cambiar su esencia ni por él ni por nadie. Sin embargo, entendía que el estatus de ser la prometida de Dominic Archer implicaba hacer un cambio significativo. —Me gustaría que me consultaras antes de tomar cualquier decisión sobre mí. No soy ninguna de esas tipas con las que estás acostumbrado a tratar. Si piensas que con llenarme de ropa y joyas me tendrás comiendo de tu mano, estás muy equivocado —escribió Alexandra con firmeza en un mensaje de texto. Mientras Dominic se dirigía a la empresa, una notificación en su teléfono captó su atención. Se detuvo por un momento para leer el mensaje y, al ver que era de Alexandra, una sonrisa se dibujó en su rostro. Imaginó su expresión molesta y no pudo evitar reírse en silencio. —Siempre tan rebelde —murmuró, sacudiendo la cabeza con diversión. Le encantaba que fuera tan desafiante, aunque a veces eso lo hacía perder la paciencia. Alexandra suspiró mientras la asistente de modas la guiaba por las tiendas más exclusivas de la ciudad. Aunque le molestaba la idea de gastar tanto dinero en ropa y accesorios, sabía que era necesario para mantener las apariencias en el mundo de Dominic. Después de varias horas de compras, finalmente llegaron al salón de belleza. El lugar, lujoso y elegante, irradiaba un aire de sofisticación que solo aumentaba su incomodidad. —Vamos a hacer un cambio de imagen completo —anunció la asistente con una sonrisa mientras se acomodaban en el área de peinado—. Vas a verte increíble. Justo cuando Alexandra comenzaba a relajarse, escuchó una voz que le heló la sangre. —Vaya, vaya, pero mira quién está aquí —dijo Elena, acercándose con una sonrisa venenosa—. Gastando el dinero de los Archer, querida. Veo que no pierdes el tiempo. Alexandra sintió cómo la furia subía por su pecho, pero se mantuvo serena. No pensaba darle a Elena la satisfacción de verla alterada. Con calma, se giró para enfrentarla, manteniendo la mirada firme. —Lo que haga o deje de hacer con el dinero de Dominic no es asunto tuyo, Elena. Quizás estás molesta porque no eres tú quien está en mi lugar, pero eso no va a cambiar. Dominic me eligió a mí, no a ti, y tendrás que vivir con eso. Elena frunció el ceño, visiblemente irritada por la respuesta de Alexandra, pero antes de que pudiera decir algo más, la asistente intervino. —Creo que ya escuchaste lo que tenía que decir —dijo la mujer con suavidad, pero con una firmeza que no dejaba lugar a dudas—. No todas las personas pueden manejar la clase y la dignidad con la que Alexandra lo hace. Elena soltó una risa sarcástica y se retiró, lanzando una última mirada de desprecio antes de marcharse. Cuando por fin se quedó sola con la asistente, Alexandra soltó un suspiro de alivio. —Hiciste lo correcto —comentó la asistente con una sonrisa aprobadora—. No puedes dejar que nadie te pisotee, mucho menos gente como ella. Eres una mujer hermosa y, por el solo hecho de que vas a casarte con un hombre tan rico y cotizado como Dominic, es lógico que todas te envidien. Querrían estar en tu lugar. Alexandra asintió lentamente. Aunque detestaba la situación, sabía que la asistente tenía razón. Tenía que aprender a mantener su dignidad y valorarse a sí misma, independientemente de lo que los demás pensaran. —Gracias —dijo finalmente—. Voy a recordar eso. La asistente le sonrió con complicidad mientras continuaban con el tratamiento, preparando a Alexandra para su nueva vida como la prometida de Dominic Archer. Alexandra observó su reflejo en el espejo mientras la estilista finalizaba su trabajo. La imagen que veía era la de una mujer diferente, una versión de sí misma que no estaba segura de conocer del todo. ¿Hasta dónde la llevaría todo esto? ¿Cuánto más tendría que transformarse para encajar en el mundo de los Archer? La asistente le entregó su teléfono, que había estado guardado durante las horas que pasó en el salón. Cuando lo encendió, un solo mensaje apareció en la pantalla: —Nos vemos esta noche. Hay algo importante que debemos hablar —era de Dominic. Alexandra sintió una punzada de inquietud. Sabía que algo estaba cambiando entre ellos, pero la forma en que Dominic le había escrito hacía que pareciera más serio. Algo que, tal vez, cambiaría todo. Miró una vez más su reflejo, pero esta vez no pudo evitar preguntarse: —¿Estoy preparada para lo que viene?
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